Otras miradas

La isla sin tesoro de Fernando Savater

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, periodista y escritor, autor de la novela ‘Sal en los zapatos’ (Editorial Verbigracia)

Hay un par de cosas que me unen íntimamente a Fernando Savater: una es la opresión que ambos hemos sufrido de ETA: la suya en mayor medida (lo mío fue una agresión brutal y el transcurrir diario del trato con ellos dentro de la prisión), y por lo tanto, su coraje demostrado a lo largo de los años es cívicamente de alabar. La otra es su fascinación con un libro capital, La Isla del Tesoro: lo leímos ambos con la misma edad, siete años, y tal y como él confiesa, esa aventura de Jim Hawkins y el pirata Long John Silver, una historia mítica de codicia, crímenes y, sobre todo, capacidad de perdonar, siempre me acompañará en el corazón.

Fotograma de la película 'La isla del tesoro' (1934) dirigida por Víctor Fleming
Fotograma de la película 'La isla del tesoro' (1934) dirigida por Víctor Fleming

Sin embargo creo que ambos hemos afrontado esos dos hechos vitales de forma muy diferente.

Es importante que recuerde que con cada uno de sus atentados, ETA no solo destruía vidas o mutilaba cuerpos, sino que la onda expansiva de sus crímenes provocaba heridas de otra naturaleza y de una perversidad no menor: envenenaba de miedo y enconamiento a toda una sociedad, la vasca, y nos enfermaba hasta las cejas al resto de españoles (ah, mi querido vecino de Chueca, Javier Gurruchaga, ejemplo también de coraje: fue uno de los primeros en abrir la boca, valiente de verdad).

La onda expansiva de los atentados nos provocaba a todos una avería en mayor o menor grado: un ser intolerante sacudía sus fauces de lobo en el corazón de cada uno de nosotros.

Savater, al que yo admiraba por su diletantismo, por sus escritos sobre hípica (ah, qué descripción de los purasangres, seres casi míticos en su pluma) o sobre cine de aventuras (¡King Kong!), por su difusión de Nietzsche y los hermosos libros dedicados a su hijo Amador, de pronto dio un paso adelante y con derroche de agallas se puso a denunciar el aire irrespirable de una sociedad torcida, la vasca, cómplice hasta el vómito de todo aquel lío sanguinario.

Me emocioné mucho entonces al oírle romper el silencio, como me sucediera con mi vecino Gurruchaga, al que sigo admirando: yo no me olvido.

Pero con el paso del tiempo todo empeoró. Cuantas más posibilidades de paz se vislumbraban, más se radicalizaban algunas cabezas, como la de Savater, en la que algo comenzó a chirriar escandalosamente. Parecía que, en lugar de sentir el filósofo una alegría incipiente y natural por una paz posible, por una sociedad sin violencia, algo se le rebelaba por dentro hasta amargarle el verbo: y cuanto más se pringaba en política, peor.

Pienso que su deriva intelectual fue infectada por el virus de odio propagado sin medida en aquellos años, y que su cabeza desde entonces ya solo es capaz de generar una verborrea cansina, anacrónica e intolerante hacia los que no piensan como él.

No sé lo rentable que le resultará, pero yo lo tengo ya por un (buen) creador perdido: otra víctima más a cuenta de esta historia larga y triste de violencia que fue el terrorismo vasco: así lo veo yo.

En mi caso, he tenido que aprender a convivir desde hace años con etarras a mi cargo. Siempre hay un par de ellos dando vueltas por allí: los cambian de módulo, se los llevan, los vuelven a traer. De alguna manera, y después de alguna secuela psicológica, he aceptado su presencia dentro del patio.

Un etarra, con más de mil años de condena, al que llamaré Julen, se enfrentó a un gallego armado con una sierra del taller: le acorraló (a él y a otros diez) en un rincón del taller de manualidades.

Me dieron el recado: al llegar vi al gallego con los ojos fuera de sí, maldiciendo a una tal Marisa que allí no estaba: sesentón, y muy inestable psíquicamente, durante años se dedicó a ir por las ferias con una atracción de coches de choque. Hizo su dinero aunque, según él, su mujer se lo quitaba todo; así que la tiró de un camión en marcha.

"Dame la sierra…" le dijo Julen, y con una chocante dulzura se la recogió de la mano.

Otro etarra, con casi el mismo récord de sangre y atrocidades que el anterior, al que llamaré Asier, me hizo la competencia recitando poesía a internos sin formación literaria. Se tomaba su tiempo y cosechaba sus éxitos dentro del aula de lectura. En su caso tiraba de Rimbaud… ya me hubiera causado sorpresa que les cantase a los campos de Castilla de la mano de Machado.

A los etarras los he tratado como a todos los internos, aunque a diferencia del resto, nunca los soporto bien, a pesar de su comportamiento que casi siempre es correcto y, en algunos casos, excelente.

He aprendido a conducirme con ellos abusando de una prudente distancia profesional, si bien mi repugnancia por sus crímenes me resulta insuperable. Pronto, espero, se los llevarán a todos al País Vasco, o eso ha prometido Marlaska: a ver si es verdad.

Lo que más me estremece de La Isla del Tesoro es lo que yo entiendo como su clímax espiritual: recordaréis la secuencia última en la película de Víctor Fleming, mucho más explícita que la de la novela: el intrépido Jim, para librar de la horca a Long John Silver, (el bucanero que le engañó, le secuestró y se llenó las manos con la sangre de sus amigos) le facilita la huida abriéndole la jaula, dándole un saco de oro y llevándole hasta un bote.

En la novela, es el loco Ben Gunn el que le facilita la barca, pero de la lectura se deduce sin lugar a dudas de que Jim se alegra de su fuga y le desea en el fondo de su corazón que encuentre "a su (mujer) negra y viva cómodamente" con el saco de oro que les ha birlado: barato les cuesta librarse de semejante rufián, exclaman todos alegres a bordo de La Española.

Es una lección moral grande dentro de un libro portentoso. No puede haber mayor superioridad moral que la de Jim sobre cualquier bucanero: es un chico listo porque ante todo es alegre y generoso: no se va a pasar la vida odiando al pérfido pirata: si le ha vencido finalmente consiguiendo el gran tesoro, ¿con qué objeto ha de seguir albergando odio después hacia quien fracasó al disputárselo?

Se emociona en sus entrevistas Savater con Jim Hawkins porque es un personaje rico de matices, corajudo y a la vez misericordioso, capaz de empatizar y perdonar a un monstruo de perfidia como es Long John Silver; pero a día de hoy no parece haber seguido la lección de Stevenson: sigue enfermo de aversión hacia todos los piratas que, él entiende, le amargaron la vida durante años.

¿No es acaso una lástima? ¿No es una muestra evidente de debilidad intelectual? ¿Acaso los piratas de la ETA no han fracasado? ¿Es consciente Savater de que evidencia con escándalo el daño irreparable que se le ha inferido? ¿Por qué razón si no es el aborrecimiento patológico, o un insuperable y loco rencor, denigra hoy a cinco millones de votantes de Podemos? ¿Por qué oscuro motivo alimenta con su amparo la tenia inacabable de Vox?

¿Dónde está pues tu tesoro, Fernando? ¿No es hora ya de que te calmes y disfrutes de ese hermoso botín, la paz en tu tierra, el País Vasco, conseguido tras esa penosa travesía en la que a todos nos enrolaron a bordo de La Española, esa fina goleta de tres palos que tanto te enamora en la novela de Stevenson?