Opinión · Otras miradas

Tiempos (re)modernos (4): Plantilla

Los compañeros de trabajo no se eligen, pero para mí son sin lugar a duda lo mejor de La Gran Corporación. Con sus más y sus menos, la gente con la que curro es mi familia durante 8 horas al día. Más me vale intentar entenderlos y tratarles lo mejor posible

La Gran Corporación. Ilustración: Aleix Gordo Hostau / www.aleixgoho.com
La Gran Corporación. Ilustración: Aleix Gordo Hostau / www.aleixgoho.com

En la Gran Subcontrata se distinguen varios perfiles, no excluyentes entre sí. En primer lugar, el Cachorro. Acaba de llegar y suele tener cuidado para no destacar. Callado la mayor parte del tiempo, le da miedo pedir vacaciones y tarda en madurar unas 3-4 semanas. Tras la fase de transición a la vida adulta, si todo se desarrolla sin sobresaltos, lo habitual es que forme parte de la media, caracterizada por cumplir sin destacar y relacionarse con la plantilla relativamente bien.

El Cotilla Posverdad es una desviación del trabajador medio. Opinará a menudo sobre la profesionalidad de los compañeros. “Enfermo no, lo que está es de bajaciones”. “No es por no echarle una mano, pero no se entera de nada y está siempre de cafés”. La voluntad de ayudar del Cotilla Posverdad suele ser inversamente proporcional a su diarrea verbal. “Me parece que entre el gerente y Paquita hubo algo y ahora la ascienden”.

Existe un sujeto que te encuentras en todas las esferas de la vida y también en La Gran Corporación: el Trepa. Se trata del individuo que quiere ascender a cualquier precio y que en trabajos precarios adquiere un matiz especialmente cutre porque no hay mucho que ganar. El Trepa era esa persona más o menos brillante de tu cole que siempre tomaba apuntes, pero que jamás se los prestaba a nadie. Trepa podría sacrificar un miembro poco importante de su cuerpo, no sé, el meñique del pie izquierdo, a cambio de un ascenso. Imagínate de lo que es capaz de hacerle a sus compañeros de trabajo. “Este hombre es muy duro, no sé lo que le habrá tenido que pasar en su infancia para ser así”. ¿El Trepa nace o se hace? ¿Qué va antes: el huevo o la gallina? ¿Diferencia entre el bonito y el atún en lata? Nunca lo sabremos. Al Trepa se le debe decir lo siguiente, con tranquilidad y sin dejar de mirarle a los ojos: “Chaval, esto es un callcenter”, “Chaval, trabajas en McDonalds”, “Chaval, el restaurante no es tuyo”, “Chaval, cobras 900 Euros”. Ningunearle con amabilidad. Lo que le pasa a este infeliz es que en el fondo no ha entendido la metáfora de la matrioshka. Ve un “ellos”, los directivos, y un “nosotros”. Cree que cuando le dan un puesto de gerente tercero forma parte de ellos, aunque cobre 50 euros más que nosotros, y trabaje el doble. Lo que está creando sin darse cuenta es una tercera categoría laboral: ellos, nosotros y los que alimentan la maquinaria de La Gran Corporación.

Hay dos personajes que no son dañinos pero que será difícil ver en un piquete. En primer lugar, el pijo pobre, que entiende que La Gran Corporación es una empresa, no una organización sin ánimo de lucro, se creó para generar beneficios. Hay que saber ceder, no puede ser que lo queramos [los trabajadores] todo. “Si se diera el bonus por sistema no habría incentivo para trabajar”, dirá. El salario neto que paga La Gran Corporación no da para vivir con holgura en Barcelona, el bonus es necesario; además cobramos doce pagas en vez de catorce. ¿Bonus o etiquetar como regalo algo que deberíamos percibir? Por su parte, el Agradecido es ese compañero que sabe que la situación está muy mal y que al menos tenemos trabajo. A menudo viene de un país en vías de desarrollo o con una situación política complicada. Tiene razón, en la República Democrática del Congo las cosas van peor. Comentaba un artista que antes de ser famoso enlazaba contratos basura en cadenas de alimentación y call centers. Se había licenciado en Filosofía, uno de los nuestros. El entrevistador le recordaba que al menos tenía trabajo. Estoy segura de que si le preguntaras, este mismo presentador diría algo tipo “a mí no se me caen los anillos, si tengo que trabajar en una fábrica, lo hago”. Una situación en la que seguro que se ha encontrado o encontrará en algún momento de su vida, de ahí el apunte. Los jóvenes de hoy no aguantamos nada.

