Otras miradas

Tiempos (re)modernos (3): Infraestructuras

Isabel Martín Piñeiro

@impineiro

La rutina, desde que sales por la puerta camino de la empresa hasta que llegas a casa después de tu jornada, es inevitable. A menudo pasas más tiempo en el lugar de trabajo que en tu propia casa. Es hora de que empieces a aceptar la puñetera realidad

La Gran Corporación. Ilustración: Aleix Gordo Hostau / www.aleixgoho.com
La Gran Corporación. Ilustración: Aleix Gordo Hostau / www.aleixgoho.com

Las mañanas fatídicas en las que no quiero ir a trabajar y durante una fracción de segundo pienso en llamar y decir que estoy enferma, pongo a todo trapo el vals número 2 de Shostakovitch. Aunque ahora no os venga a la cabeza, lo conocéis seguro, se trata de una bonita melodía de folclore eslavo que se repite una vez tras otra. ¿Moldeáis endorfinas con canciones? Esos días me pregunto por qué no nací rica. Yo, por ejemplo, habría sido una millonaria de primera calidad, la Anti-Cristiano Ronaldo de la gestión financiera: sin gastos exorbitados absurdos, me mantendría alejada de Panamá o Andorra, tributaría lo máximo con mucho gusto, no acumularía más de lo necesario para vivir una sola vida como una reina y bajo ningún concepto destinaría un céntimo a rayos UVA. Pero no, tengo que trabajar. No hay nada más de pobres que madrugar.

Salgo del metro y me topo con la grandeza de Glòries y sus rascacielos, parece Europa. "Barcelona es diferente, son los más cosmopolitas de España y eso se nota", pienso. Me dirijo hacia avenida Diagonal: a la izquierda, un centro comercial con su cine y sus restaurantes de comida japonesa y pisci-vegetariana. A la derecha, la sede de Facebook. Un edificio impresionante acabado en punta redondeada cuyas ventanas se iluminan a modo de guiño según banderas y celebraciones. Al lado de la oficina, el aparcamiento del Bicing, la infraestructura pública de bicicletas. Detrás del centro comercial y precediendo a la gran calle Diagonal, obras. Hay grandes planes para el barrio. Hasta aquí la primera vez que suena el motivo central del vals.

Al día siguiente cojo el Bicing por varias calles levantadas y tengo que sortear a un par de abuelas porque el paseo es mucho más estrecho de lo habitual debido a las obras. Me insultan. Llego a la oficina, uno de los 10 rascacielos casi idénticos que siguen al de Facebook. El tema suena otra vez. Hoy pedaleo insegura porque los frenos no funcionan bien. Tengo que tomar una calleja secundaria por la que habitualmente no hay bicis ya que la de siempre está cortada. Me vuelvo a encontrar con un grupo de miembros de la tercera edad. Caminan muy lento, agarradas una a la otra, ocupando el total del ancho del corredor y obligan a los transeúntes a seguir su ritmo. Les pido permiso. Me reprochan. Esta vez me excuso y les explico que no tengo culpa de que el ayuntamiento haya cerrado el otro camino. Me insultan. Aparco. La Torre Agbar ahora se me asemeja un poco a un supositorio. Llego al trabajo y veo a un montón de gente entrando. Mucha. Subo por las escaleras, cada planta es exactamente igual a la siguiente, 70 cubículos gemelos y mucha gente nueva sentada en cojines grandes porque no tienen sillas. Enciendo el ordenador y envío emails. Ally a mi izquierda me mira: "Que no me entere yo que alguien no lo pasa bien, ¿eh? Aquí al disfruti, gozándolo".

Vuelve a sonar el estribillo. Cojo la bici una vez más y al llegar a la plaza hay un mercadillo callejero que suele estar detrás pero que hoy han desplazado al corazón de Glories por las obras. Tantas personas y mantas que termino el camino a pie con la bici. Cojo el móvil y voy a la página web del proceso de transformación de les Glòries donde explican en qué consiste.  La "Fase 5 de los túneles viarios" en la plaza se trata de una serie de paseos subterráneos para acoger el tráfico y un parque en la superficie. La página tiene imágenes del futuro, una simulación. Adjudicaron el proyecto en 2010 y está previsto que terminen en 32 meses. En una de las visitas de Danny De Vito al Madrid ladrillero del 2001, nos deseó que encontráramos el tesoro; si se paseara por Glòries mañana nos preguntaría si estamos construyendo las Minas de Moria. Subo las escaleras y antes de entrar en el despacho voy a la salita común. ¡Guau! Dos neveras y una cafetera. Y también hay pósteres nuevos. Cojo un vaso de agua de la fuente dispensadora y voy a la puerta. Al pasar la tarjeta para que me dejen entrar en la oficina suena un pitido breve y la lucecita de la caja del código se enciende, roja. No puedo acceder. Qué raro. Lo intento una y otra vez en varias puertas sin éxito. La chica de formación nos contó que un compañero se enteró de su despido porque su tarjeta no funcionaba. Pánico. Alguien desconocido (no es raro, con tanta contratación), se acerca y abre la puerta con su tarjeta. Entro y la oficina está cambiada, al igual que el espacio común con las dos neveras y una cafetera. Me he equivocado de planta, es una más arriba pero son iguales. Voy a la mía, no le comento a nadie este episodio bochornoso y empiezo a mandar emails. Dimitri, joder, me pones la cabeza como un bombo. Vuelve a sonar el estribillo. Distintos instrumentos, misma melodía. No me engañas.

