Opinion · Otras miradas

Mierda de país

Al escribir ese título, “mierda de país” sé que voy a provocar una reacción brutal en una parte de la población, que a esa parte de la población se le echará a hervir la sangre con la simple lectura de estas tres palabras y con una indignación mostrenca se prepararán para dar una respuesta a tamaña provocación en redes o donde sea que tienen su lugar de desahogo. Habrá también quienes, sin leer el texto, con la simple visión del título, se lancen a insultos y amenazas, hombres y mujeres que viven mascando odio y tela de bandera.

Porque esto va de banderas, vivaespañas y basura.

Seguidores de Vox, en un actio del partido ultraderechista en Valencia. REUTERS/Heino Kalis
Seguidores de Vox, en un actio del partido ultraderechista en Valencia. REUTERS/Heino Kalis

Todo empezó a salirse de madre, con el permiso de la madre de todas las banderas de la madrileña plaza de Colón, cuando una mañana al salir a la calle, nos dimos cuenta de que se nos habían llenado de banderas los balcones, todas iguales, la misma bandera decorando edificios como parches de pecho henchido, como gritos en el silencio de unas calles hasta entonces de un pardo tranquilo que adquiría sus naranjas al caer la tarde. Una estridencia que parecía pasajera y se ha convertido en dolorosa.

Muy poco después, aquellos cuyos balcones voceaban en banderas decidieron unirse a ese clamor en un “a por ellos” al que no dimos la suficiente importancia. En ese triste rebuzno estaba ya la semilla de lo que vemos y lo que vendrá: ellos y nosotros. Y a por ellos es a por quien vamos. ¿Para qué vamos “a por ellos”? Es evidente que para nada bueno.

Y entonces llegó España. Se les llenó la boca de España, el pecho de España, los genitales de España, el cerebro (les quedaba sitio) de España. ¿De qué España? ¿Qué es esa España que les envuelve la neurona? Nada y todo. No se trata de aquella “marca España”, versión hortera del “Spain is different”. No se trata de alabar la gastronomía, las playas, el sol, no se trata de vender las maravillas de su tierra como el paleto llega con su gallina porque en la ciudad no hay huevos. Se trata de una España sin atributos, una España que empieza y acaba en sus seis letras, armas suficientes para empezar su particular batalla contra el otro. El mismo otro a por el que iban encendidos en patria.

Ahora, un cómico se suena los mocos con la bandera de España y las empresas le retiran el apoyo a la cadena, o sea agreden a quien lo hace e instan a su lapidación. Después, ese odio prende en las redes rojigualdas y deciden, “a por ellos”, arruinar el local que por lo visto tiene el cómico. La consecuencia es la humillación del artista, el castigo y el intento de arruinarle la vida. La prueba de que esto se nos está yendo de las manos es que hace solo cuatro años, otra cómica, Ana Morgade, también había dejado en la bandera sus mocos y no pasó absolutamente nada.

Ahí esta la bicha. Ahí está el dolor que se nos viene encima. Ahí está la destrucción de la inocencia y el principio de un movimiento putrefacto al que no estamos plantando cara porque, como siempre, como idiotas, no lo estamos viendo venir.

El chovinismo aparentemente cretino de Donald Trump con su America first no se acaba en sí mismo. De la misma manera que el nuevo chovinismo violento y abanderado español no es ese tipo de alarido que empieza y acaba en lo que dura un partido de fútbol. En esa construcción, en absoluto inocente, está el principio del odio. En las banderas de esa construcción que no debería resultarnos desconocida ondean ya la xenofobia, el racismo y el odio al inmigrante. Ahí late una idea masculinamente castrense de cómo plantar cara a quienes osen plantear lo que sus cabezas empañadas de paño decidan que es un agravio al país, a su idea de España.

La bandera y su patria son su argumento, un argumento vacío de contenido que es ya solo arma. Nos queda para enfrentarla la sutil contundencia de las palabras. Por eso ellos tratan de construir el silencio. Por eso la censura, la amenaza, la ignorancia que siembran a su paso. Por eso las tres palabras de este título les encienden la sangre. Por eso no debemos callarnos. Nunca. Bajo ningún concepto.