Otras miradas

¿Y si el independentismo catalán se sumara a la via soberanista vasca?

Las espadas siguen en alto, mientras un desacreditado Tribunal Supremo  prepara desde su condición de juez y parte un durísimo escarmiento punitivo del Estado a la legítima aspiración política independentista de nueve encausados catalanes por un delito de rebelión que nunca existió. Pese a lo cual el conflicto planteado por la voluntad del 48% de la ciudadanía catalana de independizarse de ese Estado español que niega su soberanía se encuentra varado en un punto muerto. Condenar a dos líderes sociales y siete representantes políticos electos a penas de prisión muy superiores a delitos como los de violación, o incluso asesinato, acrecentará la crispación y aumentará sin duda las ganas de salirse de ese Estado represor. Pero tampoco cambiará la situación de fondo, a saber: que, por una parte, el Estado español ha fracasado rotundamente en Catalunya al haber perdido toda legitimación entre, como mínimo, la mitad de su ciudadanía; mientras que, por la otra parte, el atolondrado procés emprendido por los partidos independentistas catalanes para proclamar unilateralmente la independencia, con la infundada esperanza que sería reconocida por otros Estados de la Unión Europea y el mundo, también ha fracasado hasta ahora.

La proclamación unilateral de una República Catalana que tuvo lugar en sede parlamentaria el 27 de octubre de 2017 hizo evidente que sólo hay una manera de lograr ser un nuevo Estado independiente en un mundo donde no existe ningún orden internacional verdaderamente democrático, y tan sólo impera la cruda razón de Estado: que te reconozcan los demás Estados ya constituidos. Pero resulta que esos Estados no tienen el menor interés en reconocer a otro Estado independiente si eso significa enemistarse con el Estado español. De donde se deduce que sólo van a reconocer su independencia si previamente una amplia mayoría del pueblo de Catalunya ha logrado alcanzar un acuerdo de divorcio más o menos amistoso con España (al estilo, por ejemplo, del que se produjo entre Suecia y Noruega, o entre la República Checa y la Eslovaca). De ahí deriva una parte del bloqueo en el que se encuentra el conflicto. La otra parte es la negativa del Estado español a negociar la realización de un referéndum acordado, y con todas las garantías, como los que se han llevado a cabo en Escocia o en Quebec. Lo que también conlleva su absoluta incapacidad de recuperar la legitimación que ha perdido en Catalunya, y que se agrandará aún más si persiste en su antidemocrático tesón represor.

Ante un conflicto enquistado, que deviene irresoluble mientras se mantenga en los mismos términos, resulta imprescindible buscar una salida política transitable. A eso queremos contribuir desde la filosofía política noviolenta, y una doble perspectiva vasco-catalana, las tres personas que hemos publicado recientemente el libro Nacionalista lo eres tu: una propuesta federal-confederal republicana para superar la crisis del régimen político español del 78 (Barcelona, Icaria, 2018). Lo primero que la filosofía política de la noviolencia reconoce ante un conflicto como éste son las grandes diferencias que separan a ambos bandos. En uno se encuentran movimientos ciudadanos y representantes políticos electos que reclaman el derecho a optar por la independencia del pueblo catalán con métodos y planteamientos no violentos (lo que ya excluye de entrada el supuesto delito de rebelión). En el otro se encuentra un Estado que niega su derecho a decidir tal cosa, dispone de amplias fuerzas militares y policiales que son las únicas que hasta la fecha han ejercido actos de violencia contra personas, y se ha colocado en la actitud propia de un maltratador, pues el único mensaje que envía a quienes quieren salirse de España puede resumirse así: «no vas a ir a ninguna parte porque eres mía».

Hay, pues, una parte claramente reprimida y otra represora en un conflicto con un hondo calado democrático, que sólo puede encontrar solución desde el reconocimiento de esa soberanía que el actual régimen político español niega al pueblo catalán, como lo niega al pueblo vasco y a todas las demás naciones y pueblos que convivimos bajo ese mismo Estado. Que tal cosa ocurra de forma noviolenta, es decir sin destruir al adversario –ni tampoco simplemente huyendo de él— sino transformando nuestras relaciones hasta conseguir el pleno reconocimiento de las soberanías negadas, exige una larga y dura tarea que consiga aislar a los autoritarios y represores aunando el máximo de fuerzas internas y externas que estén a favor de una salida democratizadora. Parece evidente que eso exige cambiar el actual régimen político del 78, cuya Constitución niega el principio de cosoberanía que reconocen todos los Estados federales del mundo a sus partes constituyentes, sean éstas o no diferentes naciones.

Las dificultades de la otra parte, el independentismo catalán, derivan de la desfavorable correlación de fuerzas en la que se encuentra, y tienen mucho que ver con otra importante enseñanza de la filosofía política noviolenta: el fin lo determina el camino que emprendes, no la retórica que empleas. Si eliges un camino equivocado nunca llegarás al lugar que pretendes. Las fuerzas políticas independentistas del procés decidieron proclamar unilateralmente la República Catalana a dieciocho meses vista, sin reparar que ni tenían una mayoría social en el propio pueblo catalán para legitimar tal cosa, ni contaban con apoyos suficientes dentro y fuera del Estado español. Al elegir ese camino, cortaron toda relación con las gentes y las fuerzas políticas catalanas, vascas y del conjunto del Estado que no son independentistas pero si soberanistas, porque defienden sin vacilación el derecho a decidir del pueblo catalán, y de todas las demás naciones y pueblos de España. Les  ningunearon y despreciaron por ser, supuestamente, ambiguos e indefinidos, sin tener para nada en cuenta que la opción independentista nunca ha superado al 48% de los votantes catalanes, mientras que la opción soberanista cuenta en Catalunya con una amplia mayoría cualificada que se mueve en las encuestas entre los dos tercios y las tres cuartas partes de la población adulta.

