Opinion · Otras miradas

¿Qué necesita el profesorado para que mejore el sistema educativo?

Enrique Javier Díez Gutiérrez

Profesor de Ciencias de la Educación, Universidad de León

Foto: Wikipedia

La primera vez que entré en una clase en una escuela de Suecia me quedé atónito. Había ido a conocer el sistema educativo nórdico del que tanto había oído hablar. Yo tenía 35 años y era la primera vez que visitaba ese país.

El centro educativo público al que me llevaron estaba en el corazón de Malmö, una de las ciudades más pobladas de Suecia. Iba con una compañera de educación de la Universidad Complutense de Madrid que estaba haciendo un intercambio Erasmus con la Universidad de Malmö.

El colegio era muy similar a los que existen en cualquier ciudad de España. Pero con una diferencia sustancial: en la clase había 15 alumnas y alumnos… y tres profesionales de educación. Tres profesionales para trabajar con un grupo de 15 chicos y chicas de 12 años. Así sí era posible plantear una educación apasionante que ayude a los niños y niñas a desarrollarse, disfrutar y ser atendidos en su diversidad. Así sí era posible personalizar la educación y potenciar metodologías cooperativas con profesorado que trabaja también cooperativamente. Así sí era posible organizar la clase de forma compartida y tener tiempo para educar de forma lenta y trabajar con la pedagogía del error o evaluar para mejorar dando feedback a los niños y niñas. Así sí era posible, en definitiva, no solo una auténtica educación pensada para los niños y niñas, sino también un sistema educativo que facilitase desarrollarse como profesional de la educación al profesorado.

Es en este contexto en el que podemos entender cuál debería ser el futuro profesorado del siglo XXI. Porque, contrariamente a lo que se suele decir, el nivel educativo de un país no solo depende del nivel del profesorado, hay que descentrar el enfoque. Lo que demuestran las investigaciones es que tanto el nivel del profesorado o, lo que es lo mismo, su formación inicial y permanente, su capacidad y motivación, como el nivel del sistema educativo, dependen de los recursos y organización de dicho sistema educativo. Tendremos el mejor profesorado si les ofrecemos las mejores condiciones y medios.

Profesorado quemado

Frente a un discurso que centra la responsabilidad en el profesorado, que le culpabiliza de los éxitos o fracasos del sistema educativo, hemos de reconocer que la evidencia científica que tenemos apunta justamente en el sentido de que la mejora de un sistema educativo no se puede basar en la excepción del profe “heroico” que, en contextos adversos, es capaz de sacar lo mejor de sí mismo y de su alumnado, para ofrecerles una esperanza. De esos conocemos muchos que presentan el síndrome de burnout, “quemados” porque dieron lo mejor de sí por su alumnado, pero la tribu no les acompañó. El sistema social no apoyó su labor casi épica.

No se trata de conseguir profesorado carismático. Aunque mucho mejor si lo fuera también.

No se trata de formar profesorado voluntarioso y entusiasta. Por supuesto, si además lo es, ayudará mucho.

De lo que se trata es de asegurar unas condiciones que permitan que la inmensa mayoría del profesorado pueda realizar su labor dignamente:

  • En condiciones que no le obliguen a estar llamando continuamente la atención porque su alumnado se distrae, dado que los contenidos que tiene que impartir son tremendamente aburridos, ajenos a sus intereses y motivaciones y son tal cantidad que tiene que meterlos con calzador en unos tiempos escolares ya sobresaturados de enciclopedismo, del que buena parte nunca servirá para nada ni será utilizado en la vida.
  • Realizar su labor pedagógica en condiciones que no le obliguen a tener que utilizar la evaluación como si fuera un mecanismo de chantaje y amenaza para tener “la clase en silencio”.
  • En condiciones que no le obliguen a estar mandando continuamente deberes para casa porque no hay tiempo para abordar y trabajar reposadamente en el tiempo escolar las estrategias y aprendizajes fundamentales.
  • En condiciones que permitan desarrollar una educación lenta, trabajar desde la pedagogía del error analizando con su alumnado sus dificultades y fallos y proponiéndoles alternativas, etcétera.

El contexto

Invertir en educación como apuesta de futuro “es el contexto, amigo Sancho”, que diría Don Quijote. Son las condiciones en las que se imparta robótica o lengua, big data o matemáticas, ciberseguridad o plástica, realidad virtual o filosofía. O se trabaje por proyectos, en torno a resolver problemas sustanciales de su comunidad, aplicando lengua, matemáticas, filosofía y robótica. Son los recursos y medios que se tengan los que condicionarán la auténtica mejora del profesorado y del sistema educativo del siglo XXI.

Por eso, si queremos profesorado del siglo XXI, debemos asegurarles condiciones para ello:

  • Con grupos reducidos de alumnado, cuya ratio no supere los 15-20 alumnos y alumnas.
  • Con suficientes plantillas en los centros para que puedan estar como mínimo dos por aula. Plantillas estables que permitan desarrollar proyectos a largo plazo, pues la educación es una apuesta a largo plazo.
  • Con una formación inicial que les prepare para trabajar cooperativamente entre ellos, que les convierta en referentes para el propio alumnado.
  • Con equipos de orientación suficientes que les asesoren y ayuden a afrontar la atención a la diversidad y plantear una comunidad educativa realmente inclusiva.
  • Con el apoyo de profesionales de la educación social y de la mediación intercultural que acompañen su labor, especialmente con aquel alumnado y sus familias de contextos socialmente desfavorecidos y marginados.

Una educación en la que lo importante no sea el examen, sino el apasionante viaje de descubrimiento que es el aprendizaje a partir de la inmensa curiosidad del niño y la niña.

Otra educación posible

Lucio Anneo Séneca, en el siglo IV antes de nuestra era, afirmaba:

“No nos atrevemos a hacer muchas cosas porque aseguramos que son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.

Nos jugamos el futuro de nuestros hijos e hijas, y el de la sociedad en su conjunto.

Si somos capaces de imaginar la posibilidad de viajar a Marte, de conseguir vacunas contra diferentes tipos de cáncer, de que podremos crear robots y ser optimistas en conseguirlo, sabiendo que es cuestión de destinar recursos para avanzar en esas líneas de investigación y ser constantes hasta conseguirlo, ¿por qué aceptamos con tanta resignación la imposibilidad de erradicar el hambre y la pobreza, de hacer desaparecer el fascismo o de tener la mejor educación para todas y cada una de las personas que habitan el planeta? Como en los primeros casos, es cuestión de destinar los recursos necesarios para ello y tener voluntad política constante para poner los medios hasta conseguirlo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

 The Conversation