Otras miradas

Censuradas

Towanda Rebels

Autoras de 'HolaGuerrera' y 'HolaPutero'

Ayer, sin previo aviso, sin derecho a réplica y sin explicación alguna, Instagram decidió eliminar nuestra cuenta, dedicada al activismo feminista, a dos días del 8 de marzo. Y no, ningún pezón (femenino, ya se sabe) se había colado, insolente, en nuestras publicaciones como en los casos que se han hecho más mediáticos. En todos ellos, la red se lavaba las manos frente a la censura aplicada, hablándonos de algoritmos que rastreaban contenidos y aplicaban las normas de manera neutral... Tan neutral que solo los pezones femeninos eran leídos como contenido peligroso. Tan neutral como que nuestra página desaparezca por lanzarnos a denunciar la violencia machista.

La mayor transgresión política de las mujeres en los últimos tiempos, la acción feminista contra la que la caverna se ha levantado más beligerante que nunca, es el hecho de atrevernos a contar lo que nos hacen. Mujeres de todas las edades, razas y clases sociales hemos roto el silencio y hemos comenzado a hablar, a teclear frente a una pantalla, a escribir, a hacer videos, a denunciar por todos los medios que la igualdad es una ilusión, un espejismo que nos ha mantenido en la inacción, desarmadas, solas y calladitas como al patriarcado le gusta que estemos. Pero esta revolución a través de la palabra ha sido posible a golpe de hashtag, a golpe de trending topic, a golpe de #Metoo, de #Cuéntalo, de #MiráCómoNosPonemos. Las mujeres en todo el planeta, desterradas de los medios, del poder, del espacio público, hemos encontrado en las redes una suerte de democratización del discurso en el espacio virtual, uno de los pocos lugares que hemos podido tomar al asalto para enviar nuestro mensaje de descontento, de rabia y lucha. Las redes como herramienta transformadora y cohesionadora de un ejército de mujeres que se levantaba contra un sistema que las oprimía día a día por el hecho de ser mujeres. ¿En serio creíamos que el patriarcado no estaba tomando nota?

Si algo hemos aprendido en el último año y medio como activistas feministas es que señalar el machismo genera aún una reacción desmedida de odio, desprecio y de amenazas violentas. El patriarcado se revuelve cuando señalamos con dedo acusador a sus agentes, a los victimarios. Y una de las armas que utiliza una y otra vez contra las feministas es la censura. En otros tiempos, los del patriarcado duro, nos hubieran sacado a golpes de casa, lapidado, nos hubieran encarcelado, cortado la cabeza como a Olympia de Gouges, o quemado en la hoguera. En estos tiempos nos amenazan (a través de las mismas redes que abanderamos como espacio de cambio, de libertad). Nos amenazan con violarnos, con asesinarnos a puñaladas, a tiros, a machetazos. Son explícitos, se recrean en la fantasía de toda la violencia que verterían, si pudieran, sobre nuestros cuerpos. Se deleitan en humillarnos: opinan y evalúan nuestro físico, nuestra ropa, nuestra edad... hasta nuestro timbre de voz. Nos amenazan con la soledad, el peor castigo que pueden imaginar para las mujeres: morir solas y rodeadas de gatos. Todos esos comentarios, todas esas amenazas, toda esa violencia simbólica que nos dedican (a nosotras y a cualquier mujer que tome la palabra, hable del tema que hable) no solo no es censurada y eliminada de las redes sino que es justificada como libertad de expresión. La apología de la violencia contra las mujeres contamina todos nuestros mensajes y contenidos y los responsables de estas redes no hacen nada para impedirlo. Violentarnos a través de las redes sale gratis.

Y, sin embargo, #NotAllMen; sin embargo, los autobuses de los "pobres hombres" que alzan su indignación: "¿Cómo osáis decirnos que todos los hombres somos violentos? ¿Cómo osáis criminalizarnos a todos?... Vosotras sois las que nos estáis oprimiendo, totalitaristas de género". Así, tomando el victimismo por bandera, transforman una realidad social y manipulan los datos para deslegitimar la lucha feminista. Porque no todos los hombres violan, no todos matan o maltratan; de hecho, algunos son nuestros aliados. Sin embargo, todas las mujeres, sin excepción, hemos vivido violencia por parte de algún hombre. Todas hemos sido acosadas en mayor o menor medida, todas hemos sufrido el asalto sexual en mitad de una calle, en un vagón de tren o en nuestro lugar de trabajo. No todos, por tanto, pero sí todas, aunque muchas ni siquiera sean conscientes de ello. Y resulta agotador que tengamos que estar siempre justificándonos, perdiendo energía en puntualizar lo que ya sabemos, pidiendo perdón a los machos ofendidos. Y es que, en efecto, "no todos los hombres" ejercen violencia, pero resulta que los datos, la realidad objetiva nos dice que sí son hombres los que nos matan, los que nos violan y los que nos prostituyen. Así, el 99% de los "consumidores" de prostitución, son hombres. España es un país de puteros, asumámoslo de una vez. Cuatro de cada diez hombres han consumido prostitución en alguna ocasión, lo que les convierte en cómplices de los proxenetas y las mafias que cada día secuestran y engañan mujeres para que ellos tengan carne fresca en el burdel de turno. Pero nadie quiere hablar de esto, nadie quiere preguntarse por qué España es el tercer país, por detrás tan solo de Tailandia y Puerto Rico en consumo de prostitución. Las malas somos las feministas por airearlo, por no haber aprendido la lección de que los trapos sucios se lavan en casa.

