Opinion · Otras miradas

Sí, muy bonito eso de la descentralización cultural pero ¿cómo se concreta?

Jazmín Beirak Ulanosky

Portavoz de cultura de Podemos en la Asamblea de Madrid

Los seres humanos somos indisociables del concepto de cultura: la llevamos encima, nos da forma, vivimos zambullidos en ella, creándola, alterándola, ensanchándola, resistiéndonos a ella o abrazándola…, negociándola. Nos caracteriza la capacidad de expresarnos y de comunicarnos unos con otros de forma creativa, la capacidad de simbolizar y proyectar, de decirnos cosas, de entendernos y de compartir nuestros pensamientos y emociones a través de medios, canales y objetos que en términos generales podríamos definir como “artísticos”: la música, la escritura, la creación plástica, las artes escénicas… pero también, por ejemplo, los memes, los chistes o nuestras formas de habla.

Resulta paradójico que, a pesar de lo anterior, todas las prácticas y las manifestaciones que categorizamos bajo la etiqueta de cultura, ocupan un escalón muy bajo en el interés social y colectivo. Habitualmente, las apelaciones a la cultura se reciben con cierta sensación de ajenidad, como si lo que a ella atañe solo tuviera que ver con quienes se dedican a ella por profesión o por afición. Esto provoca que la cultura no llegue a ser percibida como un derecho, como sucede con la sanidad o la educación, sino como algo más bien superfluo (es significativo, en este sentido que las mareas en protesta contra los recortes que han sufrido ambos sectores, han agregado tanto a profesionales como a usuarios, sin embargo, en el caso de la cultura estas protestas han tenido un marcado carácter exclusivamente profesional).

Este desinterés, esta desconexión del interés general, puede explicarse como resultado de unas políticas culturales concretas que han fracasado principalmente en dos sentidos. Por un lado, han producido un ensimismamiento de las instituciones culturales, priorizando los acontecimientos deslumbrantes, los nombres estelares y los equipamientos mastodónticos, en lugar de poner en el centro de sus intereses el disfrute y la participación de las personas y el ejercicio de sus derechos culturales. Por otro, por hacer un descarado uso instrumental de la cultura como recurso al servicio de estrategias inmobiliarias, ornamentación de partidos políticos o instrumento de la política internacional, en vez de tratarla como objeto merecedor de una política pública específica en sí mismo.

El derecho a la cultura dejó de ejercerse, y, así, ha acabado en el olvido de los derechos. Por tanto, reconectar cultura e interés general debería ser un objetivo prioritario de cualquier política cultural.

Hay tres razones que hacen de la descentralización cultural una estrategia privilegiada para fomentar esta buscada reconexión. Gracias a su capilaridad, la descentralización favorece el acceso y la participación cultural de todos los ciudadanos, independientemente de su lugar de residencia y de sus recursos personales o familiares. Una segunda razón es que permite al tejido profesional extender su campo de desarrollo, es decir, amplía su mercado, lo que tiene un impacto positivo tanto en la sostenibilidad del propio tejido como, de modo derivado, en la de un turismo que dejaría de concentrarse exclusivamente en la capital. Por último, la descentralización contribuye a coser la región y a generar, paulatinamente, una identidad compartida en base a vínculos de cooperación, algo muy necesario en la Comunidad de Madrid, donde históricamente, lo que han hecho las políticas del Partido Popular ha sido poner a competir a los municipios entre sí.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de descentralización cultural? Durante sus años de gobierno, las acciones del Partido Popular en este frente se han limitado a acercar la oferta cultural desde un centro –en este caso, la ciudad de Madrid– a una periferia –el resto de municipios de la región–. Sin embargo, este enfoque resulta problemático en dos sentidos: por un lado, perpetúa una relación jerárquica centro-periferia y, por otro, restringe la acción pública a la generación de oferta cultural exclusivamente, lo que es insuficiente. La descentralización real y efectiva no consiste en trasladar la cultura de un sitio a otro, sino en favorecer la existencia de múltiples y nuevas centralidades conectadas por vínculos de cooperación. Y tampoco se trata solo de distribuir contenidos, sino de impulsar el desarrollo de núcleos autónomos de actividad cultural. Debemos dejar atrás ese modelo que se articula en función de la existencia de un centro cultural, la ciudad de Madrid, y unas periferias, el resto de municipios, que viven culturalmente de escuchar las noticias que les llegan de la capital. Debemos transformar este modelo poniendo en marcha una red compuesta por múltiples centralidades culturales. Una región será culturalmente más rica cuanto mayor número, y mayor diversidad, de núcleos de actividad cultural contenga.

Para construir esta red debemos asumir en serio dos compromisos principales. El primero de ellos es incorporar a los circuitos culturales todo el espacio de lo que se ha venido a llamar “la España vacía” –pueblos de escasa población o importante aislamiento geográfico– y que en nuestra Comunidad representa un 70% de los municipios (aquellos que tienen menos de 10.000 habitantes, los que tienen menos de 3.000 representan el 50%). El segundo compromiso es el de constituir núcleos de referencia cultural no solo en la capital, sino también en las ciudades medianas y grandes que por sus dinámicas, cantidad de habitantes y desarrollo podrían ser núcleos culturales en términos similares a los de una gran ciudad –algo que ya sucede en países de nuestro entorno como Francia, Alemania, Italia o Reino Unido–.

