Opinion · Otras miradas

Me llamo Ana y sufro desigualdad

Lara Contreras

Responsable de Contenidos e Incidencia de Oxfam Intermón

Ana perdió un trabajo bien remunerado y se vio obligada a vivir del trabajo doméstico. Es una de las perdedoras de esta crisis de desigualdad que sufre nuestro país y que se ha cronificado durante el crecimiento económico.

En España la pobreza aumentó 4 veces más durante la crisis de lo que se ha reducido desde la recuperación. Los extremos son más pegajosos y quienes son ricos y pobres se perpetúan en el tiempo siendo la clase media baja la que se adelgaza hasta caer en la pobreza. Este es el caso de Ana, con una vida resuelta y que de pronto se convierte en una vida precaria, fuera de la clase media. Para Ana no hay recuperación económica. Como tampoco para una de cada seis familias de clase media que cayó en la pobreza durante la crisis.

Han pasado cinco años desde que empezamos a salir de la crisis y Ana sigue sin remontar, como muchas otras mujeres de nuestro país. Vive con la incertidumbre de saber si a final de mes tendrá suficiente dinero para pagar las facturas o si seguirá trabajando el mismo número de horas, el mismo número de casas. No sabe si mañana tendrá trabajo. En España 1 de cada 5 mujeres (vs. 1 de cada 10 hombres) tuvo una baja remuneración y el 70,8% de las personas con un contrato parcial no deseado son mujeres.

La inmovilidad social hace que miles de personas como Ana no puedan salir de la pobreza. Imposible mejorar cuando las políticas de protección social en España son muy poco redistributivas, dependiendo más de la vida de laboral de las personas. Si el foco de estas políticas se mantiene en las pensiones y en la prestación por desempleo, indudablemente las desigualdades del mercado laboral se repetirán, castigando de manera desproporcionada a las mujeres.

La precariedad laboral femenina se traduce, por tanto, en que los hombres cobran en pensiones un 41,37% más que las mujeres. Por el contrario, la mayoría de las pensiones no contributivas, escasamente dotadas con 380,10 euros al mes, van a manos de mujeres. Nada menos que el 76,85 % en 2017. Este es el futuro que le espera a Ana, cobrar una menor pensión y, en su caso, no tener derecho al desempleo por el trabajo que realiza y no cotiza.

Pero, además, en una sociedad tan desigual como la española, la pobreza y la riqueza se heredan. Y los niños y niñas de familias vulnerables tendrán muchas menos oportunidades de disfrutar de sus derechos que aquellos nacidos en familias ricas.

 Si no se reducen los actuales niveles de inequidad, la OCDE estima que en España se necesitarán 120 años (cuatro generaciones) para que una familia del 10% más pobre alcance los ingresos medios. Si se nace en una familia de ingresos altos se ganará un 40% más que si se crece en un hogar con ingresos bajos. Además, el sistema educativo es ahora más inequitativo que antes de la crisis. De todas las personas que abandonan prematuramente sus estudios, 1 de cada 2 pertenece al 20% de hogares con menos ingresos. Ana tiene dos hijos, y aunque no desiste para que estudien y tengan mejores oportunidades y un futuro mejor que el suyo, el sistema no lo pone fácil.  

Derechos y oportunidades se convierten en un privilegio. La esperanza de vida, nuestra participación en la vida pública, el acceso a la educación o a la salud, o simplemente concebir la vida felizmente entran en crisis. Ana nos lo dice muy claro: no siente que sea feliz, no puede dedicar suficiente tiempo a su familia y le da vergüenza quedar con amigos. Una mujer pobre tiene nueve veces más posibilidades de sufrir una depresión que un hombre rico.

Esto no sólo sucede en España, la crisis de la desigualdad es dura con las mujeres en todo el mundo. La fortuna de los milmillonarios (9 de cada 10 son hombres) se incrementó un 12% el año pasado (2.500 millones de dólares diarios) mientras los 3.800 millones de personas que constituyen la mitad más pobre de la humanidad vieron reducirse su riqueza en un 11%. Los hombres ganan un 23% más que las mujeres y poseen un 50% más de la riqueza mundial.

Detrás de todo esto, mujeres que cargan sobre sus espaldas el trabajo de cuidados no remunerado. Si una única empresa se encargase de realizar el trabajo de cuidados no remunerado que llevan a cabo las mujeres de todo el mundo, su facturación anual ascendería a 10 billones de dólares, 43 veces más que la de Apple, la mayor empresa del mundo.

Responsabilizamos a los gobiernos, que tienen en sus manos mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos, pero que al contrario están reduciendo la contribución a través de impuestos de los más ricos a la vez que precarizan el empleo y reducen la inversión en políticas públicas que rescatan a los más vulnerables especialmente a las mujeres.

La reducción de la desigualdad y la pobreza debe ser un compromiso claro concentrándose en tres medidas: la reducción de la precariedad laboral, la inversión en protección social y el restablecimiento de unos ingresos dignos para todos y una recaudación fiscal de los que más tienen. Si se recaudara el 0,5% de la riqueza de los más ricos, se podría escolarizar a los 262 millones de niñas y niños que no van al colegio y se salvarían 3,3 millones de vidas.

Por todo esto, buscamos que Ana esté en el centro de los programas electorales de todos los partidos políticos. Es una obligación.