Opinion · Otras miradas

La futilidad de una pistola

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

La violencia es como un virus agazapado, que espera el momento adecuado para liberarse como un isotopo radiactivo. Quienes la ejercen o viven en un mundo brutal, han de ser tratados como enfermos psíquicos. Hay verdugos que actúan de un modo despiadado por debilidad y rencor. Son mentes frágiles.  Otros lo hacen con frivolidad, alentados por el poder político.

En el Edificio Yacobián, aclamada novela del escritor egipcio Alaa Al Aswany, encontramos diferentes historias, tan dulces como salvajes, entrelazadas con la vida de Taha Shazli, un chico alegre y vital, que tras sufrir todo tipo de humillaciones, acaba por convertirse en terrorista. Sin medios y despojado de su dignidad, vierte su odio hacia un verdugo inmenso y anónimo, que ya conocía sus movimientos.

La corrupción del sistema político y social egipcio tiene consecuencias. Y una de ellas es la inestabilidad. El terrorismo es la negación radical de la realidad en un país sometido a la arbitrariedad. Dadas estas circunstancias, el abismo siempre está cerca, y se manifiesta en la calle. La manipulación de inocentes- a veces por las fuerzas de seguridad nacionales- es común en países donde la ley se mezcla con la corrupción.

The Act of Killing es una obra fascinante dirigida por Joshua Oppenheimer. Durante los años 1964-1965 Indonesia rezuma sangre.

Los protagonistas de la película narran las diferentes formas de tortura que sufrieron los comunistas del PKI.  La trivialidad de la vida y la muerte, la naturalidad de la tortura, y la impunidad de los asesinos, producen una hipnosis alucinante. Los testimonios de sangre que llenan la pantalla son como un juego infantil entre asesinos, que se creen protagonistas de Hollywood. Los torturadores hablan sin pudor, y cuentan los detalles de las humillaciones físicas y morales que generaban a los indonesios-muchos chinos de origen étnico- que consideraban subversivos. La CIA hizo muy bien su trabajo, y facilitó las listas de las purgas. La banalidad de la muerte, y la frivolidad de los crímenes, confunden hasta la perplejidad.

El uso de la violencia reglada es un pasaporte poderoso reconocido en algunas aduanas. Los asesinos callejeros son utilizados para crear zonas de exclusión y represión en distritos y pueblos, mientras la televisión es un fenómeno lisérgico de paraísos artificiales, donde sensuales bailarinas surgen del estómago de un pez gigante, y danzan en una especie de sortilegio de cascadas, selvas húmedas, y nubes oceánicas.

El resultado fue el asesinato de medio millón de personas- y la tortura de otras tantas- expuestas como un dulce placer macabro por los pandilleros al servicio de los militares,  mientras un sinfín de caricaturas armadas con pistolas gansteriles, son jaleadas en sentimentales mítines socio políticos.

La violencia comienza con un acto banal al que es difícil prestarle atención. Pero aumenta tras la complacencia o el control de las autoridades, como sucedió con Taha Shazli. Son personas débiles y abandonadas consumidas por el odio. Cuando esa vulnerabilidad es alentada por el poder público, el estado de ira generalizada es una celebración constante, hasta que las manos quedan saciadas de tantos homicidios.

En todo este proceso, mantener la memoria es fundamental. Sin embargo, los que recuerdan esos actos fueron los recipiendarios de la ira de los vencedores. Sus vástagos han heredado ese sentimiento de agravio.

Esos hombres y mujeres son los guardianes de la dignidad, no solo de su partido, sino de toda la sociedad. Algunas de estas personas conocen la futilidad de la violencia, y lo peligroso que es cuando partidos políticos utilizan el odio para alcanzar más poder. Las palabras ponzoñosas no solo crean adicción entre los cargos públicos, sino entre quiénes las depositan. De ahí a la guerra hay solo un paso.

Incluso en los países de «las libertades» es fácil desmontar el armonioso edificio institucional. Por eso, la naturaleza brutal de ciertas personas, su voracidad y desprecio por la vida, está acotada por todo tipo de limitaciones legislativas y éticas. Siempre hay que estar dispuestos/as a defender ese edificio de convivencia, hasta las últimas consecuencias.

En definitiva, algunos encuentran una forma de excitación en la violencia. Y otros deciden morir con sus torturadores.