Opinión · Otras miradas

La complacencia será la gran condena

Decía Ana María Matute que escribir es siempre protestar, pero estaba equivocada. Es muy sencillo escribir para complacer. Extremadamente sencillo. Las bibliotecas y las librerías están repletas de obras complacientes. No pienso tirar balones fuera: muchos de mis textos son cobardes y los más valientes no me atrevo a publicarlos. Son miedosas todas las palabras que escribí con prisa, las que escribí por dinero o por compromiso. Son cobardes todas las palabras que escribí porque no me atreví a decir que no tenía nada que decir. Una mentira siempre esconde 1/3 de miedo y 2/3 de disimulo. Escribir no siempre es protestar. Escribir, muchas veces, es solo trabajo. Es más: ojalá escribir fuera más trabajo que protesta, más oficio que beneficio; ojalá quienes escribimos sintamos más la presión del trabajo que del ego; ojalá podamos escribir palabras más sinceras y menos precarias. Escribir no siempre es protestar. Ni mucho menos. Escribir, a veces, solo es una obligación mundana, la compra de una semana. Algo que tienes apuntado en tu agenda cada 15 días, que te pesa y que te ahoga, esa cita con tu pareja que olvidarías si no tuvieras apuntada o esa llamada, siempre a la misma hora, que haces solo para que no se te olvide llamar aunque no tengas ganas, necesidad, ni algo que decir.

Escribir no siempre es protestar. Ni mucho menos. Escribir es ejercicio fascinante para entrenar nuestra capacidad de manipular. Ese dato que decides no publicar porque no estás segura. No estás segura de que quieres que se sepa, así, de esa manera. No estás segura de que vayas a saber explicarlo. No estás segura porque quizá sea cierto y la verdad nos hace sentir muy vulnerables. No. Escribir no siempre es protestar porque, a veces, escribir es una estrategia muy poco efectiva de supervivencia. Escribir no te salva de nada. ¿A quién pueden salvarle entre 50 o 100 euros? Eso, bueno, según tu caché, el número de followers que tengas en redes sociales o lo pertinente que resulte tu presencia en una fecha señalada en las páginas del diario. En cualquier caso, escribir no siempre es protestar. Es más: cada vez se protesta menos y se escribe más. Yo escribo tanto y siento que protesto tan poco que cada vez me da más pudor compartir mis palabras. Pienso que F. nunca cuelga fotos de los pintxos veganos que hace y no entiendo a quién podría interesarle más esto que su boloñesa vegana.

No. Escribir no siempre es protestar y, es más, a veces no podemos hacer ni una cosa ni la otra. Las razones, múltiples y, a veces, muy sencillas. Probablemente, más allá de la falta de interés de la industria editorial por las obras de mujeres debido a la falta de reconocimiento histórico que acarreamos, a las mujeres se nos ve menos en las estanterías porque producimos menos y producimos menos porque tenemos menos tiempo. Tenemos menos tiempo porque tenemos más cosas que hacer porque los usos de los tiempos siguen siendo muy distintos entre hombres y mujeres, porque ellos siempre están dispuestos a alimentar su ego y nosotras siempre estamos disponibles para alimentar estómagos. Escribir no siempre es protestar. Es más: muchas de las personas que tienen posibilidad de escribir y ser leídas no tendrían razones para hacerlo. Escribir es tan ‘protestar’ como ‘hacer el juego al poder’. Decía Matute que escribir es “siempre una forma de protesta (…) a veces contra uno mismo (…)”, que la escritura es un la manera de revelar esa que todas sabemos y, si no sabemos, intuimos.  Cómo pudo errar tanto Ana María Matute. Escribir tiene más que ver con ocultar eso que algunas sabemos que con revelarse contra ello. A las mujeres se nos ha negado, incluso, la posibilidad de decir la verdad en nuestros cuadernos. No. Escribir no siempre es protestar.

El miedo también congela la tinta y bloquea los teclados. ¿Cómo reaccionará mi madre? ¿Qué creerán mis amigas? ¿A quién le sentarán mal estas palabras? ¿Me arrepentiré algún día de escribir esto? ¿Me la van a montar en Twitter? ¿Dirán que soy una imbécil? La línea entre este “Ya no se puede decir nada, cómo se han puesto las cosas en este país” de los neofascistas y los escraches mediáticos que te organizan las tuyas a veces es indetectable. Yo  he perdido la cuenta de las cosas que no he dicho por miedo a molestar a mis aliadas. De una manera o de otra, alguien siempre espera algo de ti. Un día abres tu correo y te encuentras con un rapapolvos tremendo. “Vaya decepción”, dicen. Intentas no darle más vueltas a esas palabras hasta que llega el siguiente aviso: “No decías eso hace unos años. Vaya decepción”; “Ya te vale”. Las decepciones se suceden y tus ganas de protestar disminuyen velozmente. Porque, total, para qué. Ni escribir es siempre protestar ni parece que estemos demasiado dispuestas a desarrollar autónomamente una mirada crítica. En la era de las redes sociales, del 4G, del móvil con acceso a internet, de las casas inteligentes y la información minuto a minuto seguimos buscando una única fuente, la fuente definitiva, esa firma, esa cadena de televisión o esa cabecera que nos de para beber todo lo que tenemos que creer. Lo que necesitamos creer. En la época de Amazon, no comparamos precios. Se vende ideología, completa, reformada según los estándares de la época. Lista para entrar a vivir. No tiene que hacer nada más. Nada más. Creer y ya crearán por usted. Ya no importa si algo es mentira o es verdad. Las mentiras se hacen a medida y siempre resultan verdad para alguien. Hemos asumido que es posible hablar de “mi verdad” no como sinónimo de punto de vista personal o mirada particular de algo sino como concepto válido, universal. Tú dices que esa es tú verdad y nadie te cuestiona aunque sea mentira. ¿Cómo escribir va a ser sinónimo de protestar? La autocomplacencia será nuestra condena. Ante el auge del neofascismo, protesta tú que puedes.

Protesta tú que no tienes que escribir.