Opinion · Otras miradas

Soto no es Alsasua

José Angel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

La reiteración de los pinchazos en el cuello y la espalda de Rubén, la estupefacción ante la muerte que siempre comparece horrible e inopinada, los cuerpos debatiéndose entre la sangre y los gritos bajo la luz espectral de los fluorescentes, su hospitalización final, todo eso no ha constituido argumento de peso para que se cubriera con el merecido escándalo social la noticia de este último apuñalamiento a un funcionario de la prisión de Soto del Real.

Tras este ataque bárbaro sucedido este mismo martes, ¿se está preocupando seriamente alguien por lo que sucede dentro de las cárceles?

Prisión de Soto del Real (Madrid).
Prisión de Soto del Real (Madrid).

¿Por qué siempre he de acordarme de este agravio comparativo con el merecido desvelo y aprecio general del que disfrutan Guardia Civil y Policía? ¿Pero no son los mismos delincuentes atentando en todos los casos contra funcionarios del Estado?

Algo sucede, un fenómeno casi de mala magia, cuando el detenido baja del furgón de la Guardia Civil para poner sus pies en el patio de un módulo. ¿Es otra persona, quizás? ¿No es el mismo terrorista, psicópata o atracador que fueran cogidos por equipos bien entrenados de agentes con artillería sobrada como para invadir Polonia otra vez?

Pues sucede que en cuanto el penitenciado traspasa el muro, el personal funcionario que le tratará en adelante, y durante muchos años, queda como infectado al parecer de su destino ominoso (y el guardia limpio de polvo y paja una vez que lo descarga en la prisión).

Sí, sin duda el funcionario se contagia de un aura de repulsión social y todo lo que intramuros suceda en adelante pertenecerá al género literario de trullo, penal y otras ergástulas que, como se sabe, goza de mucho menos tirón que el policíaco.

Esta última ‘novelística’ es mucho más entretenida: tanto personajes como situaciones se enriquecen por el avispado autor mediático por el uso indiscriminado de armas de gran calibre, la incautación de enormes alijos de drogas y el juego variopinto que siempre ofrece la corrupción, debilidad intrínseca al hombre que se sabe en libertad.

Así sucedió de forma descarada, por ejemplo, en el famoso caso de Alsasua: enseguida el argumento, que parecía aburrido, (jóvenes apalizando brutalmente a guardias de paisano en un bar), se trufó con la palabra mágica que todo lo arregla en España, ¡terrorismo!, sin duda con la intención de dar un vuelo a la noticia muy superior: así, patadas y puñetazos a los agentes adquirieron un interés y una recriminación social mayúsculos, algo que ni siquiera los jueces (unos aguafiestas) sentenciando que no hay nostalgia ni vínculo de ETA en el grave delito, ha servido para  que el que le venga en gana siga considerando a los agresores como unos genuinos etarras.

Infectar entonces con la palabra ‘terrorismo’ a aquellos hechos lamentables, fue algo socialmente aceptado, y el éxito indudable de aquella dolosa contaminación semántica fue el índice (uno más) del cariño general del que gozan policía y guardia civil.

Sin embargo, el relato de lo que sucedió el martes en Soto del Real es tan triste que no engancha ni interesa, y hasta habrá a muchos lectores bienintencionados que le resultará insoportable, por triste o repugnante. El interno agresor, un primer grado, que quiere hablar con su madre, esta no le descuelga el teléfono y arremete pincho en mano contra el funcionario. Violencia descabellada, sordidez, claro, el menú que se sirve en una cárcel en mayor o menor medida en todas y cada una de sus expresiones vitales.

¿Qué hay de extraño entonces en que no haya escándalo de verdad ante esta agresión?

Habría que pedir la iluminación de autores malditos como Jean Genet (El milagro de la rosa), para ver la manera de insuflar un alcance estético significativo a este tipo de secuencias carcelarias, ya que por lo visto los crudos comunicados de prensa de los sindicatos de prisiones de ayer no han bastado para sensibilizar a la grada.

Pero es que éste es el índice cierto del afecto general del que gozan nuestras Instituciones Penitenciarias: escaso, o quizás ninguno. Incluso si el agresor hubiera sido un etarra, nada hubiera cambiado: las prisiones se deslizan corriente abajo ante los ojos indiferentes de los españoles como barcazas enormes repletas de bultos de ropa sucia y chatarra, deslizándose por un río del que no se conoce una feliz desembocadura: hasta los niños detienen sus juegos y se esconden entre los juncos de la ribera cuando esas gabarras feas y oscuras pasan frente a ellos en silencio.

Y lamento decirlo así, pero la labor para lograr un cambio en la actitud social hacia las Instituciones Penitenciarias es algo que supera con mucho el empeño de una secretaría general, o un ministerio.

Ganarse ese aprecio es un trabajo ingente de medidas de enorme calado, muchas luces y comunicación. Comenzar por dignificar las plantillas de funcionarios, además de ser un prurito histórico a estas alturas aún sin cumplir (Victoria Kent), es un comienzo imprescindible.

¡Salud para Rubén!