Opinión · Otras miradas

La causa justa

Marta Nebot

Periodista

Lo único que tengo sobre este asunto son dudas pero por suerte son muchas.

Thelma Fardín es una actriz argentina que acaba de denunciar en Nicaragua al actor Juan Darthés por, presuntamente, haberla violado durante una gira por ese país hace nueve años, cuando ella era una menor de 16 y él un señor de 45 tacos.

El vídeo con el que Thelma denunció lo ocurrido ante los medios está muy preparado. Se rodó en una habitación de hotel, simulando el lugar donde ocurrió (si ocurrió), en diferentes tomas y planos y con un texto perfectamente guionizado.

Juan Darthés, como respuesta, se dejó entrevistar para desmentirla y defenderse pero resumiendo así su testimonio: “Da igual lo que diga, yo ya estoy muerto”.

Su resumen es como para pensarlo aunque también es verdad que hay mucho en lo que pensar en este caso: ¿Hay que aplaudir la valentía de una mujer que se atreve a denunciar ahora, nueve años después, porque la corriente feminista la empuja y la arropa? Sí, si ocurrió es mejor que se sepa, para ella y para tod@s, más allá de lo que la justicia pueda demostrar. Pero hay más preguntas: ¿hay que defenestrar la carrera y la vida de un hombre por una denuncia que nunca se podrá demostrar? ¿No es verdad también que él tiene razón cuando dice que, con el revuelo mediático que se ha producido, da exactamente igual lo que diga o pase a partir de ahora?

Con este caso empiezo a pensar que estamos girando las tornas del patriarcado tan de golpe, a nuestro favor, que podemos cometer los mismos errores que se cometieron en nuestra contra. Queridas feministas y amigas, perdonadme otra duda: ¿dónde queda la presunción de inocencia en estas denuncias públicas? Es cierto que hasta hace nada, ante cualquier episodio de acoso, la versión de la víctima, si era mujer, valía bien poco. Ahora, me temo que, en algunos casos, pudiendo estar equivocándonos, estamos aplicando la verdad suprema de “la causa justa” imponiendo la presunción de culpabilidad, como antes se nos impuso a nosotras. ¿No es supremacismo o, al menos, justicia con letra demasiado gorda? ¿No estamos imponiendo penas estratosféricas e imposibles en ningún proceso judicial?

Esta revolución nuestra ha sido tan rápida y tan de golpe que hemos pasado de ver el cine de Polansky sin problemas, sabiendo que había huido de su país para no hacer frente a una denuncia de violación de una menor, a dejar de ver las películas de Woody Allen porque su hija dice que abusó de él cuando era una niña, aunque la investigación judicial dijo que no. Puedo creer que la justicia se equivoca o que no tiene capacidad para discernir entre quién es la víctima y quién el verdugo, cuando todo lo que tiene es el testimonio de ellos dos, pero me parece que las penas de nuestros tribunales populares son excesivas y pueden ser tremendamente injustas.

Y, para terminar, tengo otra duda que me corroe por dentro: ¿la causa justa es la más justa o la que justo toca en ese momento? Varios medios de comunicación han viajado a Managua, la capital de Nicaragua, siguiendo los pasos de esta chica, para seguir contando su historia. Ninguno ha escrito ni media palabra sobre los más de 300 asesinatos de estado ocurridos durante las protestas estudiantiles contra el gobierno de Ortega, en los últimos meses. Algunas ongs, como la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos, calculan que a estas alturas, casi seis meses después de lucha, la cifra llega a 500 muertos pero no pueden comprobarlo porque el Gobierno se niega a dar todas las cifras. También estiman que han herido de gravedad a 2800 manifestantes y que cerca de 600 han desaparecido, aunque hace meses que los medios dejamos de hablar del tema.

Soy tan feminista como la que más y por eso me escuece que mi causa se exceda y tape otras y se rija por las mismas espantosas reglas que lo rigen todo: estamos de moda; es el mercado, amigas.