Otras miradas

Propagandistas sin espinazo

Gideon Levy

GIDEON LEVY

Ocurrió hace mucho tiempo: yo quería ser aceptado en el curso de cadetes del Ministerio de Exteriores. Israel era entonces un país diferente, mis opiniones sobre el Estado no eran las mismas que las de hoy, y los enviados de Israel en el exterior eran, ciertamente, embajadores. Mucho champán ha fluido desde entonces; y, por fortuna, no fui admitido en aquel curso. Por supuesto, sería imposible para mí explicar las políticas actuales del país. Algo tardíamente, Ilan Baruch, un veterano diplomático israelí, también reconoció su ineptitud para representar o explicar esas políticas. La semana pasada entregó su carta de dimisión, un documento impresionante que debería ser estudiado en el próximo curso de cadetes.
Su visión puede ser deficiente. Baruch fue herido en un ojo durante la guerra de Yom Kipur, pero él se las ha arreglado para ver algo que aún permanece opaco para sus colegas: la "dinámica maligna" de Israel, como él la describió. Como resultado de esta dinámica, reunió el coraje para dimitir, una decisión que debería ser elogiada. La dimisión de Baruch
y el silencio cobarde de sus colegas expone el estado del coro de embajadores de Israel.

Nuestro cuerpo diplomático está compuesto fundamentalmente hoy por propagandistas sin espinazo, vacíos de valores o conciencia. Ciertamente hay algunos diplomáticos que se identifican con las actuales políticas del Gobierno, incluso con la conducta escandalosa de su ministro de Exteriores. Pero la verdad es aparentemente más sórdida: una gran parte de ellos se opone a la conducta del Estado que representan y no son más que marionetas en un feo espectáculo, cantantes de fondo del ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman.
Tal vez mejor que muchos otros israelíes, los diplomáticos conocen lo que el mundo piensa de Israel y por qué. Ellos saben que, bajo la batuta de Lieberman, el Ministerio de Exteriores se ha convertido en un navío de ira hacia el mundo entero. Ellos saben que ningún embajador es suficientemente capaz de explicar la brutalidad de la operación Plomo Fundido o la matanza sin sentido en el barco Mavi Marmara.

Ellos saben que ningún país del planeta acepta la ocupación, los asentamientos o las señales de un apartheid israelí. Ellos saben que ningún diplomático en el extranjero puede persuadir a nadie de que Israel está verdaderamente comprometido con la consecución de la paz. Ellos saben que ahí afuera hay un nuevo alineamiento del mundo, uno que no tiene paciencia con la tiranía del tipo llevado a cabo por la ocupación israelí.

Ellos saben todo esto; no obstante permanecen callados. Nosotros tenemos ya pilotos que

rehúsan ejecutar órdenes y soldados que rehúsan actuar contra su conciencia; sin embargo, hasta que el patriota Ilan Baruch habló, Israel no tenía un solo diplomático que rehusara llevar a cabo políticas que chocaran con su sentido moral.
Cierto, en esta nueva era, el papel del embajador ha perdido mucho de su sustancia. La conexión entre el henchido sentimiento de autoimportancia de un diplomático y su cometido actual se ha hecho tenue. Virtualmente, todo lo que queda es poder, prestigio, coches extravagantes, residencias opulentas y otras reliquias de los días de los grandes imperios, cuando los embajadores servían a grandes distancias de sus países de origen. La mayoría de los diplomáticos instalados hoy en el mundo son meros abogados de políticas. Pero a diferencia de los abogados que representan a criminales ante los tribunales, los embajadores necesitan identificarse en gran medida con aquellos que los envían a sus andanzas diplomáticas.

Se puede asumir que una cierta parte del cuerpo diplomático de Israel carece de tal sentido ideológico y emocional de identificación, pero guarda silencio. Muchos simplemente quieren servir fielmente a su país, y ello los lleva a intentar vender, pese a todo, el producto del "bello Israel". El resultado puede ser patético.
Recientemente capté una entrevista realizada en uno de nuestros consulados en EEUU con el israelí que creó el Zenga
Zenga, el clip que satirizó a Muamar Gadafi (el último éxito en YouTube); a continuación, presentaron una victoriosa receta israelí de un plato de berenjena. Cierto, no es fácil ser embajador israelí en esta época, no por la hostilidad del mundo hacia nosotros, sino por las políticas del país. ¿Qué se supone que debe decir un embajador acerca de los "esfuerzos de paz" de su país, cuando el ministro de Exteriores afirma ante la ONU que tales esfuerzos no tienen posibilidad alguna? ¿Y qué se supone que debe decir un diplomático acerca del carácter democrático de su Estado cuando los palestinos viven sin derechos?
No es fácil enjuiciar a otros y exigirles que renuncien a sus
carreras y a su efímera gloria. Pero ¿es excesivo esperar que hagan oír sus voces y demuestren algo de fortaleza? ¿Algo de integridad? Deberían mirar a su colega, Baruch, el bendito.

© Haaretz

Guideon Levy es periodista israelí