Opinion · Otras miradas

Por mí y por todos mis compañer@s

Elena Sevillano

Diputada por Podemos en el Parlamento Regional de Madrid

Desde que conocí hace unos días que CocacolaEnLucha ha cerrado y ganado el conflicto mantenido durante cinco años con una de las multinacionales más poderosas del mundo, me viene la frase a la cabeza con la que ganas al escondite (millennials buscar en la red) “por mí y por todos mis compañeros”. Creo que es porque resume el espíritu con el que, en este caso, David ha torcido el brazo a Goliat.

La diputada autonómica Elena Sevillano con trabajadores de CocaColaEnLucha
La diputada autonómica Elena Sevillano con ‘los Danis’ de CocaColaEnLucha

Conocí el conflicto recién anunciado el ERE en 2014 a través de los Danis que se turnaban para venir a las reuniones donde se organizaron algunas de las manifestaciones más numerosas del último gran periodo de movilización ciudadana. En seguida conocí a muchos más componentes de “la familia” incluso literal puesto que en un conflicto tan duradero nacen niños y niñas y por su puesto conocí a las más grandes: Las Espartanas.

Era fácil puesto que estaban en todas partes rápidamente (una de las claves de su éxito). Y a eso contribuye también una tradición sindical fuerte que supieron defender y combinar con nuevas formas de entender, de comprender que la defensa de tus derechos es la de los míos. Se convirtieron en un eje fundamental para poner en práctica, en las manos y ante los ojos de todo el mundo, la tan reclamada unidad de acción.

Había pasado el 15M y sabíamos que bajo la estafa, que llamaron crisis, la pelea no era únicamente contra los efectos que empezaban a tomar cuerpo por todas partes de una reforma laboral que permitía el abuso de una multinacional como a la que pertenecían. Se sumaban recortes drásticos en educación y otros servicios públicos, la denuncia que hacían las y los trabajadores del saqueo, que hoy está en manos judiciales, del Canal de Isabel II, la privatización de la sanidad madrileña a punto de culminarse y los desahucios, sobre todo los desahucios, hacían que estuviéramos todos centrados en un objetivo común: parar la ofensiva neoliberal de la mano fundamental del Partido Popular que nos estaba arrasando como una apisonadora.

Así lo entendieron y esto no sólo consiguió que se convirtieran en irreductibles que acompañaban siempre al resto de conflictos, con sus camisetas y sus gorras con la marca tachada. Además, hizo que sus propias líneas rojas no estuvieran basadas en lo suyo, si no en lo común. No se trataba sólo de salvar su salario a fin de mes, perseguían salvar la fábrica, los puestos de trabajo y el futuro de la zona. Pero más allá, por encima de todo, demostrar que es tremendamente grave que una multinacional esté por encima de la justicia y la democracia en nuestro país.

Cuando el ERE se declaró nulo por el Tribunal Supremo pensamos que acabaría el conflicto, pero Coca Cola decidió incumplir la sentencia pretendiendo devolverles el salario pero robándoles la dignidad. A regañadientes reincorporó al personal, pero no a la fábrica, si no a unas instalaciones que habían convertido en otra cosa y en las que se trataba de alienar a estas personas con diferentes técnicas como mantenerlas horas y horas sin hacer nada. Y lejos de amedrentarse, nos mostraron otra de las claves de este conflicto, la no rendición y la resistencia que fue aportada cuando fueron envueltos por el arrojo, el cuidado y la valentía de las Espartanas. Como dice mi amiga Carmen Barrios “cuando caen los héroes se levantan las mujeres”.

Y se convirtieron en Espartanas y Espartanos que exprimieron la imaginación y la creatividad para saltar el tremendo muro mediático impuesto por el poder de la multinacional. Desde acudir a premios de cine o extender el boicot empezando por las administraciones públicas y llegando a los lugares más insospechados, hasta el famoso desnudo de Interviú. De su mano hemos encontrado el punto débil entre los ojos de Goliat, las redes desmontando una y otra vez las campañas de mejora de la imagen de Coca Cola mostrando la realidad de las y los trabajadores de Fuenlabrada también han sido claves a examinar.

En ese mismo punto débil incide cómo la honda de David (el boicot) “si Madrid no fabrica, Madrid no consume” se ha convertido en un mantra que nos muestra el ingente poder que el consumo deposita en nuestras manos. Tanto que las multinacionales, esas a las que no vota nadie en ningún sitio, intentan con sus lobbies en los parlamentos como el de la UE que se generen normativas surrealistas para limitarlos, lo que nos muestra hacia donde deben caminar también nuestros movimientos.

Aunque nunca se lo he contado por razones obvias, de vez en cuando desde diferentes satélites  a su alrededor comentábamos que quizá habían quedado atrapados en un conflicto irresoluble y que tendrían que considerar encontrar una manera de cerrarlo.

Mientras, ellos viajaban a Londres o Estrasburgo, con la justicia en la mano reclamando en todas las instituciones, demostrando en los juzgados los abusos de la empresa. Desmontando, incluso en su contra, alguna que otra “versión policial contradictoria” por decirlo suavemente como le sucedió con Juan Carlos, portavoz del comité de empresa.

Y aquí quizá resida la que para mí ha sido la mayor lección. Nunca, nunca, nunca han dejado de creer en sí mismos y en sí mismas, con una perseverancia que les ha mantenido aferrados a su razón colectiva y a su dignidad, contra viento y marea y les ha permitido ganar.

No han cerrado el conflicto hasta que han recuperado la producción fabril para la zona, o en su defecto un plan social, es decir hasta que la multinacional cumpliera la esencia de la sentencia.

Lo que tendría que haber conseguido la justicia y la política lo han conseguido ellos y ellas. Han recuperado el trabajo real, la población de la zona ha recuperado industria y economía y todos y todas hemos recuperado democracia.

Ahora queda detenerse en este triunfo en el que han demostrado que sí se puede. Analizarlo y transmitirlo para multiplicar. Está en documentos gráficos de infinidad de movilizaciones, en libros, incluso en una película y está, sobre todo, en el corazón de las y los que hemos tenido la suerte y el honor de acompañar en este camino a esos Danis, Mercedes, Paco, Juan Carlos, Gema, Aurora, Silvia, Carmen y a un largo etc., a las y los que aprovecho este artículo para dar las gracias por demostrar en la práctica que un colectivo es mucho más que la suma de las partes. Y la enhorabuena por mí y por todos mis compañer@s.