Opinión · Otras miradas

Los muertos son las raíces de los vivos

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Sekou es un maliense alto, elegante, de mirada digna y directa, a veces desafiante. Es así como le habían enseñado a mirar a los otros en Mopti, ciudad en la confluencia de los ríos Bani y Níger. Pertenece a los fulbe, tal vez la etnia nómada más grande del mundo.

Sekou no tuvo mucha suerte, a pesar de haber alcanzado España. La policía marroquí le rompió dos vértebras, y le molió la espalda a porrazos al intentar saltar la valla fronteriza de Ceuta.  El resultado fue que con apenas 30 años, ya no puede coger peso. Sufre dolores crónicos que le han dejado medio postrado.

En nuestro país cuidaba de una gran obra de pisos. Vivía en un contenedor de transporte de mercancías. El constructor subcontrató para la vigilancia a un español, y éste subarrendó al africano el servicio. Cobraba 400€ a tiempo completo, es decir, 24/7/365.

El contenedor tenía el inconveniente de que en invierno sus paredes se helaban. Era como una pequeña nevera que trataba de calentar con un pequeño radiador.

Se lavaba en un bidón de agua fría, que también tenía la peculiaridad de congelarse en las duras noches de invierno. Cuando abrieron un nuevo módulo de la obra, pudo trasladarse con un colchón  a una pequeña habitación de un garaje.

El maliense se vestía con elegancia, sobre todo en los días de fiesta. Era habitual verle en vaqueros, con camisas de botones que le caían hasta la cintura, y unos zapatos blancos relucientes que contrastaban con el color negro de su piel.

Según las autoridades municipales, y los planes estatales de inmigración, Sekou necesita integrarse en la sociedad española. Y lo cierto es que su español es perfecto. Además es un demócrata convencido. Es un tipo simpático, afable, y nada conflictivo. Pero necesita integrarse.

Personas como Sekou son las que debemos de tolerar para que las cosas vayan bien, aunque es innecesario hacerlo con quien pretende ser como nosotros. El malí solo tiene una opción que no le asegura el éxito: una mímesis perfecta de nuestros usos y costumbres, lo cual le puede convertir en un bufón.

En realidad no hay que tolerar las diferencias de quiénes pretenden ser iguales o parecidos. Ni tan siquiera es necesario tolerar a los que son radicalmente diferentes por voluntad propia.

Es mentira que existan o hayan existido sociedades uniformes, aunque políticamente se imponga esa igualdad cultural.

En realidad, en muchos casos integración es equivalente a sumisión y servilismo.

Las estatuas también mueren es una de las obras más interesantes del cineasta Chris Marker, fallecido en el año 2012.

Es un conjunto de intuiciones y reflexiones certeras sobre África y el colonialismo. Cuando el hombre muere, se vuelve historia. Cuando las estatuas mueren, se vuelven arte”. Según Marker, esta alquimia de la muerte se denomina cultura. No es la única definición sobre cultura, término caracterizado por una multiplicidad de significados.

Es cierto que toda cultura es algo muerto, con lo cual algo inerme no puede causar ningún daño. Cualquier inmigrante que viene a Europa, termina por aniquilar algo vivo en su interior, para transformarlo en lo que se conoce como cultura. Es entonces cuando el inmigrante se ve representado en los museos o en los informativos, para su sorpresa y escarnio.

Si no es necesario integrar a nadie, tampoco es necesario soportarlo.

Sin embargo la tolerancia parece el motor que estabiliza nuestras sociedades. Y que las mantiene en un estado de paz relativa.

Señala Marker en su documental sobre África que los muertos son las raíces de los vivos. Y que las estatuas de los negros eran como raíces, que no estaban hechas para los cementerios. Son los muertos los que poseen el conocimiento. Y que el blanco proyectaba sus demonios sobre los negros como una forma de liberarse de ellos. Esa es la alquimia del poder.

No hay nada que tolerar, porque lo extraño e improbable es la uniformidad. Es del todo ridículo un imperio confesional, como lo es una estructura política uniformadora. No se puede negar un derecho así. Pero la tolerancia no es necesaria, y menos en nombre de una estructura fósil como es la cultura. Han venido aquí, tras renunciar a un modo de vida que les mantenían vivos, y lo han sustituido por otro que asimilarán sus hijos.

Solo los inmorales pueden rechazar la inmigración, esos necios que no comprenden el mundo en su plenitud. No es necesario tolerar ni cuestionar las diferencias, mientras no vayan contra la dignidad humana.