Opinión · Otras miradas

No es un compositor, no es un director, es un milagro

Ennio Morricone ha anunciado, a sus 90 años, que deja de componer bandas sonoras. No de dirigir, ojo. El maestro aún tiene fuerzas para una gran gira europea de despedida que le mantendrá ocupado por lo menos hasta junio. Berlín, Budapest, Praga… Hace unas semanas le vi con Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso) en una entrevista homenaje que le dedicó la RAI y me asombró la energía que todavía conserva, ¡el muy nonagenario! La misma que Mickey Mouse: los dos vinieron al mundo en noviembre de 1928.

Es tal el placer y la emoción que me han proporcionado desde que era pequeño sus exquisitas y originalísimas composiciones que ¿qué menos que dedicarle unas líneas en este espacio que me deja Público?

Morricone no es un compositor. Al igual que Nino Rota, Morricone es un milagro. A los 40 años había ganado ya tanto dinero con su música que pensó en retirarse. Lo dejó para cuando cumpliera 50, luego lo postergó para los 60 y así ha llegado hasta los 90. Aunque cuando lo contrató Sergio Leone ya tenía mucha y bien ganada fama como arreglista (Sapore di sale, de Gino Paoli, no sería lo mismo sin su rompedora orquestación), fueron las bandas sonoras las que lo lanzaron al estrellato. Sergio Leone, trasteverino como él, había sido compañero suyo de colegio en Roma, luego se perdieron de vista y se volvieron a encontrar años más tarde, cuando los productores de Por un puñado de dólares pensaron que Morricone era el hombre idóneo para componer la música de la película que iba a inaugurar la llamada Trilogía del Dólar. Leone no se fiaba y decidió echarle un ojo a un par de wésterns que su antiguo compañero ya había musicado. Aborreció tanto las pelis como las bandas sonoras. Pero cuando su amigo Ennio le hizo escuchar la canción Pastures of Plenty, de la que había hecho los arreglos, Leone le dijo: “¡Quiero esos sonidos para mi película!” En el tema cantado por Peter Tevis ya estaba Tutto Morricone: la guitarra española imitando el galope del caballo, la fusta marcando el compás, el flautín haciendo el contrapunto a la voz, las tubular bells (¡diez años antes que Mike Olfield!) aportando épica solemnidad al tema y por supuesto, los rítmicos y viriles coros de cowboys escandiendo una y otra vez las tres sílabas de In the wind!

No fue la única vez que Morricone se encontró con cineastas recelosos de su talento. David Puttnam, productor de La Misión, estaba obsesionado con que Leonard Bernstein se encargara de la banda sonora de la película y, contra el criterio de Roland Joffé, no quería al italiano ni en pintura. Estuvo a punto de salirse con la suya, porque cuando Ennio vio la peli ya montada en Londres, le pareció perfecta tal como estaba, sin música de ningún tipo. “Todo lo que yo puedo aportar no haría sino estropear la cinta”dijo al salir de la proyección. Pero los que sí creían en su talento insistieron tanto que Morricone acabó aceptando el trabajo. El italiano llevaba tiempo sin componer para los americanos (“Me pagaban como al más torpe de los compositores de Hollywood y no podía consentir semejante ninguneo”), pero gracias a esta obra maestra de los británicos, el maltratado Ennio pasó a convertirse en una estrella también en Estados Unidos y su caché ascendió a los cielos.

A pesar de ello, aún tuvo que sufrir una última humillación por parte de los gringos. La Misión, que tiene una de las 25 mejores bandas sonoras de la historia del cine, perdió en los Oscar frente a Round Midnight, que tiene buena música, pero toda de refritos.

Dos años después, también estuvimos a punto de quedarnos sin otra de sus grandes obras maestras. Giuseppe Tornatore, con el que acaba de escribir un libro y grabado un documental, le llamó para Cinema Paradiso, pero Morricone ya se había comprometido con Luis Puenzo y su Gringo Viejo. A pesar del no inicial, Tornatore porfió y le envió el guión. Cuando Ennio leyó la escena final, la de los besos censurados, se emocionó tanto que llamó a Puenzo y le dijo que tenía que desdecirse de la palabra dada. Tenía otro proyecto al que no podía renunciar.

Jane Fonda, a la que le hacía especial ilusión que Morricone se encargara de la música, lo llamó para echarle la bronca. Pero no había nada que hacer, porque después de que Morricone terminó de leer el guión de Cinema Paradiso sabía que en Beppuccio había encontrado al amor cinematográfico de su vida.

Desde entonces han hecho juntos más de una decena de películas.

Y lo que te rondaré, moreno.