A la derecha, tras salir del ascensor, está la sala común con una nevera, un tablón y un dispensador de agua mineral. El agua del grifo de Barcelona no es exquisita, así que algunos rellenan una botella de 2 litros y se la llevan a casa cada día. Hay un par de platos y cubiertos que en su mayoría no pertenecen a nadie, suelen ser cosas que la gente se deja. Hay excepciones. Hace no mucho, Ally y yo nos encontramos una nota encima del tarro de los cubiertos: "A la persona que ha cogido mi cuchillo y no lo ha devuelto voy a darle un margen de una semana para que lo devuelva y haremos como si no hubiera pasado nada".

En el tablón se encuentra la información relativa a convenios y a sindicatos. Estos últimos no tienen mucho éxito en La Subcontrata, principalmente porque aquí se hablan decenas de idiomas y la mayor parte del personal habla castellano con dificultades o no lo habla en absoluto. Además, todo el mundo está de paso y los trabajadores no se quedan el tiempo suficiente en la empresa o en el país como para considerar implicarse. De hecho, según datos aportados el profesor Godino (Godino, 2017) sólo el 10,90% de los teleoperadores se afilia a un sindicato. Eso sí, se nota que muchos de nosotros venimos de la rama de humanidades o artística, ya saben, profesiones con salidas: publicistas, periodistas, filólogos, cinematógrafos, pintores, músicos, diseñadores de ropa… Los gráficos de los sindicatos tienen un nivel altísimo. Por ejemplo, uno de los colectivos ha elegido este trimestre La Guerra de las galaxias como tema de campaña. Para llamar a la afiliación tienen un cartel en el que aparecen una nave imperial y el Halcón milenario con el mensaje "¿Imperio o Rebelde?". Con el acoso sexual también son explícitos: un cartel con Chubaca tocándole un pecho a Leia. Alguien contestó enseguida pegando un post-it: "El acoso sexual no es un chiste". Otra cosa no, pero Barcelona es una de las ciudades mundiales del marketing. Su capacidad para lanzar mensajes a multitud de niveles, desde multinacionales de publicidad hasta las calles, es impresionante. Pongamos como ejemplo la guerra iconoclasta que se vive desde el 1-O. Alguien pinta un lazo amarillo en una pared. Una segunda persona se acerca y pinta otro lazo en el medio de color rojo, resultando en los colores de la bandera rojigualda. Un tercero viene y rodea el lazo con color morado: bandera tricolor. Y, recientemente, hay un cuarto que se dedica a poner una V antes del lazo y una X después, formando las siglas de VOX. Fascinante.

Volvemos a salir del ascensor. Las puertas que hay enfrente dan a las oficinas. Una gran sala dividida en dos espacios por la sala de formación y reuniones. La planta está repleta de cubículos, cada uno con su teléfono, ordenador, cascos y cajonera de plástico. Todos en esta planta compartimos un chat donde el elemento estrella son los gifs. Hace unos meses, uno de los gerentes preguntó por el chat si alguien había cogido sus tijeras. De repente, la gente empezó a publicar un aluvión de minivídeos: Eduardo Manos Tijeras cortando un arbusto, un cangrejo caminando para atrás abriendo y cerrando las pinzas, dos robots jugando a piedra, papel o tijera, un ninja haciendo una llave de pinza sobre la cabeza de otro… "No me explico que haya alguien que os aguante", respondió. Cuando acabábamos de mudarnos a la planta nueva, el espacio más allá de las dos salas estaba vacío así que alguien preguntó qué se quería hacer con él. Veinte respuestas en un minuto. "Una salita de café", "neveras y microondas", "un robot de cocina", "billares", "una coctelería profesional", "un ejército de Oompa Loompas", "un órgano de iglesia". Y así siempre.

En definitiva, se trata de un rascacielos gris perfectamente olvidable con paredes de color gris metalizado. Si alguna vez os da por analizar vuestra relevancia profesional pensad en una matrioshka. Digamos que por encima de todo está Superman, luego La Gran Corporación, que, junto con otras semejantes, mueve los hilos de la política a nivel global. La Gran Corporación contrata determinados servicios a otras grandes corporaciones alrededor del mundo entre las que se encuentra La Gran Subcontrata, una multinacional alemana que tiene edificios en muchos países y que a su vez recluta a otras empresas para que gestionen la seguridad, la limpieza, la cocina, la informática… El CEO de La Gran Subcontrata probablemente esté a punto de disfrutar de su prejubilación en Mallorca y tiene directivos que gestionan cada una de sus sedes. Estos tienen designados gerentes de alto nivel para distintos departamentos que gobiernan un edificio entero: gerente de operaciones, de recursos humanos, de relaciones públicas… Por debajo de estos, hay ejecutivos que están a cargo de un cliente en concreto como La Gran Corporación. Cada cliente puede a su vez tener asalariados tantos proyectos distintos con La Gran Subcontrata como considere. Por ejemplo, La Gran Corporación tiene un proyecto para Producto Tal, otro para Producto Pascual y otro para Producto Maragal. Un proyecto, como nuestra oficina, cuenta con uno o dos jefes y varios profesionales de nivel senior como la formadora, la analista de calidad o el experto en procesos. Luego estamos el resto. Los rusos, ya sea componiendo o haciendo artesanía, describen bien las infraestructuras.