Otras miradas

Con las manos manchadas de sangre

Máximo Pradera

La frase de la semana ha salido de la boca de Pablo Casado, como una idea regurgitada y mal digerida que el líder del Trifachito hubiera escuchado a Mayor Oreja: Sánchez prefiere manos manchadas de sangre a pintadas de blanco. Durante unos instantes pensé en escribir algo sobre la última patochada del ahijado político de la Triple A (Aznar, Aguirre, Aravaca), pero luego pensé que mis siempre agudas reflexiones le iban a dar demasiadas pistas a este insensato de por qué sus declaraciones son un craso error de campaña. Recordé la frase de Sun Tzu y su Arte de la Guerra (nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error) y decidí ignorarle. ¿Sabrá El Muecas lo que son manos manchadas de sangre? En la música abundan, y como soy de mente retorcida y macabra, me he animado a evocar tres de las más chocantes.

El presidente del PP, Pablo Casado, durante la presentación en Barcelona del programa de su partido para las próximas elecciones generales. EFE/Andreu Dalmau
El presidente del PP, Pablo Casado, durante la presentación en Barcelona del programa de su partido para las próximas elecciones generales. EFE/Andreu Dalmau

¿Quién no se acuerda de la escena de El Guateque en la que un Peter Sellers con la vejiga a punto de reventar se cruza con una chica angelical que canta y toca la guitarra delante de un grupo de invitados? Esa actriz no es otra que Claudine Longet y pocos saben que en 1976, ocho años después de aquella divertida escena, se cepilló a su novio de un tiro. Si Longet consiguió librarse de una severa condena fue debido a dos factores: en primer lugar, la defensa a ultranza que de ella hizo en el juicio su exmarido y padre de sus tres hijos, el cantante Andy Williams (¡Es un ángel del cielo, señoría! ¡La relación con su novio era fantástica, no tenía motivos para asesinarle!), y sobre todo por las meteduras de pata de la policía de Aspen, que le extrajo sangre a la sospechosa y confiscó su diario sin mandamiento judicial y luego entregó el arma del crimen a un falso experto en balística. El diario de la meliflua asesina demostraba que se llevaba a matar (nunca mejor dicho) con su novio, pero no pudo ser usado en el juicio y Claudine solo fue condenada por homicidio imprudente a 30 días de cárcel y una pequeña multa.

Manos manchadas de sangre (de la propia, en este caso) tuvo también el músico preferido del Rey Sol, Jean Baptiste Lully, que llegó a ser secretario de Luis XIV. En el siglo XVII no se había inventado aún la liviana batuta de director de orquesta y Lully marcaba el compás con un pesado ton de direction, que no era otra cosa que una barra de hierro con empuñadura de oro, rematada con un rubí, con la que daba golpes en el suelo. En un descuido, Lully se atravesó el pie con su bastón, la herida se le infectó y como el músico mantuvo hasta el final su fantasía de ser bailarín, se negó a que le cortaran la pierna y falleció de gangrena.

Inquietante fue también la muerte por suicidio de Kurt Cobain, cantante y líder de Nirvana. Una mañana de abril de 1994, un empleado de una empresa de seguridad llegó al chalet del rockero para instalar unas alarmas. Llamó al timbre y nadie contestó. La puerta estaba abierta y el empleado asomó la cabeza. ¿Sr. Cobain? ¿Sr. Cobain, está Vd. ahí? Nadie respondió. El hombre se adentró en la vivienda en busca de su propietario hasta que al llegar a una habitación que había sobre el garaje, se encontró al músico tendido en el suelo.  Ni yacía en un charco de sangre, ni tenía la cabeza destrozada. Al principio pensó que estaba dormido. Al reclinarse sobre el cuerpo para tratar de despertarle, el operario vio un pequeño reguero de sangre saliendo de uno de los oídos. Sobre el pecho tenía una escopeta y en un jarrón de flores que había sobre la mesa, halló una nota de suicidio. A pesar de ello, algunos siguen insistiendo en que Cobain fue asesinado.

Y seguro que Pablo Casado piensa que fue Pedro Sánchez y lo soltará en el mitin final de campaña.