Opinión · Otras miradas

Orgía de datos en Internet

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político.

Más de un 50% de los datos que circulan por la fibra óptica son bots. Y de toda esa inmensidad de información generada por las máquinas, la mitad tratan de suplantar nuestra identidad, robar nuestras claves, o vaciar nuestras cuentas bancarias.

Esos datos maliciosos también influyen en las percepciones y en los sentimientos de los internautas. El objetivo en apariencia es comercial. Se trafica con los datos, es decir, con la privacidad de las personas.

Este masivo uso de datos es una millonaria orgía de información, que se cruza en un paisaje infinito, como un bosque abstracto de neuronas interconectadas, capaz de multiplicarse tras una excitación interna. Una vez que esta sugestión se produce, no necesitan de un estímulo externo. Es un deseo que surge por la acción vírica de una imagen, o un vídeo capaz de multiplicarse.

Algunos datos son benignos, mientras que otros son maliciosos y víricos. Los dos tienen en común la ausencia de control de la información, y la carencia de una ética de la viralización. Pero también hay algo poético en Google. El pasado y el presente se funden en un torrente atemporal, un espacio neutro amoral.

La información se mueve con absoluta libertad por la red, sin embargo no existe un marco fiscal preciso para que Google, Amazon, Facebook o Uber paguen conforme a sus ingresos, por más que se empeñen en presentarse como ONGs al servicio de los ciudadanos.

Hay virus que se financian desde empresas y gobiernos, mientras que otros son reproducidos por la acción espontánea del pueblo.

Es verdad que se trata de una revolución digital, aunque acompañada de una propaganda masiva, capitalizada por los CEO de la explotación laboral, y el dominio de los siervos de la gleba neo digital.

Lo que sí es cierto es que estamos ante una transición hacia lo desconocido. Y cuando eso sucede, es el momento de las ideas, porque sencillamente no queda más remedio.

Álvarez Pallete, presidente ejecutivo de Telefónica, señalaba en una entrevista en Cadena Ser que había que incluir a los humanistas en esta “revolución”. Los marcos jurídicos y éticos precisan a estos profesionales infravalorados y menospreciados.

Es preocupante que un directivo de una de las empresas de telecomunicaciones más importantes del mundo se convierta en el paladín de los humanistas. ¿Dónde está el poder político?

Ahora tenemos que debatir sobre ética en Internet, y un nuevo contrato social para implantarlo en la Arcadia gris de la Unión Europea. Luego las grandes compañías pagarán generosamente sus impuestos en honor a su compromiso con los siervos contemporáneos. Asumirán las conclusiones de los jóvenes sabios y humanistas, que protegen los intereses de la sociedad.

A día de hoy, los datos son tan inteligentes como las personas.  Y tan libres como el dictado del mercado (merckat), por eso carecemos de una ética de la viralización.

Pero los estudios de los datos nos ofrecen una gran oportunidad para descubrir las porquerizas del poder público. Por ejemplo, los metadatos de algunos de los pliegos de condiciones que sacan a concurso ciertas administraciones, son diseñados por empleados de empresas adjudicatarias.

El verdadero poder de estas firmas tecnológicas está en su capacidad de almacenamiento, es decir, en la memoria.

Por eso guardan nuestros datos.

También la privacidad descansa en las agencias de inteligencia e información, y en ciertas empresas comerciales. Solo la memoria orgánica, la que reside en  el ser humano, se equivoca.

Destruir los datos sería como vivir sin los recuerdos, tal y como sucede en Mementocélebre película de Christopher Nolan.

Los datos son como la encarnación de una memoria certera, una especie de hipóstasis del pensamiento abstracto.

En definitiva los bots también generan memoria. Lo hacen a la medida de nuestros deseos.