Opinion · Otras miradas

Bebés bajo demanda: mentiras y contradicciones del negocio de los vientres de alquiler (2)

 

Bebés bajo demanda: mentiras y contradicciones del negocio de los vientres de alquiler (1)

El concepto de gestar para otros no es una novedad para las mujeres. Esta idea de la maternidad como servicio público no es solo parte de las Sagradas Escrituras o de la sociedad distópica de Margaret Atwood, creadora de la serie The Handmaid’s Tale. A lo largo de la historia, el binomio santa-puta ha funcionado a la perfección como correctivo para dejar claro cuál es el papel de la mujer en la sociedad, y estos estereotipos continúan dominando el imaginario colectivo actual. No importa cuántos esfuerzos se hagan por dejar claro que las mujeres no son seres para otros, siempre habrá alguien dispuesto a apropiarse de sus cuerpos con una excusa adaptada a los tiempos que corren.

A la situación de inseguridad jurídica que existe en nuestro país y la indefensión en la que dejan a las mujeres los contratos de gestación, se unen otra gran cantidad de implicaciones que ponen de manifiesto el verdadero alcance de la denominada gestación por sustitución. En este sentido, conviene también conocer la raíz de los sistemas de dominación que funcionan tras estas prácticas.

Los derechos de las mujeres… ya tal

Quienes llevan a cabo un contrato de gestación por sustitución lo hacen queriendo adueñarse no solo del producto final del vientre de la mujer que contratan, sino también de su vida y su cuerpo durante los meses que dura el embarazo. Con sus cláusulas abusivas pretenden divorciar a la mujer de su útero para apropiarse únicamente de la parte que les hace falta y no tener la necesidad de entrar en dilemas morales sobre los derechos que vulneran con este acto.

El Comité de Bioética de España afirma que “todos consentimos cierta instrumentalización cuando prestamos nuestros servicios a cambio de una retribución. Pero, salvo que las condiciones de ese intercambio sean abusivas, no consideramos que el prestador de servicios sea un puro instrumento en manos de quien le paga”.

Un supuesto que se da cuando se pone en marcha un contrato de gestación por sustitución, el cual reduce a la mujer a un mero instrumento, negándole la toma de decisiones sobre sí misma y sobre el futuro cuidado y educación del niño o niña que gesta. Sin duda se trata de un atentado contra su libertad, los derechos fundamentales que ostenta como ser completo y su propio cuerpo.

A los contratantes solo se les exige tener dinero

Como cuenta la comunidad online Babygest, que aprovecha nuestro marco legal contradictorio para publicitar y ofrecer facilidades a los contratantes de nuestro país, con el fin de asegurar la correcta alienación de la mujer contratada se pone en marcha una “evaluación psicológica como herramienta para prevenir posibles arrepentimientos”. La gestante, además de pasar por un minucioso periodo de selección, es puesta en manos de un equipo de psicólogos desde el primer momento con un objetivo muy claro: romper el vínculo materno filial. Algo que afirma sin tapujos la propia plataforma: “Las expectativas tienen que ser realistas y su papel debe quedarle muy claro. Ella es la que va a gestar el bebé de otra persona, por lo que no puede esperar ser la madre del bebé ni compartir la maternidad del niño”.

Ana Trejo, experta en divulgación y cultura científica y creadora de la plataforma Stop Vientres de Alquiler, se estremece ante la crudeza de este tipo de afirmaciones. “El embarazo forma parte de nuestra sexualidad y es un proceso de gran impacto y trascendencia vital para las mujeres”. Además, afirma que la finalidad de este acompañamiento psicológico es “lograr que la madre no se vincule con la criatura que lleva dentro, que viva el embarazo disociada de lo que está pasando en su cuerpo. Realmente lo que hacen es adiestrarlas para que aprendan qué sentimientos son correctos y cuáles incorrectos en el contexto del contrato de subrogación que han suscrito”.

Un acompañamiento que precisamente concluye en el momento de mayor necesidad, cuando la madre gestante ha cumplido su cometido y es abandonada a su suerte por los agentes de mercado a los que ha servido, quedando para ella las consecuencias psicológicas y físicas que tiene para el cuerpo haber gestado y parido para terceras personas.

Esta feroz cosificación de la mujer la vemos con estremecedora claridad en Gilead, el mundo distópico de Atwood que la cadena HBO ha llevado a la pantalla. En la serie las mujeres son propiedad de un Estado totalitario que las envía a una escuela para adoctrinarlas sobre su nuevo papel en la sociedad: ser violadas para engendrar niños que serán de otras personas.

Ante esta situación, nos cuenta Trejo, “la capacidad de gestar es vista por la propia mujer como una función separada de su ‘Ser’ y así puede mantener una distinción entre lo que se alquila (el útero) y el ‘Yo’. La idea de que el ‘Ser’ es completamente distinto del cuerpo es la que sustenta la idea de que es posible vender el cuerpo sin venderse a una misma”. Algo que sucede también con la prostitución. Como muy acertadamente apunta Noelia Adánez, doctora en Ciencias Políticas y Sociología y experta en género, “tanto las putas como las madres gestantes, llevan a cabo un proceso psicológico que es el de la disociación, (…) porque cuando compras sus ‘servicios’ no solo compras su cuerpo, sino una actitud que ella debe tener”.