La gran diferencia entre el apoyo popular a la independencia, o a la reclamación de su soberanía como pueblo catalán, tiene mucho que ver con otro dato que los independentistas del procés han obviado: que el de Catalunya es un pueblo mestizo, variopinto, donde conviven diversos orígenes, sentimientos de pertenencia e identidades colectivas. Una parte considerable de ese pueblo también se ha sentido ninguneado y carente de reconocimiento por aquella proclamación unilateral de independencia. Optar por el «nosaltres sols» no solo les ha menguado apoyo popular, ha cercenado también el carácter popular de su proyecto independentista al reducir a una única dimensión la soberanía reclamada, la nacional, dejando para el día de nunca jamás el ejercicio real de todas las otras soberanías que afectan a la vida cotidiana de las clases populares: la soberanía alimentaria, energética, laboral, residencial, hídrica, territorial, reproductiva, financiera, cultural… Los movimientos sociales y las mujeres de Euskadi conocen muy bien lo que significa esa exigencia obsesiva de un cierto tipo de independentismo que siempre quiere colocar en primer plano la resolución del problema nacional dejando de lado todo lo demás. Quienes nos hemos negado a esa imposición unidimensional hemos sido tildadas, aquí y en muchas otras partes del mundo, de gentes traidoras. Y siempre, las primeras y las que más, las mujeres libres que ese tipo de fuerzas independentistas desprecian como traidoras. Hasta que se convierten, como muchas mujeres vascas y en tantos lugares del mundo, en constructoras de procesos de paz.

Todo eso ha cercenado también el debate democrático sobre las diversas vías posibles para obtener la soberanía nacional que reclama cerca del 80% de la población catalana. Porque no es verdad que ese reconocimiento se pueda obtener sólo con la independencia. Existen también otras soluciones de carácter federal o confederal. Uno de los efectos colaterales de la cerrazón autoritaria de los defensores del régimen político español del 78, y de la escasa amplitud de miras del procés, es el descrédito del federalismo que hoy existe en Catalunya al identificarse con una mera variante más del actual Estado autonómico. Nada más falso. La característica básica de todos los estados federales es la cosoberanía. Para poder ejercerla en igualdad de condiciones con los otros Estados con los que se comparte una constitución federal, cada Estado federado debe tener reconocida su plena soberanía. Eso significa disponer de todos los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales. Por eso cada uno de los Estados de un Estado federal tiene su propia Constitución, y puede abrir sus propios procesos constituyentes o de reforma constitucional cuando lo considere oportuno.

La única salida viable al conflicto es el pleno reconocimiento democrático de las soberanías nacionales negadas por la actual Constitución del 78. Lo cual no significa que las opciones a dirimir en un futuro referéndum deban ser tan sólo la independencia o el mantenimiento del statu quo. Una salida federal, con ciertos aspectos de confederalidad o bilateralidad –como los que ya existen, por cierto, en el régimen foral de Navarra—, también daría pleno reconocimiento a la legítima reclamación de soberanía de Catalunya, y podría aunar a su favor fuerzas mucho más amplias que la independencia tanto dentro de Catalunya como en las demás naciones y pueblos de España. Para una estrategia política noviolenta ese es un aspecto clave para lograr aislar al adversario e inducirle a reconsiderar y cambiar su posición.

Optar por una vía soberanista, de amplio espectro y largo recorrido, que busca iniciar otro camino hacia una primera estación de signo federal-confederal, es lo que ya han hecho las fuerzas nacionalistas e independentistas vascas. ¿No sería conveniente que el independentismo catalán saliera de la desorientación en la que está sumido desde el fracaso del procés, planteándose seriamente la posibilidad de sumarse a esa estrategia noviolenta que permitiría inter-nacionalizar el conflicto dentro del propio Estado español, reunir fuerzas suficientes para hacer frente a la reacción autoritaria y recentralizadora, y lograr finalmente tumbar el régimen político del 78 que nos atenaza a todas y todos? No les pedimos que renuncien a la independencia como objetivo. Les pedimos que emprendan otra estrategia donde el logro de una República Federal Española, con ciertos elementos de bilateralidad o confederalidad para las naciones que así lo reclamen, pueda constituir para ellos una estación intermedia que abriría la puerta a la celebración de un referéndum con todas las garantías.

Si eso les parece rebajar planteamientos, les sugerimos que lo consideren de la siguiente forma: ¿Qué escenario causaría mayor aislamiento y preocupación a la triple alianza defensora de esa España Una, Grande y Libre que ya ha hecho saltar por los aires las frágiles componendas de la transición?  ¿La situación actual, o una confluencia soberanista vasco-catalana de orientación federal-confederal, a la que se podrían sumar el País Valenciano, las Baleares, quizá Galicia e incluso otras comunidades del Estado? ¿Qué escenario obligaría más al PSOE a elegir de una vez entre adoptar de verdad un federalismo que reconozca todas las cosoberanías, o quedarse solo en la defensa de un statu quo en plena deslegitimación? Nos jugamos mucho, todas y todos, en ese envite como para no sentarnos a hablar de una estrategia en común.