Opinion · Otras miradas

La legislatura de las mujeres

Cuenta Rebecca Solnit en su libro Los hombres me explican cosas que Virginia Woolf escribía a menudo en sus ensayos “no lo sé”. Ella, la referente literaria y feminista por antonomasia, la autora de Una habitación propia y tantas novelas que han cambiado la historia de la literatura, confesaba sin ambages que no sabía. Y es así como me gustaría a mí empezar este artículo, con un gigante y mayúsculo “no lo sé”. Y por qué escribo, pensarán muchos de ustedes, pues precisamente por eso. Cómo me atrevo a ser diputada, pensarán otros, pues exactamente por la misma razón, porque con frecuencia, ante tantas cosas en la vida, me atrevo a decir que no sé.

Desde hace tres años, cuando fui elegida diputada por En Comú Podem, de martes a jueves el Congreso de los Diputados se convierte en mi casa. Es ésta una casa fría y pomposa, construida por y para hombres. Y una casa en la que, de costumbre, hablan los hombres. Porque aunque somos más de la mitad de la población, porque aunque en esta legislatura hayamos alcanzado la cifra récord de 138 diputadas del total de 350, siguen siendo las voces masculinas las que normalmente se suben al atril.

Y en cada pleno, en cada intervención, constato como el momento de las mujeres, también en política, es inaplazable, como es necesario que los hombres den un paso al lado y dejen a las mujeres ocupar aquel espacio que desde hace siglos les vienen usurpando. No sólo porque es una cuestión de justicia histórica, sino porque las mujeres podemos y debemos aportar algo que haga que la política sea capaz de conectar con la sociedad y vuelva a ilusionar.

Porque  frente  a la contundencia del lenguaje de los grandes hombres de estado, frente a su seguridad y su templanza, las mujeres somos suficientemente valientes para decir “no lo sé”. Pero esta no es una duda paralizante, en absoluto, es una duda que construye, y tanto que construye, porque es una duda que se abre al mundo. Es un “no lo sé” que dice yo te escucho, mujer. Es un “no lo sé” que dice sola no puedo, pero con vosotras sí. Es un “no lo sé” que solo tiene una certeza, y es que su contrario solo puede conjugarse en plural, porque juntas “nosotras sí sabemos”.

Esta tiene que ser sin duda la legislatura de las mujeres. Y eso no significa solamente aprobar leyes feministas, significa también cambiar el lugar de dónde salen estas leyes. Confieso que mi mayor momento de incomodidad mi primer día en el Congreso fue al cruzar por primera vez esos eternos pasillos engalanados con retratos de hombres de estado. Esos políticos históricos parecían decirme, casi como de pasada y sin prestarme atención, que yo era una intrusa, que cómo me atrevía, yo que ni siquiera sabía, a mí que me temblaban las manos (y siguen haciéndolo) al acercarme a un micrófono. Cuántas veces en estos años he estado tentada a darle la vuelta a los cuadros, a buscar una mirada hermana, ese temor, esa vacilación.

La explosión feminista que vivimos nos ha demostrado que sí, que hay otras caras detrás de estos cuadros. La emoción y la empatía que han desbordado las calles al grito de lemas como “hermana, yo sí te creo” legitima ese pulso tembloroso que solo el contacto de una mano amiga es capaz de volver firme. Por muy gruesos que sean los muros del Congreso, hay una realidad que ya no pueden silenciar: otra manera de hacer política es posible, y ahora mismo es el feminismo la fuerza con más capacidad para señalar el camino. Un camino que debe dar espacio a las historias, aquellas que se escriben en minúscula y han quedado siempre en el reverso de las grandes páginas de la Historia en mayúscula escrita por los hombres. Porque así imagino yo el feminismo cuando paseo ahora, tres años después, por los largos pasillos del Congreso: una cadena de mujeres y hombres dándole la vuelta a esos cuadros, y dándonos, a mí y a otras tantas mujeres, por fin la bienvenida.

Acabamos un año que ha supuesto un hito para el feminismo en todo el mundo. Tanto que hasta algunos podrían llegar a pensar que se trata de una moda y agazaparse a esperar que pase. Tanto que algunos han salido de las cavernas para intentar ponerle freno. Pero que nadie se equivoque, la revolución feminista es imparable. Y la revolución feminista derriba la pared de la institución para que entre la calle. La revolución feminista pinta las paredes del Congreso, como diría Miguel Hernández, del color de las grandes pasiones y desgracias, las de tantas mujeres que nos han precedido, las de tantas mujeres que nos seguirán, las de todos y todas nosotras que, unidas, sabemos que un mundo mejor está al caer.