Estas viejas formas de explotación sexual no tienen nada de innovador, por mucho que se presenten con la cara lavada y se tache de puritanos a quienes las condenan. Muy al contrario, se trata de opresiones profundamente arraigadas en la base de nuestra sociedad que continúan estando legitimadas y que ahora encuentran en el capitalismo una nueva justificación y un incentivo monetario añadido.

La diferencia sexual se usa para justificar una desigualdad estructural

La gestación por sustitución es, en sí misma, una práctica contraria a la igualdad, pues se sustenta en la desigualdad estructural que existe entre los hombres y las mujeres. La situación desde la que parte esta opresión es que la sociedad legitima sin cuestionamiento que una parte de la población tiene derechos sobre la otra. Nunca existirá igualdad si se les siguen reconociendo a los hombres derechos sobre los  cuerpos de las mujeres. La diferencia sexual ocupa una posición central en la construcción de lo social y, como afirma Carole Pateman, teórica política británica, “marca la línea divisoria entre libertad y subordinación”.

A la desigualdad estructural entre hombres y mujeres se le suma en este caso, como ha ocurrido no pocas otras veces, un componente de clase. Este factor se encuentra muy presente en la gestación por sustitución, a la que únicamente pueden acceder personas con elevados ingresos, un hecho que refuerza la lógica de consumo sobre la que se construye esta práctica. Como nos explica Adánez, los dos perfiles de consumidor de la gestación subrogada son “parejas u hombres gays con vocación de perpetuación de su carga genética” y “mujeres empoderadas a título individual” que carecen de conciencia colectiva feminista.

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”, Simone de Beauvoir

 Carole Pateman habla de cómo “la división sexual del trabajo en el capitalismo patriarcal y la feminización de la pobreza aseguran que un contrato de subrogancia pueda parecer financieramente atractivo para las mujeres de la clase trabajadora, aunque el pago sea muy bajo dado el tiempo implicado y la naturaleza del servicio”. Una vez más, el dinero se traduce en poder y los caprichos de una pequeña parte de la sociedad determinan la rentabilidad de las nuevas vías de mercantilización de la intimidad. Pero el mercado no debería poder imponer una práctica contraria a los derechos humanos y el derecho a la integridad del cuerpo no debería poder ser negociable.

En este caso, como nos recuerda Alicia Miyares, “la utilización de eufemismos contribuye, además, a que no seamos plenamente conscientes que nos referimos a una práctica que exige a una de las partes, las madres, la renuncia irrevocable a un derecho fundamental. Cuando un contrato exige la renuncia a un derecho fundamental es una coacción y si además se acompaña de expresiones como “generosidad”, “altruismo” o “ayuda” se está llevando a cabo un proceso de manipulación y chantaje emocional”.

Los atributos de bondad o amor se vinculan tradicionalmente con las madres

 Nuevamente juegan aquí su papel las tradicionales cargas sociales asociadas a las mujeres que se sitúan dentro del ya mencionado binomio santa-puta, donde la maternidad aparece asociada al altruismo y la generosidad. Esta lógica se apropia de la identidad completa de la mujer, forzándola a quedar relegada a su papel de ser para otros y a desempeñar la función de cuidados asociada a lo doméstico en la clásica dualidad público-privado. Sin embargo, este mecanismo cuenta con una extraordinaria peculiaridad. El mercado consigue fragmentar el rol de madre tradicional para llevarlo un paso más allá y seleccionar de esa identidad únicamente la parte que le interesa: la gestación.

Noelia Adánez explica: “Normalmente el trabajo reproductivo comprende los cuidados y en este caso lo que se hace es apartar los cuidados del trabajo reproductivo, con lo cual nos colocan en una situación en la que nos dicen que nuestra función social es reproducir y cuidar, pero luego a algunas las van a hacer solo reproducir, no cuidar”. Tal y como ella afirma, es el cuento de Margaret Atwood, una sociedad distópica que obliga a un determinado grupo de mujeres a sufrir violaciones ritualizadas de forma mensual, en las que parejas poderosas y acaudaladas participan activamente, y a entregar los hijos que paren para que éstas los críen como propios.

Cuestión de salud

La instrumentalización del cuerpo y la capacidad reproductiva de las mujeres que se da en beneficio de terceros obvia, además, los riesgos implicados en el proceso. La salud no es solo física o psíquica, también tiene un fuerte componente social. Reducir el proceso de gestación a un mero trámite de nueve meses de duración es una aberración.

