Otras miradas

Guerra sectaria

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Las sectas están enfrentadas y viven del conflicto. Cada una de ellas forma una cultura, y todas juntas configuran la civilización moderna. Los sectarios no se dan cuenta de ello, y persisten en su afán proselitista.

Las facciones sectarias se han formado por oposición durante años de trabajos intensos. En ocasiones, no se han constituido por convicciones propias, sino tras furiosos enfrentamientos esculpidos por la pasión durante centurias. Es el reino de la subjetividad sensitiva. Son piezas que encajan por oposición.

La madurez de las sociedades se alcanza cuando se reconocen a las sectas cierta dignidad, de tal manera que se construye un edificio en armonía. Este es precisamente el lenguaje universal constructivo y próspero. Es un idioma inteligible, la base del éxito.

Hoy los técnicos del odio han encontrado en Oriente Próximo la falla perfecta, el choque de dos placas tectónicas, la persa por un lado, y la salvaje abstracción de la religión wahabita por otro. Ambas son irreconciliables, pero hubo un tiempo en el que las síntesis culturales generaron simbiosis hermosas y originales, y no solo traumáticas. Al menos eso se estudia en los manuales universitarios.

Existe una línea de separación entre el mundo semítico y el indoeuropeo, una construcción-milenaria- de contrarios que terminan por complementarse.

Es muy fácil que los ingenieros de la división, como Netanyahu, metan la cuña en esa falla, donde las escorias emergen a la superficie. Lo ha repetido hasta la saciedad: Los "países árabes" son sus aliados.

Hoy es difícil hablar de países árabes enteros, con estructura de Estado, salvo algunos del Consejo de Cooperación del Golfo. Tampoco queda muy claro que es eso de la raza árabe. Parece que toda definición requiere algún tipo de exclusión, y la vinculamos a aspectos superficiales, como el color de la piel, lo que comemos, o bien como vestimos.

Hay quien considera que existe una raza de fe, como algunos judíos dicen ser. Sin embargo, "la raza árabe" es política, de ahí la pasión que despierta esta disciplina entre "los árabes".

Nuestro afán por vincular nuestros genes a una ideología es el fin último de la estupidez, y solo se justifica por la necesidad de unirse a una causa común que nos redima.

Sería más fácil hablar de un origen común de las especies, lo que limitaría el poder del tribalismo étnico religioso, pero eso resulta tan improbable como conseguir una sociedad sin pobres e igualitaria, porque para medrar aún se considera que tiene que ser a costa de los otros.

Esa especie de canibalismo es propia de las facciones étnicas y religiosas, pero también de las políticas. Las evidencias genéticas se utilizan para amparar las ideologías, porque solidifican las certezas de pueblos que se consideran elegidos, unidos por un antepasado de pureza.

A los ingenieros del odio no les gusta el mestizaje, porque tienden a mirar las cosas como de su propiedad, no sabemos por qué mágico motivo. El país es suyo, la pureza de la raza, la posesión de las instituciones y la administración, o el monopolio de la nación. Es un mensaje atractivo para quien se sienta concernido, pero de escaso recorrido.

Hay que reconocer a las sectas y la fracción su valor, de lo contrario, viviríamos en ambientes grises y uniformes. Ser benévolos con su afán proselitista, porque es muy humano el redimirse en los demás. Dejarlas estar. Pero tampoco engañarse. Porque no hay pueblo que no se sienta elegido….y agraviado.