Opinión · Otras miradas

Defenderse de las putas

Laura Luelmo ha sido asesinada y ya sabemos por qué y por quién. La respuesta es tan sencilla que estremece. Sin miedo a equivocarme digo que la han matado por ser mujer y otra vez, ha sido un hombre el asesino. Y en medio de la conmoción, la espiral de comentarios que buscan explicaciones mágicas al puro machismo estructural que impide que las mujeres vivamos con libertad y disfrutemos de nuestros derechos civiles. Entre los que niegan la misoginia, los que votan a los partidos que llevan en su programa derogar la ley contra la violencia de género y el guateque de ignorantes que se dan cita en tu foro favorito, muchos se siguen preguntando, con el cadáver todavía caliente, cómo se pueden defender los pobres hombres de tanto feminazismo y denuncias falsas.

Ayer dormí sola en casa. Me caía literalmente de sueño desde media tarde. Acabé la cena revisando en el teléfono las últimas noticias sobre el asesinato de Laura. Me metí en cama preocupadísima y rabiosa y empecé a sentir esa inquietud que solo tenemos las mujeres por si la ventana del patio no cerraba bien o por si alguien se podría colar por el tejado trasero de uralita que tan fácil acceso tiene a mi habitación. Los vecinos aún estaban despiertos y escuchar las conversaciones en el piso de arriba me daba cierta tranquilidad. Me levanté y bajé todas las persianas hasta el tope. Atranqué los ventanales con sillas y otros objetos que hiciesen ruido, di doble vuelta a la cerradura de la puerta y cogí el cuchillo más grande que tenía en la cocina y lo puse en mi mesilla, a cinco segundos de reacción. Hice llamadas perdidas al taxi y a la policía local para tenerlas a mano en el registro mientras me mensajeaba con dos amigas que viven cerca para pedirles que tuviesen el teléfono con sonido por si las llamaba en medio de la noche. Revisé la web de la armería más cercana para hacerme con varios productos de autodefensa que todas las mujeres, por pura supervivencia, deberíamos tener, y por primera vez en años, dejé la lamparita encendida para dormir. Mi madre me llamó y le colgué el teléfono enfadadísima porque la pobre, histérica, me pidió que no volviese a salir sola a correr o a darme esos grandes paseos de varios kilómetros. Lo cierto es que en invierno ya solo practico deporte en el gimnasio y cuando camino llevo los cascos desconectados para escuchar a cualquier posible atacante. Lo normal es que cada vez que paseo, me intimiden varios conductores a bocinazo limpio que no se cortan en reducir su velocidad a mi altura y contestan con un “puta” si mi dedo corazón les señala el cielo. Tengo 32 años. El sábado salí con un par de amigas de más de 35 y regresamos al coche y a casa las tres juntitas, como la unidad de miedo que somos las mujeres. El domingo, por encima, tuve que escuchar a una persona cercana partirse de la risa llamando puta con total desfachatez a una señora que supongo, se había acostado con quién había querido y cuando le había apetecido. Lo que, básicamente, suponía llamarme puta a mí a la cara. Todavía hay hombres que no perciben el peligro de este tipo de comentarios, que carecen de cualquier inocencia, y que ponen el foco de la culpa y de la sospecha sobre las mujeres al tiempo que legitiman la violencia que sufrimos. Porque al final nos lo merecemos un poco. Por putas.

Supongo que hoy, igual que ayer, muchos seguirán pensando que ya hay que ser puta para abrir las piernas por un poco de placer. O de cariño. Puta para follar y no acordarse del tipo al día siguiente. Puta para emborracharse y contonearse con tus amigas. Puta por vestir sexy. Puta para mandarle unas fotos de tus tetas. Puta para dejarlo cuando te gusta otro. Puta por ponerle los cuernos. Puta por ignorar a ese que insiste, pero no te gusta. Puta para besarte con cuatro de tu curso en tercero de la ESO. Puta para llevar tanga al instituto. Puta para dejar que te toquen el culo o te levanten la falda en el patio del recreo aunque en realidad estás paralizada de vergüenza (sobre por qué obligamos a las niñas a llevar falda escribió muy bien Cristina Fallarás). Puta por el primer beso disfrutado y el primer orgasmo no fingido. Puta para ir corriendo sola por el campo, mientras tu novio vive en otra ciudad y cualquiera podría desear violarte y matarte. Puta, por mujer.

Veo a las niñas y a las mujeres más jóvenes crecer entre las mismas medidas de seguridad que tuvimos que tomar las que ya viajamos solas por la vida y me escuece la ira. Porque lo que me apetece decirles no es que se protejan, sino que se defiendan. Que lo que yo quiero enseñarles a mis sobrinas no es que hagan un mural muy bonito el 8 de marzo, sino que a la primera palmada en el culo, patada en los huevos, y al primer “puta”, que llegará, seguro, leña y escarnio público entre todas las niñas de clase. Que callarse la boca les da la razón y, mucho peor, les da el poder. Que en días como hoy no entiendo de mensajitos ni de cartelitos, ni de cánticos ni de hastags. Que solo quiero venganza. Y justicia. Que estamos hartas de tener miedo y que ante la duda, tú la viuda. Que la mano izquierda no funciona con los condenados por violación y crímenes machistas. Que el abusador no va a ser diferente contigo. Que la autodefensa es vida y que con los comentarios que niegan la violencia machista y piden protegerse de las mujeres, tolerancia cero. Porque mientras no les paremos los pies seguirán contaminando el discurso con denuncias imaginarias y violencia que es igual en todas las direcciones. Seguirán aceptando que deben defenderse de las que no se callan y son libres. Seguirán dudando de las mujeres que duermen solas, viven solas y corren solas. Seguirán sospechando de las que no necesitan un hombre en su vida y echan un corte de manga al payaso que las increpa por la calle. Seguirán creyendo que tienen derecho a defenderse de las putas del cole, del instituto, de la universidad, del trabajo y de la vida. Defenderse de las que se defienden, porque putas somos todas las que le plantamos cara al machismo.

Lucharemos por tu memoria, Laura.