Opinión · Otras miradas

El rey ultra

Felipe VI, la reina Letizia y sus dos hijas almuerzan en el Palacio de la Zarzuela. CASA REAL
Felipe VI, la reina Letizia y sus dos hijas almuerzan en el Palacio de la Zarzuela. CASA REAL

El rey Felipe VI escandalizó este pasado día 20 a algunas gentes de bien con una afirmación espeluznante. La siguiente: “es inadmisible apelar a una supuesta democracia por encima del Derecho”. O sea, que por delante de la Democracia van las leyes. O sea, que la Democracia no es tan importante. O sea que aquí podríamos añadir un puñado de rechinares y prevenciones. Esa frase bien la podría haber pronunciado su mentor Francisco Franco o cualquier otro dictador conocido y por conocer.

Cierto que ante tamaño despotismo más nos vale ir pensándolo bien para no acabar haciéndonos la pregunta del idiota: “¿Cómo no lo vimos venir?”.

Reproduzco aquí el párrafo exacto que difundió la agencia Europa Press:

El Rey Felipe VI ha subrayado este miércoles que “es inadmisible apelar a una supuesta democracia por encima del Derecho”, ya que sin respeto a la ley no hay “convivencia, ni democracia, sino inseguridad, arbitrariedad” y “quiebra de los principios morales y cívicos de la sociedad”.

Entiendo por qué los “comunicadores” y yo misma nos detuvimos en el enunciado primero. Nadie en su sano juicio democrático espera que jefe del Estado además de mando supremo (ahí es nada) de las Fuerzas Armadas afirme “supuesta democracia”. Mucho menos que la equipare a una brisa que pasaba por ahí porque se lo permiten unas leyes.

Sin embargo, el verdadero horror no reside en dicha advertencia (que lo es). El espanto viene detrás, al final. Este final: “quiebra de los principios morales y cívicos de la sociedad”.

A ver, la cosa es la siguiente:

Las leyes están por encima de la (“supuesta”) Democracia.

¿Por qué?

  1. Porque esas leyes (democráticas o no, pero en cualquier caso superiores), son las que evitan “inseguridad, arbitrariedad”. ¿Cuál es el significado exacto de inseguridad y arbitrariedad para un Jefe de Estado que admite poder prescindir de la Democracia? En fin, aquí deberíamos intercalar el concepto de corona sumado al de corona sucesora de una dictadura, pero ya tendremos otro artículo.
  2. (Y aquí viene lo tremebundo) Porque esas leyes (democráticas o no, pero en cualquier caso superiores), son las que evitan la “quiebra de los principios morales y cívicos de la sociedad”.

¡AQUÍ!

Detengámonos aquí, en el agujero sanguinolento dejado por la muela extraída que no será repuesta: PRINCIPIOS MORALES Y CÍVICOS DE LA SOCIEDAD.

Este hombre al que llaman Felipe VI es el rey de España, y su jefe del Estado, y es además mando supremo de las Fuerzas Armadas. ¿Qué definición merece en su coronada cabeza la idea “principios morales”? Es más, si extrajéramos de su organismo la “moralidad” como quien saca una espinilla, ¿qué brotaría de ese poro?

Y más aún: ¿Qué es un principio moral? ¿Qué es concretamente la moral y para quién? ¿Podríamos considerar lo siguiente una enumeración al respecto: Amarás a Dios sobre todas las cosas; No tomarás el nombre de Dios en vano; Santificarás las fiestas; Honrarás a tu padre y a tu madre; No matarás; No cometerás actos impuros; No robarás; No darás falsos testimonios ni mentirás; No consentirás pensamientos ni deseos impuros; No codiciarás los bienes ajenos?

No sé. ¿Quién enumera los “principios morales” que protegen las leyes frente a los peligros de las “supuestas” constituciones? ¿Y los “principios cívicos”?

¿Y “la sociedad”? ¿A qué llama este individuo “la sociedad”?

“Los principios morales y cívicos de la sociedad” a los que alude el monarca y jefe del Estado y mando supremo de las Fuerzas Armadas no tienen nada que ver con los míos. Con los nuestros. Son el murciélago que se cuela en el aula de la guardería. Esos “principios morales y cívicos” no son “de la sociedad”, sino contra la sociedad. Son los que se exigen, se aplican, se imponen a la “sociedad” dirigida por y obediente a un jefe del Estado que coloca a las leyes por encima de la Democracia. Y, por supuesto, a esos “principios morales y cívicos” por encima de las leyes.