Opinión · Otras miradas

El extraño día en el que la oposición salió en auxilio del Gobierno

César Calderón

Consultor político y director general de Redlines

Se atribuye a Napoleón Bonaparte una frase que hoy nos viene pintiparada para tratar de explicar el cúmulo de despropósitos políticos a los que estamos asistiendo en las últimas semanas: “Si el enemigo se equivoca, no lo distraigas”.

Porque eso y no otra cosa  ha significado la manifestación de este domingo, una sorprendente, balsámica  y muy meritoria distracción de la oposición en auxilio de un gobierno asediado, un gobierno que él solito y sin más ayuda que sus políticas erráticas, sus explicaciones extraterrestres  y unos prodigiosos cambios de opinión que habrían mareado al más curtido lobo de mar, había logrado colocarse a si mismo contra las cuerdas infligiéndose autogolpe tras autogolpe en su ya maltratada anatomía en tiempo record.

Recapitulemos, hace 48 horas teníamos a un gobierno enfangado hasta las rodillas en el relatorgate, probablemente la propuesta política más estúpida y auto-desestabilizadora desde que Nerón nombró a Tigelino como prefecto de pretorio,  o desde que Isabelita Martínez de Perón nombró ministro a López Rega.

Teníamos un gobierno traicionado por sus socios independentistas catalanes tras presentar estos dos enmiendas a la totalidad a los presupuestos generales, es decir, un gobierno sin presupuestos viables y por tanto en proceso de voladura incontrolada.

Y finalmente, teníamos a un gobierno a galletazos internos tras las siempre sorprendentes declaraciones de su vicepresidenta, sobre todo para sus propios compañeros de gabinete y de partido.

Hoy,  tras una manifestación tan corta en asistentes como  larga en insultos y exabruptos en su convocatoria, nos encontramos con que la situación ha dado un nuevo giro dramático que ha trastocado todo el dibujo previo, con nuevos damnificados y sorprendentes ganadores.

Y el principal damnificado  no es sorprendentemente Pedro Sánchez, sino un Albert Rivera obligado por un cálculo electoral simplista y erróneo a compartir bandera, “manifa” y fotografía con gente tan poco recomendable para sus intereses electorales  como son  los dirigentes de Vox.  Una fotografía que no va a sentar nada bien a sus posibles votantes de centro y que cuidado no acabe costándole a Begoña Villacís una alcaldía de Madrid que ya parecía acariciar con los dedos.

Tampoco le ha ido bien a Pablo Casado, a los mandos de un renovado Partido Popular que ha demostrado tener menos músculo movilizador que los obispos que llenaron esa misma plaza contra ZP a comienzo de siglo, quintuplicando el discreto número de asistentes de hoy.

El gran ganador del envite no es otro que Santiago Abascal y sus huestes de Vox, aupadas por las urgencias de Populares y Ciudadanos a compartir protagonismo en una movilización sin siquiera tener representación parlamentaria, todo un arranque de generosidad que sin duda Vox podrá devolver en unos cuantos gobiernos autonómicos y municipales tras las elecciones de Mayo.

¿Y como ha quedado el gobierno después de esto? Se preguntarán ustedes.

Pues miren, mejor de lo que esperaban los más optimistas, pero tampoco para tirar cohetes. Las movilizaciones tienen la gran virtualidad de que cambian el terreno de juego, y en el que podemos atisbar tras el pinchazo de la convocatoria ya no aparecen relatores, vicepresidentas explicando cosas o traiciones indepes, sino un escenario en el que incluso podemos encontrarnos con un nuevo intento de salvar los presupuestos generales.

El único problema para el inquilino de La Moncloa, se haya dado cuenta o no, es que para cerrar el círculo necesitaban más crispación, más bilis, más insultos, más encanallamiento….al estilo de los que se dedicaron en convocatorias previas a Zapatero y que tanto sirvieron al ex-presidente para ganar sus segundas elecciones.

Y aún estamos a cuatro meses de las elecciones, esto promete.