Opinión · Otras miradas

Testamento anti musulmán en Nueva Zelanda

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

¿Qué pasa por la cabeza cuando un hombre de extrema derecha entra en una mezquita, y dispara contra todo ser viviente?

Vendajes ensangrentados en la acera después del ataque a la mezquita de Al Noor en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS / SNPA / Martin Hunter
Vendajes ensangrentados en la acera después del ataque a la mezquita de Al Noor en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS / SNPA / Martin Hunter

Hay una  especie de atracción fascinante-generalmente de odio- hacia una “civilización alienígena”, como algunos consideran. Imaginan paraísos inexistentes y huríes sumisas a los pies del patrón.  Culto a la personalidad y  desprecio hacia “Occidente”. Sin embargo algunos jefes de las bandas de extrema derecha entran al Islam.

Su visión carece de perspectiva, y está fuera de contexto. Pero la salida de la comunidad aria solo ofrece una solución: la conversión. Puedo imaginar a Santiago Abascal en chilaba vestido de califa.

Esa atracción-odio crea un fantasma “islámico” que no existe, compuesto por personas perfectamente normales, que ni siquiera tienen consciencia de pertenecer a una comunidad islámica global.

Esa fijación por lo extraño es lo que está moviendo campañas electorales, en una democracia envenenada por los discursos del odio.

El atentado de Nueva Zelanda se enmarca en este contexto. Hay quien siente amenazada su hegemonía blanca y cristiana. En su imaginación es improbable la representación de Jesús, un rabino moreno que ejercía como carpintero.

Vista de la mezquita de Al Noor en Deans Avenue en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS / SNPA / Martin Hunter
Vista de la mezquita de Al Noor en Deans Avenue en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS / SNPA / Martin Hunter

Esa atracción- fascinación, es una fantasía. Opera gracias a mecanismos de comunicación precisos y reglados. El objetivo es influir en resultados electorales, manipular las mentes, y destrozar a una comunidad con grandes problemas de integración laboral y social, al menos en nuestro país, donde se les rechaza y sufren marginación escolar, unas tasas de desempleo impresionantes, y una carencia absoluta de representación política.

Los musulmanes son  las víctimas perfectas. Una comunidad manipulada y financiadas por naciones extranjeras, a falta de un IRPF que devora la Iglesia con impunidad.

Uno de los asaltantes ha dejado un escrito de 72 páginas en el que explica las razones para participar en esta orgía de sangre, como si se tratara de un testamento exculpatorio.

La literatura anti musulmana es abundante, y se extiende por todo el mundo. Hay intelectuales y personajes públicos que conocen muy bien lo que está sucediendo. Y sin embargo callan.

El conflicto es ideológico. La pinza es perfecta: crisis sociales y políticas en las sociedades liberales por un lado, más un Islam político sin proyecto y difuso que rechaza esos principios liberales. En medio queda una masa ingente de inmigrantes, situados entre el yunque y el martillo. Son las víctimas perfectas para capitalizar una amalgama de sentimientos difusos, indefinidos, pero que se alinean cuando se percibe que los valores de su sociedad están en entredicho.

Imagen del video que circula en las redes sociales de uno de os atacantes de una  mezquita en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS
Imagen del video que circula en las redes sociales de uno de os atacantes de una mezquita en Christchurch, Nueva Zelanda. REUTERS

La idiotización de algunos medios de comunicación, la falta de profundidad en la explicación de fenómenos complejos, como las cientos de formas de Islam, colonizan la mente de un puñado de fascistas blancos y lenguaraces. Ellos nunca aceptarán la doble nacionalidad, ni otra tradición religiosa que parecen dictar sus ancestros. ¡Si supieran sus ancestros!

Grabar los atentados y subirlos a unas redes sociales sin control, es un acto de terrorismo más.

No sé a lo que nos estamos acostumbrando.