Opinion · Otras miradas

Jesús Aguirre, la perfidia de Dios

Máximo Pradera

@maxpradera

La única vez en mi vida que vi a mi padre, Javier Pradera, a punto de retorcerle el pescuezo a alguien fue en la primavera de 1978, tras un almuerzo con  Jesús Aguirre al que tuve la desgracia de asistir. No fueron impresiones mías, él mismo me lo confesó al salir de aquella tensa comida en la cafetería–restaurante Bruselas de Madrid, sobre la que ahora me explayaré:
–Me he tenido que contener para no arrearle una hostia. ¡Qué hijo de puta!

Yo tenía veinte añitos y andaba dando conciertos con un grupo de música antigua llamado Atrium Musicae que tenía bastante aceptación en aquellos años. Tañía el laúd y la vihuela, me creía Julian Bream y llevaba el pelo tan largo que parecía una sota de la baraja española.

Imagen de la bosa de Jesús Aguirre y la duquesa de Alba. EFE
Imagen de la boda de Jesús Aguirre y la duquesa de Alba. EFE

Al cura Aguirre, como le llamaba todo el mundo, le habían nombrado hacía pocos meses Director General de Música y partiendo de ese campamento base, acababa de escalar el gran ochomil del alpinismo social, al convertirse en Duque consorte (y con suerte) de Alba.

El director del grupo en el que yo tocaba, Gregorio Paniagua, sabedor de que mi padre era amigo de Aguirre (había sido testigo de su boda en Liria) tuvo una idea que a todos nos pareció deliciosa: montar un concierto en Palacio (marco incomparable, ya conocen la manida expresión), con música escrita por encargo de la Casa de Alba. Mi padre se puso en contacto con Aguirre para adelantarle el proyecto y fue el cura quien sugirió un almuerzo para conocer a Paniagua y que le relatara los pormenores del concierto. A la comida se sumó también el magistrado Clemente Auger, que además de amiguete del cura Aguirre, era y sigue siendo muy melómano.

Durante los entrantes (jamón de bellota y gambas en gabardina) el director de Atrium Musicae le contó al curángano el programa, en el que pensaba incluir a músicos de la talla del violagambista Diego Ortiz o el chelista Luigi Boccherini. Aguirre le dejaba hablar, mientras chupeterreaba con su boca pérfida hasta el último bigote de unos crustáceos que sabía que no iba a pagar él: mi padre había organizado aquella juerga y mi padre se haría cargo de la factura.

Al llegar los segundos (lenguado meunière y unas delicias de merluza a la romana), Aguirre, sin descomponer el gesto, le dijo a la cara a Paniagua, delante de todos nosotros, que prefería que lo sometieran al martirio de Santa Catalina (a la que el emperador Majencio ordenó ejecutar con una máquina con ruedas provista de afiladas cuchillas) antes que permitir que el Palacio de Liria fuera profanado por esa pandilla de saltimbanquis que os hacéis llamar Atrium Musicae. Fue tan brutal como lo cuento, palabrita del Niño Jesús.

Tan brutal como lo que le hizo este enfermo mental a Eugenia Martínez de Irujo con once años y que acabamos de conocer hace tres días gracias a sus revelaciones en Planeta Calleja. En una exhibición de maldad a la que no se hubiera atrevido ni la madrastra de Blancanieves en un día de síndrome premenstrual, esta escolopendra (a la que Lucifer no deja entrar en el infierno por miedo a que le quite el puesto), mandó llamar a su hijastra al despacho y le contó la patraña de que la muerte de su madre por fallo cardiaco era inminente y que ella sería responsable de ese fallecimiento.

Lo que subleva de esta escena y de la que he narrado anteriormente es la gratuidad con la que el cura Aguirre infligía sufrimiento al prójimo. Igual que algunos matan sus ratos de ocio jugando al golf o coleccionando sellos, el pasatiempo de este canalla era humillar a los demás para libar luego, cual nauseabundo insecto, hasta la última gota del dolor que provocaban sus despliegues de maldad.

Mi padre me contó que cuando no podía acceder directamente a sus víctimas, Aguirre–la–perfidia–de–Dios propalaba infundios sobre ellas, para que luego le llamaran aterrorizadas, en busca del consuelo que sólo puede ofrecer el poli bueno. Su técnica era la siguiente: sabedor de que el ser humano es indiscreto por naturaleza, y que basta con que le pidas a alguien que guarde un secreto para que lo casque a los tres minutos, Aguirre le contaba una infamia a su propalador, insistiendo mucho en que no la revelase. A los pocos días, la maldad que había inventando ya era vox populi y el difamado llamaba a Aguirre para que le echara una mano, que siempre acababa siendo al cuello. Tan solo en una ocasión le falló esta técnica: usó al editor José María Guelbenzu para difundir su enésima calumnia y éste, obedeciendo las instrucciones recibidas, no se la contó a nadie. A las pocas semanas, Aguirre reprochó indignado a Guelbenzu su pertinaz silencio.
–¡Pero si me dijiste que no lo contara! – se defendió el segundo.
–Jose Mari –sentenció el cura– la discreción, que en la mayoría de la gente podemos considerar una virtud, en ti se ha convertido en nefando vicio. ¡Nunca más volveré a confiarte un secreto!