Opinion · Otras miradas

Vox, excrecencia de la derecha

Javier Segura

Profesor de Historia www.javisegura.es

La irrupción del “ultra-fachismo” de Vox en el Parlamento andaluz, tras las pasadas elecciones del 2 de Diciembre, no es un fenómeno electoral aislado. Se veía venir como parte de la crónica del proceso de degradación  cultural y “faCHistización” política que ha intoxicado en los últimos años la vida democrática, dentro y fuera de Andalucía y del Estado español.

El líder del partido ultraderechista Vox, Santiago Abascal (d.) con su cabeza lista en las elecciones autonómicas andaluzas Francisco Serrano. REUTERS/Jon Nazca
El líder del partido ultraderechista Vox, Santiago Abascal (d.) con su cabeza lista en las elecciones autonómicas andaluzas Francisco Serrano. REUTERS/Jon Nazca

En el marco de la Unión europea, los partidos y/o grupos sectarios de extrema derecha, reafirmados con la presidencia de Donald Trump en la Casa Blanca, han crecido de manera espectacular durante la última década y cuentan ya con una visible presencia institucional en países como Francia, Austria, Alemania, Polonia, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Rumanía, Hungría, Grecia o Italia. En este último caso, la Liga Norte de Mateo Salvini, coaligada con Forza Italia de Silvio Berlusconi, obtuvo la mayor parte de las papeletas tras las elecciones del pasado mes de Marzo. En España, la extrema derecha siempre “ha estado ahí”, como el dinosaurio´del microrelato de Augusto Monterroso, enquistada en los poderes fácticos, plenamente incorporada al juego político a través del Partido Popular y, de un tiempo a esta parte, de Ciudadanos, y encuadrada en distintos grupos de integristas  alineados con la dictadura fascio-católica de Franco. En este marco, propicio, por su atmósfera permisiva, para el subidón integrista de “los fachas”, la cofradía montada en torno a Vox se sitúa como una excrecencia visibilizada de la derecha de siempre.

Lo vemos:

El ascenso de la ultra-derecha en Europa se explica por el desgarro social generado por el modelo neoliberal de acumulación de capital por desposesión de la ciudadanía, que tiene en la propia derecha, paradójicamente,  a sus delegados políticos “naturales”, y por la desafección ciudadana hacia los representantes políticos asociados al robo y la corrupción. Es el caldo de cultivo del que la ultraderecha se ha servido para esgrimir un ideario, altamente tóxico, que camufla este antagonismo real, acumulación/desposesión, con su red de complicidades institucionales, por otro, absolutamente ficticio, entre la pureza identitaria de las esencias nacionales y los supuestos enemigos de la misma, enemigos que la propia ultraderecha fabrica y sobredimensiona para que sirvan de chivos expiatorios del malestar social. En este marco se inscribe y se justifica el vasto programa de fobias y odios irracionales hacia todo lo que pueda ser considerado como extraño  a la casticidad del cuerpo social (inmigrantes, musulmanes, rojos, populistas, feministas, gays y lesbianas,  nacionalistas-separatistas…) para, de esta forma, concitar la adhesión de sectores de las clases medias y populares y su inserción en el espacio político antes reservado a la derecha clásica: toda una “infracultura” paranoide en la que las víctimas se convierten en verdugos y en la que el miedo y el odio, las emociones más rentables para los proyectos de dominación, se  agitan como herramientas políticas por encima de la razón. Si el populismo fuera lo que el establishment dice que es (utilizar emociones populares en interés propio) no habría populismo más nausebundo que el anteriormente descrito).

En esta parafernalia, la retórica anti-corrupción y anti-política, que mete a todos los políticos en el mismo saco para, de esta forma, autoabsolverse de las miserias propias, opera como un complemento ideológico, fuertemente aireado, que permite a la ultra-derecha mostrarse como lo que no es: una alternativa popular.

En la pugna por el poder, gran parte de los postulados ultraderechistas han sido asumidos por la derecha clásica, sobre todo en lo que atañe a las políticas migratorias y de asilo, claramente discriminatorias y punitivas, y a las políticas represivas en materia de derechos y libertades. Esto puede ser así porque ambas derechas comparten valores básicos, como la idea de la propiedad privada del capital como pilar básico de la sociedad, el mito de la nación como realidad superior a la de sus propios habitantes y la apreciación de la desigualdad social y la jerarquía como elementos  consustanciales de la sociedad y, por tanto, imposibles de erradicar. En este contexto, la extrema derecha no es más que el plan B de la derecha y cumple una función política básica: la de ocultar las raíces reales de la injusticia social para, de esta forma, neutralizar la posibilidad de que se cuestione la responsabilidad en la misma de los que prefieren hacer, gestionar y garantizar fortunas a construir un proyecto solidario de país. ¡La guerra entre perdedores! Es lo que les pone, algo muy atractivo para quienes creen en el mito de la autoridad salvífica frente al “otro”.

