Otras miradas

Grandes eventos en Barcelona, una cuestión de clase

Jose Mansilla

Antropólogo

Todavía no ha comenzado la campaña electoral y los distintos candidatos empiezan a mostrar parte de sus programas. Entre las medidas más llamativas se encuentra la celebración de una nueva olimpiada, por parte de Manuel Valls, o una Exposición Universal, esto de la mano de Collboni. Para un sector de los estudios urbanos, decir que Barcelona es una ciudad que ha crecido a golpe de mega evento se ha convertido en parte del relato hegemónico sobre el desarrollo de la ciudad. Sin embargo, parece indudable que la celebración de grandes acontecimientos de tipo cultural, artístico, religioso o deportivo ha formado, y forma, parte del adn de la ciudad y de la forma que tienen de entender ésta sus dirigentes.

Echando un ojo a la historia reciente de Barcelona, el primero de los eventos dignos de mención sería la celebración de la Exposición Universal de 1888. Aún es posible notar su presencia en la ciudad: desde el Arc de Triomf hasta el propio Parc de la Ciutadella, pasando por el Passeig de Lluis Companys como gran arteria urbana contemporánea. La idea de celebrar este tipo de exhibiciones había nacido en 1851 en la Inglaterra de la Revolución Industrial y el despegue capitalista cuando la, cada vez más consolidad, burguesía inglesa decidió exhibir su enorme poder a través del despliegue de una Gran Exposición de los Trabajos de la Industria de Todas las Naciones. Barcelona fue la siguiente ciudad en acoger un acontecimiento de tales características, no en balde, la capital de Catalunya llegó a alcanzar una enorme concentración de actividad industrial, de forma que parte de su entramado urbano fue conocido como el Manchester catalán.

El siguiente evento destacable es la organización de la Exposición Internacional de 1929. En esta ocasión, la transformación alcanzó parte de la montaña de Montjuïc. La Plaza de Espanya o las actuales instalaciones de la Fira de Barcelona, entre otras, son hijas de aquel momento. La enorme cantidad de población de otras partes del Estado que había acudido a trabajar en la industria de Barcelona o en la construcción del Metro, además de en la propia Exposición, y que ocupaba, con sus infraviviendas, parte de aquella zona, se vio desplazada, entre otros, a barrios de nueva creación, como Bon Pastor, con el consecuente obtención de enormes plusvalías mediante la generación de procesos especulativos que beneficiaron enormemente a los prebostes locales con conexiones con el poder del Estado.

Un hombre toma una imagen con su smartphone de la Sagrada Familia, en Barcelona. REUTERS
Un hombre toma una imagen con su smartphone de la Sagrada Familia, en Barcelona. REUTERS

La ciudad habría de esperar a después de la Guerra Civil, en concreto a 1952 y al Congrés Eucarístic, para poder celebrar su siguiente gran acontecimiento. Con él, las élites franquistas buscaron cierto reconocimiento internacional, así como, de nuevo, transformar parte de la ciudad. Las inversiones se centraron, en esta ocasión, en la apertura de las Avenidas Príncipe de Asturias y Josep Tarradellas, y en monumentalizar parte de la Gran Via y la actual Plaça Francesc Macià. Se creó, también, un nuevo barrio: el actual Congrés i els Indians, en el Distrito de Sant Andreu.

Sin embargo, nada de esto podría compararse al evento de los eventos, la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992. Aunque la idea de llevar a cabo una celebración de tal dimensión ya había pasado por la cabeza del exalcalde franquista Josep Maria de Porcioles (el cual había llegado tarde a la fiesta del Congrés Eucarístic), hubo que esperar a la llegada de la democracia y a la legitimidad que esta otorgaba a las nuevas instituciones y poderes locales para poder desplegar tan enorme metamorfosis de forma desconflictivizada. Hoy día no es una exageración decir que existe una Barcelona de antes y después del 92. La ciudad, que abrió sus puertas al mar y fue capaz de poner en marcha una serie de potentes e importantes infraestructuras, como las Rondas, creó también un nuevo barrio, la Vila Olímpica, epítome del anti-tejido urbano y representante manifiesto de aquello que se ha venido en denominar ciudad dormitorio. La zona, actualmente, cuenta con una de las rentas familiares disponibles más altas de Barcelona, a gran distancia de barrios vecinos como el Besòs, del mismo Distrito. La deuda generada por la celebración de las Olimpiadas, de más de 5.500 millones de euros de presupuesto y financiado en un 66% por las administraciones públicas, principalmente, el Ayuntamiento y el Estado, no se acabó de pagar hasta el año 2009, es decir, más de 17 años después de su celebración, con el consiguiente apalancamiento y restricción de inversiones necesarias a nivel local.

Y eso sin sumar la ruina que supuso el Fòrum de les Cultures, enorme inversión en cemento y hormigón que ha dado lugar a una de las zonas de menos intensidad de uso de la ciudad: la Zona Fòrum. Sin embargo, la actuación sirvió para romper con la consideración de Barcelona como una ciudad consolidada, quebrar la continuidad de su entramado y crear un nuevo, elitista y diferenciado barrio en la ciudad, Diagonal Mar, además de intentar esconder, tras una nueva fachada urbana, barrios como La Mina.

Los proyectos de renovación y planificación urbana implementados como origen y resultado de la celebración de estos eventos manifiestan, además, otra característica: que la historia urbana de esta ciudad es, principalmente, la de unas élites, políticas y económicas, que han tratado de moldearla a su imagen y semejanza. Cualquier intento de dividir su historia urbanística, al menos la más reciente, en etapas más o menos consistentes –con fabulosos pasados de urbanismo progresista incluidos- o en función de la escala de la intervención, choca con el evidente carácter de clase de estas grandes transformaciones, las cuales han ido ahondando en las diferencias y desigualdades de los diferentes grupos sociales que conforman la ciudad. Barcelona es, cada vez más, un mosaico social y espacial, entre otras cuestiones, debido a estas intervenciones.

Por eso, cualquier propuesta de celebración de un mega evento (sea una olimpiada o una Exposición Universal) debe ser tomada con bastante cautela. Barcelona tiene enormes problemas (falta de vivienda asequible, bajos sueldos, saturación y privatización de espacios urbanos, etc.), como para retomar dinámicas que abundarían en los mismos. No podemos olvidar que los grandes eventos en Barcelona han sido, y serán siempre, una cuestión de clase.