Opinion · Otras miradas

El futuro inminente de España según Platón

Aarón García Peña

Presidente de la Agrupación de Retórica y Elocuencia del Ateneo de Madrid

Aarón García Peña
Presidente de la Agrupación de Retórica y Elocuencia del Ateneo de Madrid

Hay una idea que recorre España desde hace algunos años: “hace falta un nuevo líder que defienda los verdaderos intereses del pueblo”. Se la he oído decir, como si de una liturgia globalizada se tratase, a todo tipo de votantes y votados. Resulta difícil que a ti, lector, no se te haya pasado por la mente postura semejante y no hayas buscado por tus alrededores a alguien que cumpla tales requisitos para salvarnos a todos. Pues bien, Platón, como un eco que se escucha cada vez con inferior volumen mas no pierde exactitud en su mensaje, nos dice algo que resulta diferente y contagioso.

En su libro República —evítese el artículo, por favor—, Platón trataba de entender las diferentes formas de ocuparse de lo público —res publicae o “asuntos públicos”—. Diferenció cinco periodos que se sucedían ordenadamente, de modo ininterrumpido, como en un círculo que impide la posibilidad de que exista un gobierno inamovible:

Gobierno de sabios o una dictadura de la inteligencia que recuerda, en parte, al despotismo ilustrado —ese “todo para el pueblo pero sin el pueblo”—, y que estaría formado por personas bondadosas que no se dejarían dirigir por las bondades de sus gobernados; y que, por descuido o inadvertencia, cesarían de procrear más sabios que los sustituyeran, viéndose en la necesidad de acudir a los militares para prevalecerse, quienes acabarían haciéndose con el poder.

Oligarquía timocrática, en la que los militares se encargarían de los asuntos públicos organizando el país como si de un campamento militar se tratara —con jerarquía, mando y obediencia—. El Estado se dedicaría a lo mismo para lo que esencialmente se emplea lo castrense: conquista territorial y obtención de botines de guerra, los cuales recibirían como herencia sus descendientes directos.

Oligarquía plutocrática, en la que los asuntos públicos se quedarían en manos de los poseedores de la riqueza. Quienes se crían en la opulencia, mayoritariamente trabajan para incrementarla; afianzándose así la división entre ricos y pobres hasta que llegase un día en que la situación se tornara insostenible.

Democracia. Los asuntos públicos pasarían a manos del pueblo al rebelarse éste contra su pobreza. Urge decir que Platón entendía la democracia no como un sistema estable, sino como una revolución de las clases más desfavorecidas cuando éstas resultaban muy mayoritarias; y que, independientemente de nuestros propios empujones o modos de evitarla, ésta surgiría de modo natural y progresivo.

Tiranía. Como consecuencia de que, tras el levantamiento democrático, cada uno interpretaría la ley a su gusto; prevalecería el interés individual, el desorden se convertiría en norma —anarquía— y el Estado estaría a punto de desaparecer. El pueblo, harto de abandonarse, se entregaría a un hombre al que confiaría el encargo de restablecer la unidad y el orden; no existiendo, como consecuencia, la ley sino la mera voluntad de un individuo —tirano— que decide conforme a sus intereses y caprichos.

No pude sino ceder a la tentación de incorporar este modelo que formuló Platón mediante la observación de las culturas contemporáneas y anteriores a la suya, a la historia actual de Argentina, Alemania y España. Tomando ahora como ejemplo el más cercano, posiblemente empiece a parecerte más sencillo lo que antes pudiera resultarte tan complejo:

Según Platón —ahora mi interpretación del mismo—, los dictadores de la inteligencia, esas personas nobles y exquisitamente formadas que gobernaron con bondad y cierta autosuficiencia, fueron nuestros políticos de la república; que, fracasando en la culturización integral de la ciudadanía, se apoyaron en los militares para preservar el poder. Y fue un militar de dicha república quien, protagonizando un Golpe de Estado, hizo de España un campamento militar rodeado de tumbas. Los descendientes directos de estos militares, heredaron el expolio económico e institucional producido durante treinta y nueve años de galones y sotanas. Por esto último, nuestra Transición no fue a una democracia sino a una plutocracia, la codiciosa manera de entender la cosa de lo público.

¿Hace falta ahora, entonces, un nuevo líder que defienda los verdaderos intereses del pueblo? Según Platón, no tocaría el tirano —revísese el orden—, no es momento de esperar al salvador que ponga orden a la desestabilizada democracia; según Platón, tocaría la democracia, la pulcra y combativa democracia.

Ahora bien, si tú, español, después de leerme interpretando este apunte del siglo IV a. de C., estás pensando en excusarte en él para derramar tu sangre y la de quienes se te pongan por en medio; tenlo en cuenta: tras el levantamiento popular, llegará la tiranía. Y ahora bien, si tú, futurible tirano o esperanzado del mismo, estás imaginándote felices tus propias mezquindades que ocultabas hasta ahora por vergüenza; tenlo presente: después de la tiranía, volverán los dictadores de la inteligencia para consagrarte entre las sombras de tu anterior escondite.

Platón se decantó, de entre sus cinco posibilidades enumeradas, por la dictadura de la inteligencia; decía ser la única forma de Estado que podía dotar al hombre de justicia. Yo, a sabiendas de que le llevo la contraria saltándome su orden de gobiernos establecido, opto por su misma opción pero para el presente inmediato de España. En esto no me diferencio de mis otros compatriotas: como el timócrata, el demócrata o el tirano; no esperaré a que llegue el turno de lo que más merece mi cariño.