En el caso español, Vox se ha erigido, tras la exhibición simbólico-mediática del pasado Octubre en el Palacio de Vistalegre de Madrid, y el “zarpazito” en los comicios andaluces, en la peña política que encarna “sin complejos” el credo ultraderechista, solapado desde la Transición, por vergüenza, en el seno de la derecha política española. Santiago Abascal, miembro fundador de Vox, en 2013, y actual presidente del club, ejemplifica, por su trayectoria en la nomenklatura del Partido Popular y su filiación dinástico-familiar con la dictadura franquista, el estrecho parentesco entre la extrema derecha y la que no se reconoce como tal. No es casual, por tanto, que haya gozado de un amplio espacio mediático en los medios ultraconservadores de la “Caverna” (la COPE, Grupo Intereconomía, esRadio, Libertad Digital, 13TV, ABC, La Razón o el Semanario Alba).

El ascenso de Vox, por tanto, responde a la ofensiva ultraderechista que tiene lugar en Europa y que, incluso, va más allá, como lo demuestra la elección, en Octubre pasado, de Jair Bolsonaro como presidente de la República brasileña, pero hinca sus raíces en la continuidad/enquistamiento del conservadurismo retrógrado en los partidos de derecha y, por extensión, en los poderes fácticos del país (grupos empresariales/financieros, corporaciones mediáticas, poder judicial, jerarquía eclesiástica, mandos militares y policiales…) desde la Transición española (1). De ahí, que el “aldabonazillo” electoral de Vox en Andalucía no constituya un acontecimiento aislado, sino que forme parte de un proceso de deriva ulraderechista en instituciones, en particular la judicatura, y grandes medios de comunicación, vigorizado tras la eclosión social del 15M y exacerbado a raíz del proceso soberanista catalán, un proceso de degradación democrática en el que  todo ha valido: leyes mordaza contra la protesta social, vulneración de derechos de los inmigrantes sin papeles, admisión a trámite de denuncias y procesamientos judiciales de cómicos y raperos, estigmatización mediática de los líderes progresistas, violencia policial contra civiles que quieren votar en el referéndum soberanista catalán, atribución de delitos inexistentes a los políticos catalanes encarcelados, y todo ello, en paralelo a la permisividad institucional de las exhibiciones fascistas. En este contexto, el problema para la salud democrática del país no está tanto en Vox, sino en la profundización de un consenso reaccionario renovado, explícito o implícito, de las fuerzas derechistas, que atienda/blanquee las paranoias inquisitoriales del ideario castrense de la formación y suponga un recorte aún mayor que el sufrido hasta ahora de los derechos y libertades de la ciudadanía (2).

Frente a ello, la “batalla” de las sensibilidades progresistas debe librarse en el plano cultural, en el más amplio sentido del término, integrando los programas democráticos de distribución de los recursos, requisito básico para el progreso social, en un modelo cultural más amplio, cimentado en la empatía, que ponga en el centro la dignidad humana y el bien común como valores civilizatorios centrales y contrarreste la deriva hacia la subcultura de la la ignorancia, el miedo, el dogmatismo y la hostilidad.

PD1.- En realidad todo el ideario de la ultraderecha se resume en el “A por ellos”, pero, de todas formas, merece analizarse.

PD2.- Para la cofradía de Vox: Mejor buscar soluciones que culpables. No saber dónde está el virus de la gripe impediría curarla. Pensar que la culpa de todo la tiene Willy Toledo, Ada Colau o Pablo Iglesias y la solución es don Pelayo es propio de cerebros con más serrín de la cuenta. No contribuyan a que la sociedad siga enfermando. Y si no quieren que les llamen fachas, muy sencillo, dejen de serlo.

NOTAS
(1) Véase mi artículo sobre el papel de los poderes fácticos en la elaboración de la Constitución de 1978. Público 5 Marzo 2018
(2) Es cierto que la ultraderecha asciende cuando el progresismo recula, pero eso no supone que haya que buscar las culpas ahí. Es como culpar de una violación a la minifalda. Tengan cuidado, progresistas, con esa práctica autodestructiva. La cosa no va de marcas, sino de la capacidad para construir pedagogías inclusivas.