Opinión · Otras miradas

8M de 2019: de aquellas lluvias estas flores

Laura Gómez

Investigadora de la UPV/EHU y exdirectora de Igualdad de la Diputación de Gipuzkoa

“No es no y lo demás es violación” coreaba una mujer con otras muchas durante la jornada de huelga feminista que ocupó las calles el pasado 8M. La rodeaban cuatro niñas. Una de ellas, con no más de seis años, le pregunta: mamá ¿que es una violación? Ella le explica con sencillez: “cuando un hombre le hace a una mujer en su cuerpo cosas que ella no quiere”. Reflexiva la mira pensativa y luego asiente. Un poco más allá, cuatro niñas de menos de diez años, subidas en un banco y con sus manos entrelazadas, se desgañitan con un “Estoy hasta el culo de tanto machirulo”. La ingenuidad de ser niñas y la contundencia del mensaje. Mientras, una marea humana, liderada por el protagonismo de chicas apenas adolescentes, ruge sin descanso “Que no, que no tenemos miedo. Que sí, que sí tenemos rabia”, junto al reparador “No estás sola, hermana, aquí está tu manada”. Las pancartas que portan son un reguero de la enorme creatividad de un movimiento feminista que sabe del poder rebelde de la inteligencia colectiva: “Tu misoginia me seca la vagina”, “yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño”, “No somos histéricas, somos históricas”. En una jornada de radio marcada por la ausencia de las voces de las mujeres, escucho a una huelguista entrevistada decir “hago huelga por todas las que no pueden hacerlo: las precarias, las empleadas de hogar internas, las presas, las asesinadas”.

¿Qué significa todo esto? ¿Qué llegó para quedarse en la huelga feminista del 8M de 2019? ¿Qué lluvia trajo estas flores?

La consciencia poderosa de un “nosotras” diverso y en común

Sin lugar a dudas, este 8M ha confirmado la consolidación de la cuarta ola feminista. O sea, de un proceso revolucionario, por primera vez de dimensiones globales, protagonizado por las mujeres. No es un momento, no es un acto: es un proceso de politización que una vez experimentado no tiene vuelta atrás. Porque la fortaleza movilizadora del feminismo reside, precisamente, en que las mujeres logran deslegitimar dentro y fuera de ellas mismas los códigos morales de disciplinamiento y apropiación de sus cuerpos al servicio de los hombres de todas las clases y procedencias. Procesos de transformación de semejante complejidad tienen la capacidad de cambiar la comprensión que las mujeres tienen de sí mismas, de sus vivencias y de los saberes que nacen de éstas. Por eso no pueden ocurrir por decreto. Por eso es inimaginable cómo podrían haber sucedido sin el tejer perseverante de las redes de un movimiento feminista capilar que llega a todos los rincones de la existencia de las mujeres.

El desborde popular de esta huelga sólo ha vuelto a poner de manifiesto que el profundo malestar de las mujeres, enraizado en sus vidas cotidianas, se ha convertido en una consciencia de un “nosotras” que le pone nombre al dolor de todas dándole existencia. Que nos interpela, contagia y empuja a participar de la discusión colectiva sobre quiénes queremos ser y cómo queremos vivir en un mundo en el que nosotras sí sabemos que no podemos hacerlo si no es en común.

Precisamente, es esa capacidad del feminismo para articular un “nosotras plural y en común”, en el que no sobra nadie y en el que aún faltan muchas, el que ha hecho historia reinventando un instrumento de presión de clase: las huelgas. Y las ha transformado en una herramienta capaz de entrelazar la falta de reconocimiento y las opresiones que atraviesan la vida de la diversidad de las mujeres. De las migrantes, las precarias, las racializadas, las bolleras, las transexuales o las directivas de empresa. El feminismo ha podido hacerlo sumando cada vez a más mujeres porque coloca lo que nace de su experiencia vital, lo relacional, en el centro de su articulación. O, dicho de otro modo, sabe que ser es existir en relación con otros. Que los seres humanos nos necesitamos para sostener nuestras vidas material y afectivamente.

De ahí que no valga, ni en términos morales ni antropológicos, ninguna propuesta política que garantice vidas buenas solo para unos pocos a expensas de todas las demás. Tampoco, si en estos pocos algunos, hay unas pocas algunas.

La emergencia del cuidado de la vida como un asunto colectivo prioritario

La huelga feminista ha vuelto a impugnar el orden existente y ha dibujado una propuesta alternativa. De ahí el “Nos plantamos ante el heteropatriarcado capitalista” y su reverso “La vida en el centro”. El cuidado de la vida, humana y no humana, ha acabado ocupando el protagonismo de la agenda feminista. Que lo haga es otro hito histórico porque no lo tuvo en ninguna de las otras olas feministas. Si tiramos de nuestra genealogía feminista estaríamos obligadas a remontarnos al trabajo que hicieron las revolucionarias feministas de la Rusia de 1917, con Alexandra Kollontai a la cabeza, colocando la socialización de los cuidados y del trabajo doméstico como un asunto prioritario de la emancipación de las mujeres. Crearían restaurantes, guarderías y lavanderías comunitarias. Este primer derecho al cuidado, junto con la legalización del aborto o el divorcio, hizo que las mujeres tuvieran derechos que hasta entonces no se habían logrado en ningún país capitalista.

El nuevo recrudecimiento de la guerra abierta hace siglos contra las mujeres

La acción siempre viene acompañada de su reacción. Y como tiene costumbre, lo hace reconstruyendo un imaginario de lo común desde un nacionalismo español excluyente, xenófobo y misógino. Si hoy volvemos a oír tambores de guerra contra las mujeres en boca de Casado, Rivera o Abascal, no es más que el eco de los que en su momento hicieron retumbar otros. En una cruel paradoja, las pugnas ideológicas parecían menos cuando abordaban los derechos de las mujeres. En 1936, la contra-revolución rusa estaba en marcha y Stalin declaraba: “El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”. La reacción de las derechas, siempre con su agenda económica más o menos oculta o explícita, adopta disfraces distintos, pero todas ellas tienen en común su deseo de controlar e instrumentalizar para el beneficio de unos pocos la sexualidad, la capacidad reproductiva y la fuerza de trabajo de las mujeres. Proponen el retorno a la Ley del aborto de 1985, la regulación mercantil de los vientres de alquiler y de la prostitución, o el retraso temporal de la no expulsión de las mujeres en situación administrativa irregular si dan en adopción a sus bebés.

Feminismo o barbarie

La nueva reacción ha llegado en 2019 y puede alcanzar nuevas posibilidades de gobierno en España. El feminismo nos ha enseñado que la lucha de las mujeres no descansa nunca. Es cierto que hoy es capaz de articular una resistencia feroz. No es poco, pero no es suficiente. Antes de esta, la reforma del artículo 135, las sucesivas reformas laborales, la privatización de servicios públicos, las reformas fiscales regresivas, las miles de asesinadas, o las infames condiciones laborales del trabajo de hogar ya había hecho la vida hostil para la inmensa mayoría de las mujeres. No avanzar sería hacerla insoportable.