Para el Comité de Bioética, “en la medida en que separa la gestación de la posterior crianza del niño, su valoración ética deberá partir del conocimiento acerca de la relación feto-madre que se establece durante la gestación y los efectos que la separación tras el nacimiento puede tener en cada uno de ellos”. Y ellos mismos confirman que “la evidencia demuestra que el vínculo biológico entre la gestante y el niño durante nueve meses, unido a la voluntad de asumir la maternidad que pueda surgir a lo largo del embarazo, es mucho más fuerte que la simple aportación de gametos y constituye un título tan válido (o más) para determinar la filiación”.

De hecho, en el año 2015, investigadores de la Fundación del Instituto Valenciano de Infertilidad (FIVI) ya demostraron que la gestante es capaz de modificar la genética del bebé incluso si el óvulo es de otra mujer. Una circunstancia que revela el peso que el vínculo madre-hijo tiene durante y después del embarazo, y que desmonta la creencia de que la ausencia de relación genética entre el feto y la mujer gestante conlleva que ambos no están vinculados genéticamente.

Ibone Olza, directora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, conoce muy bien estas implicaciones: “El embarazo es la mayor transformación física y biológica posible en la vida de la mujer. (…) Cada embarazo conlleva una transformación del cerebro materno, que es duradera e irreversible”. Y es que el cerebro de la mujer que gesta se modifica con el fin de facilitar el desarrollo del bebé y preparar a la madre para su llegada.

La teoría del apego, desarrollada por la psicóloga estadounidense Mary Ainsworth a partir de los trabajos del psicoanalista británico John Bowlby, sostiene que la relación materno-filial es determinante en el proceso de maduración, autoestima y desarrollo del menor. Los trabajos de esta autora sostienen que la ruptura, física o emocional, de ese vínculo puede dar lugar a desórdenes afectivos o una personalidad asocial y a una mayor propensión al desarrollo de futuros trastornos psicopatológicos. A este respecto, la doctora Miriam Al-Adib, ginecóloga y obstetra, afirma que “con base en la evidencia existente, el estrés prenatal, a través de la generación de alteraciones epigenéticas, puede ser una de las influencias más poderosas sobre la salud mental en la vida posterior del feto”.

“En los medios de comunicación se habla de subrogación como una manera de tener hijos y no una manera de perderlos”, Kajsa Ekis Ekman

La doctora Olza, especialista en psiquiatría, habla del proceso por el que pasan las madres gestantes cuando son parte de un contrato de gestación por sustitución. Ibone explica cómo las mujeres a las que se les ha negado la posibilidad de vincularse afectivamente con el bebé que gestan trasladan ese vínculo hacia los padres comitentes o intencionales. Esas mujeres “no se consideran madres de los bebés que gestan, pero quieren ser valoradas y reconocidas como colaboradoras por los futuros padres, tanto durante el embarazo como después. Muchas se sienten traicionadas si no se mantiene el vínculo tras el parto”. Tras la marcha de los padres comitentes con el bebé y el abandono del contacto frecuente y directo muchas mujeres sufren un duelo, cuenta también la especialista.

Aquí encontramos otra importante contradicción. Quienes defienden la gestación subrogada apelan a la imagen de la mujer abnegada y cariñosa para justificar la práctica, pero le niegan a la gestante la posibilidad de desarrollar un vínculo natural con el hijo que gesta. Además, el requisito de que la gestante haya sido madre anteriormente se antoja, una vez más, como un mecanismo de control y coacción de la mujer. No les interesa que la madre desarrolle un vínculo con el hijo que gesta por contrato, pero sí que lo tenga con el hijo o hijos gestados anteriormente para poder aprovecharse de ello; porque no podemos olvidar que el dinero no es la única manera de someter la voluntad.

Quienes se declaran a favor de esta práctica no solo pretenden relativizar el vínculo de la mujer gestante con el bebé y moldearlo según su conveniencia, sino también minimizar los riesgos nada desdeñables que la práctica tiene para la madre. En la gestación por sustitución, las madres se exponen a un embarazo de riesgo por el uso de reproducción asistida, a lo que se suman los riesgos particulares asociados a las exigencias del contrato que suscriben. La doctora Olza considera que “el escenario de la gestación subrogada trastoca casi todas las premisas más o menos habituales del embarazo y parto espontáneo”.

Para empezar, como nos advierten desde la plataforma Stop Vientres de Alquiler, “gestar una criatura que genéticamente no es propia supone un mayor riesgo de complicaciones graves como la preeclampsia”. La hiperestimulación hormonal y la transferencia de múltiples embriones para aumentar las tasas de éxito, ambas propias de la gestación subrogada, son prácticas con severos efectos secundarios y que ponen en riesgo la salud de la mujer. Las pruebas de amniocentesis, habituales en este tipo de embarazos para garantizar la integridad genética del feto, conllevan también una gran cantidad de riesgos para la madre. Por último, la gestación por sustitución implica un parto altamente medicalizado, que en la mayoría de los casos es inducido o por cesárea, para hacerlo coincidir con la llegada de los contratantes y evitar el riesgo de apego. Además, como ya se ha mencionado, se coarta el vínculo natural entre la madre y el bebé durante el embarazo y ambos son irrevocablemente separados tras el nacimiento, sentenciando todo tipo de relación futura.