Para concretar estas cuestiones, propongo cuatro estrategias diferentes que tienen en común tanto la centralidad de la cooperación entre municipios, como la adaptación de la intervención pública a las especificidades de cada uno de estos[1].

Las mancomunidades. Estructuras permanentes de gestión en común de servicios culturales generales. La legislación española recoge la figura de la mancomunidad para la prestación en común de servicios públicos locales. Es un tipo de estructura alentada por el Consejo de Europa y con un desarrollo importante en otros países de nuestro entorno, entre los que Francia es un ejemplo. En España también ha existido cierto desarrollo de las mancomunidades, pero, pese a estar normalizadas en ámbitos como la gestión de residuos y los servicios sociales, ambientales o de emergencias, en el de la cultura apenas se ha explorado. En todo el conjunto del Estado solo existen seis mancomunidades dedicadas a servicios culturales, una de ellas en la zona de la Sierra Norte de la Comunidad de Madrid. Apostar por esta figura supondría la oportunidad de poner en común los medios y los recursos de los municipios, de manera que permita optimizar la gestión, implementar políticas más territorializadas, fortalecer el tejido comunitario y fomentar las relaciones de cooperación. Si bien la competencia de constituir mancomunidades es municipal, desde el gobierno autonómico puede incentivarse su constitución. Así sucede en Francia o en Portugal, donde existen ayudas financieras para impulsar esta forma de autoorganización y cooperación cultural.

Redes. Estructuras estables de coordinación y cooperación en ámbitos específicos. Las redes culurales son un mecanismo con muchas décadas de arraigo. La Red de teatros de la Comunidad de Madrid surge en 1987 y la Red Itiner (Red de Exposiciones Itinerantes) desde 1994. El reto aquí no es tanto el de poner en marcha nuevas estructuras, como dinamizar y mejorar las existentes. Tanto la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid, como Itiner, tienen problemas notables. En el caso de la primera, el Gobierno de la Comunidad de Madrid la ha convertido en un mero dispositivo de transferencias económicas a municipios y ha dejado morir los elementos que la dotan de su carácter de verdadera red (coordinación en la difusión, trabajo con públicos, mejora de equipamientos o producción). En el caso de Itiner es la falta de ambición, su funcionamiento por inercia, lo que lastra una herramienta que si fuera más allá de la circulación de exposiciones y profundizara en cuestiones como las que se acaban de mencionar, sería mucho más brillante.

Festivales, ciclos o efemérides. Aunque existen festivales como Galapajazz o el Festival de cine de Alcalá, que se desarrollan específicamente en municipios concretos, los festivales más emblemáticos de la Comunidad de Madrid –como el Festival de Otoño, Arte Sacro o Madrid en Danza– apenas salen de la capital. Sin embargo, existen modelos alternativos que sería beneficioso emular, como el que ha seguido los Veranos de la Villa durante los últimos años, que ha tenido presencia en todos los distritos de la ciudad de Madrid y que, además de presentar espectáculos, aprovecha estos hitos para generar en cada distrito unas dinámicas culturales propias y autónomas que pervivan más allá de la temporalidad del propio festival. El mismo modelo podría aplicarse en la celebración anual de aniversarios, efemérides u otros hitos puntuales.

Localización. Medidas específicas adaptadas a determinadas necesidades u oportunidades. La línea de esta última estrategia consiste en la puesta en marcha de medidas específicas en función de las necesidades de cada territorio. Entre estas podría estar, por ejemplo, la formación de un equipo técnico itinerante gestionado por el gobierno autonómico que diera cobertura a los municipios de menos de 10.000 habitantes, facilitándoles el acceso a equipos y al personal profesional especializados en luces o sonido, algo de lo que los municipios más pequeños carecen y que no pueden permitirse. Igualmente podrían crearse residencias artísticas temporales para todo tipo de disciplinas en municipios pequeños que incorporaran una propuesta de retorno social en el territorio por parte de los artistas. Podría trabajarse también con cuestiones como la cesión de espacios permanentes para artistas o colectivos artísticos en distintos puntos de la región; o la oferta de ayudas para municipios de más de 10.000 habitantes destinadas a la realización de actividades relacionadas con el teatro, la danza, la música y la cinematografía.

En cierto sentido, cuando hablamos de descentralización cultural estamos hablando casi de la misma esencia de lo que es hacer política pública en cultura, pues si hay un ámbito paradigmático cuyas prácticas se ven enriquecidas y multiplicadas cuando opera desde diversos centros este es, precisamente, el de la cultura. Para ello es clave apostar por la autonomía y la cooperación, impulsando una descentralización de la cultura que densifique su tejido y que incorpore a mayor número de gente al ámbito de la cultura. Solo así seremos capaces de generar esta reconexión tan necesaria para dar al lugar de la cultura la centralidad que merece en nuestra vida y en el interés social, que es, en definitiva, la misión última de una buena política cultural.

NOTAS
[1] Estas propuestas han sido presentada por parte de Podemos como enmiendas al proyecto de presupuestos que el Gobierno ha presentado para 2019 para profundizar en las políticas de descentralización cultural