Después de que el pasado 25 de Noviembre se incluyera la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler como una forma de violencia machista, no hemos conseguido que la lucha contra la mercantilización de nuestros cuerpos forme parte de las denuncias del manifiesto de este 8M. En pos de un supuesto consenso, se quedan fuera todas las mujeres que son explotadas sexualmente en las millonarias industrias de la pornografía y la prostitución; o que son reducidas a hornos, vasijas o "seres gestantes" en el mercado de los vientres de alquiler. Por ello, las abolicionistas decidimos visibilizar a través de diferentes acciones nuestra presencia y nuestra vindicación legítima contra las industrias que pretenden capitalizar el cuerpo de las mujeres, ese que parece estar al servicio de todos, menos de nosotras mismas. En nuestro caso, nos unimos a nuestra compañera Feminista Ilustrada y propusimos una acción performativa que consistía en visibilizar a los victimarios, su discurso y sus acciones. Tomamos como propio el consejo de Amelia Valcárcel a Ana de Miguel cuando le dijo "Ana, atrévete a contar lo que ellos hacen" y planeamos acudir a la manifestación vestidas de puteros, proxenetas, consumidores de porno y, por supuesto, políticos. Esos mismos políticos que, con sus discursos y sus proyectos de ley, apuntalan las industrias que quieren vendernos por partes. Como siempre, siguiendo el estilo que nos caracteriza, decidimos ser tajantes y directas en nuestros mensajes. "Pago por penetrar mujeres que no me desean" o "Me pajeo viendo violaciones" son algunas de las frases que aparecían en nuestra ya desaparecida cuenta. Estas pancartas pretendían ser una crítica feroz hacia los victimarios, que encuentran placer en una pornografía violenta y humillante que además utilizan para masturbarse; o que pagan por penetrar a mujeres vulnerables a las que el sistema ha decidido sacrificar en el altar de la prostitución. Es intolerable que, en una sociedad en la que se nos dice que ya hemos conseguido la igualdad, haya espacios completamente libres de feminismo, en el que el machismo campa a sus anchas y se ceba con las mujeres más vulnerables. Pero no nos engañemos, en una sociedad enferma, lo intolerable no es que esto ocurra, lo intolerable es que lo contemos. Porque es escandaloso poner palabras a sus acciones, porque ellos tienen la legitimidad para hacerlo, pero nosotras no tenemos derecho a descubrirles y arruinarles su ocio, su fiesta, su "jolgorio" sexual.

Es increíble lo rápido que se puede tirar una pagina feminista en la que se critica el consumo de prostitución y pornografía y lo difícil que resulta que estas mismas plataformas hagan caso a nuestras demandas cuando denunciamos que existen contenidos de odio contra las mujeres, pornografía violenta o anuncios de prostitución. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que lo que molesta no es la pornografía, sino la crítica a la pornografía. Lo que molesta no es que se trafique con niñas y mujeres para que los hombres que nos rodean (4 de cada 10 en España) puedan penetrarlas previo pago, sino que lo contemos.

Pues bien, podrán censurarnos una y mil veces, podrán amenazarnos y podrán invisibilizarnos de todas las maneras posibles, pero encontraremos el modo de seguir señalándoles, incluso a esos que se esconden tras los iconos de Facebook, Instagram, Twitter o YouTube. Porque cuando la censura siempre es para las que desafían el poder establecido, y nunca para los que ejercen la violencia, esos algoritmos y motores de búsqueda a los que las propias páginas echan la culpa de estos cierres repentinos, se descubren más humanos e ideológicos de lo que nos quieren hacer creer. Sospechemos de lo que nos venden como neutral e inocente porque hay una mano que mece la cuna en todas las redes, que decide quien puede hablar y quien debe ser castigado con el olvido y el destierro. Nos preguntábamos, unas líneas más arriba, si nos pensábamos que el patriarcado no estaba tomando nota. Pues bien, ya sabemos que sí. El nuevo poder son las redes. La pregunta es... ¿quién las maneja?