El Loco, que en realidad es el más listo, lleva la vida laboral mejor que nadie porque le da la importancia justa. “Bienvenidos a La Gran Corporación. Antes de empezar un poco a contaros quiénes somos y lo que hacemos, me gustaría que cada uno se presente brevemente”.

  • Hola, me llamo Aisha, tengo 28 años y soy de Pakistán. Hablo francés, hindú e inglés, y espero aprender español.
  • Yo me llamo Celine Melyn, soy de Rumania y llevo 3 años en Barcelona. Trabajé para Proyecto Q en 2016.
  • Mi nombre es Ally, vine a Barcelona porque hace unos meses, saliendo de fiesta por el centro de Glasgow, alguien metió una pastilla en mi bebida. Pensé que quizás me vendría bien un cambio de aires.

Funcionan a su ritmo, sin contagiarse por el sentir general. Sentaos a su lado porque os mantendrán cuerdos, un contrapunto ante el corporativismo enajenante.

Cuando uno trabaja de lo suyo o en un puesto para el que postuló como primera opción suele encontrarse con compañeros con los que comparte intereses o un perfil similar. Saber navegar es sólo cuestión de práctica. En este tipo de trabajos de batalla llegas a una oficina en la que te encuentras con un grupo heterogéneo de gente, cada uno de su padre y de su madre, que siempre está cambiando. Lo primero que aprendí, sin que nadie me enseñara, fue a participar de dinámicas que sortean conflictos. Al Trepa o Trepas, si los hay en ese momento, se les ignora. La broma es el recurso por antonomasia. Cada vez que Ally y yo hablamos de política y llegamos a un punto muerto, pregunto al compañero francés, que siempre responderá lo mismo: “Guillotina”. Los clichés étnicos y políticamente incorrectos se han convertido en un estímulo interesante. Todas las tardes, Aisha viene a nuestra mesa y dice “vengo a hablar, ya sabéis que los morenitos somos unos vagos”. Cada vez que robo chocolate de los taquilleros Celine me dice “qué, haciéndote la rumana, ¿eh?”. Tenemos estipuladas como mafias “la venezolana” y “la irlandesa”, al ser los grupos más numerosos. A Ally le suelto a menudo un “cállate, rosadete” o “Dicen que los pelirrojos no tenéis alma”. Avergonzamos con lo mismo a un irlandés muy jovencito alto, musculado y de ojos azules: “Tú no te tienes que preocupar, eres demasiado guapo como para que te despidan”. El chico inglés que crea los procesos sólo sabe decir “hasta luego, boludos” porque tiene una novia argentina, así que todos los días nos llama gilipollas. “Tengo que confesaros algo, chicos, soy negro”, nos mira Bob muy serio. “¿No hablarás en serio?”, le responde el venezolano. “¿Qué quieres? Soy española, vivo para el paro”. “Adisa, cuéntales lo de la carne de caracol de tu país, que tiene el tamaño de un filete”.

Decía Irantzu Varela que el humor, para que tenga buen gusto, debe dirigirse hacia uno mismo y hacia arriba. Nosotros entendemos el hacia uno mismo como un hacia nosotros mismos. Chistes de brocha gorda para quitar hierro e invitar a los demás a estar tranquilos y a no preocuparse por decir cosas inadecuadas. El tema de las despedidas es bonito. Hay un italiano que antes de salir por la puerta dice “bueno, chicos, ha sido un placer cortar y pegar con vosotros”; el 80% de nuestro trabajo consiste en dar a control +c y control +v.

La fauna de La Gran Corporación es variada. ¿Qué clima de insatisfacción o situación concreta tendría que darse para que la mayor parte de la oficina mostrase rechazo? ¿Y para que lo hiciese públicamente? Probablemente sea muy difícil llevar a cabo alguna acción colectiva, y la gente lo sabe, por ello surgen estos mecanismos para que la jornada se suceda lo mejor posible.