Opinion · Otras miradas

Personas no-blancas transitando en la ciudad. El espacio que se niega, la violencia que se recibe

Georgina Marcelino

Publicista y Artista Visual. Especialista en Comunicación cultural y nuevos medios. Activista antirracista. Parte del equipo psicosocial de SOS Racismo Madrid. Colaboradora de comunicación de la revista ‘Afroféminas’

Ella marcó el inicio. Cansada de la jornada laboral, cansada también de una segregación injusta. Rosa Parks (en 1955) no cedió su asiento. Se negó a ocupar el espacio que “como negra” le correspondía, al fondo y en la invisibilidad; donde Rosa con su presencia no importunara el viaje de quienes sí contaban con el derecho legítimo a utilizar ese autobús: las personas blancas.

Rosa no se levanta. Está cansada, se niega a ocupar el espacio de ciudadana de segunda clase. De esto ya hace más de 60 años. Era una época dura para ser una mujer negra pretendiendo usar un autobús como una ciudadana más, y empieza a parecer que ahora, en pleno inicio de 2019, también.

Rosa Parks, en el autobús de Montgomery, Alabama desde el que empezó su protesta contra la segregación
Rosa Parks, en el autobús de Montgomery, Alabama desde el que empezó su protesta contra la segregación

Hace una semana pasaba algo, no en Estados Unidos, no en alguna ciudad imaginaria de película. Pasaba aquí, en España: una mujer negra acompañada de su hijo pequeño, reclama su derecho legítimo a utilizar un billete de autobús que ya había comprado, pero, el autobús se completa y no puede acceder… ¿sobreventa de billetes?, ¿fallos del del sistema?, eso no está claro, lo que sí está claro es qué al intentar reclamar sus derechos como usuaria, esta mujer recibe una respuesta completamente acriminada.

Brutalidad policial excesiva, nulidad sobre un reclamo coherente, y lo peor, ejercicio de violencia física sobre su cuerpo. La han apartado violentamente de su hijo de cuatro años. Esta escena, tal cual, es casi imposible de visualizar en el cuerpo de una mujer blanca. – Yo misma lo intenté, te lo aseguro- de haber sido blanca no pasaría, y si, aun así, pasara no habría dudas de que se trata de un abuso de autoridad y una escena claramente violenta. Pero, es negra.

Frente a todos los casos denunciados recientemente se han debatido muchas explicaciones para intentar justificar el abuso, el maltrato y la sobrerreacción de las autoridades ejercidos sobre cuerpos como el de ella. Violencia excesiva que recae sobre personas que lo único que pretenden es no dejarse aplastar, no ceder sus derechos, negarse a recibir un trato criminalizador y desmedido. Como Rosa.

Como el joven negro agredido por agentes de seguridad de Renfe, única persona en todo el vagón a la que decidieron hacer un “control” de billetes, quien negándose – haciendo valer sus derechos – solo recibió más violencia, verbal y física.

El autobús, los trenes de Renfe, el Metro de Madrid, las propias aceras, son todos espacios que a día de hoy se nos niegan de una u otra manera.

Estas detenciones, estas intervenciones policiales, se sostienen sobre la misma base que las denominadas paradas racistas: asumir por definición que una persona está haciendo algo malo, que se encuentra en una posición ilegal o que está faltando a los reglamentos, solo por el tono de su piel.

En otro caso denunciado a través del portal Es Racismo por la propietaria de una disco frecuentada por personas migrantes en Zaragoza, fue también irrelevante que la propietaria tuviese sus papeles en regla. Se asume natural que estos cuerpos estas personas merezcan ser desalojados de forma violenta, ser expulsados del espacio a la fuerza.

No hablamos de criminalidad, hablamos de criminalización. En todos los casos ocurridos recientemente las personas tenían su billete, documentación o permisos al día. Nada de esto justifica la acción policial violenta, pero es llamativo que tampoco les libere de recibirla. Toda reacción policial por brutal y exagerada que pueda ser, parece estar justificada ante la mirada popular cuando se trata de estos cuerpos en concreto.

Las personas negras, y especialmente en España otras personas racializadas como moras-musulmanas, gitanas, latinoamericanas o asiáticas, somos sensibles según el contexto a caer bajo el ojo acusador de quien asume que hay algo incorrecto en el simple hecho de pretender ocupar un espacio legitimo en la ciudad.

El espacio público, el transporte público; recursos que son y deberían ser para todos se han convertido en un terreno hostil para las personas que no socializamos como blancas, que no “parecemos españolas” según el ojo popular. No es nuestro espacio, no es nuestro asiento, no es siquiera nuestro billete o nuestro abono. Somos sospechosos habituales del que todavía a día de hoy parece ser el mayor delito: nuestra apariencia.