Opinion · Otras miradas

El tañido de la campana Emmanuel en Notre Dame

Javier López-Astilleros

Documentalista y analista político

Cuenta la tradición que la catedral de Nuestra Señora de París, a orillas del Sena, fue construida sobre una Iglesia y un antiguo templo romano dedicado a Júpiter, y que aún antes, los druidas celtas celebraban allí sus ceremonias en Semana Santa y otras fechas señaladas.

El culto mariano, y el deseo de Tierra Santa, generaron un movimiento extraordinario de piedad. Los caballeros francos adoraban a una gran dama inalcanzable. Una virgen María celestial. Esa era la esencia del espíritu de las catedrales. Las prodigiosas obras de Nuestra Señora comenzaron en 1163, y terminaron después de cientos de años. Tal vez aún no han acabado.

Todo el pueblo estaba involucrado en la construcción de estas catedrales. En Nuestra Señora de Chartres (a 80 kilómetros de París), el servicio divino de los carros involucró a todo el pueblo. Miles de personas transportaban sobre sus lomos todo tipo de materiales. Robert de Torigny escribió: “Se vio por primera vez en Chartres a fieles engancharse a carros cargados de piedras, madera y  trigo, y a todo lo que podía servir para la construcción de la catedral, cuyas torres se elevaban por encanto…hombres y mujeres se arrastraban por marismas fangosas,  celebrando con cantos de triunfo los milagros de Dios ante sus ojos”.

Vista de la Catedral de Notre Dame tras una ceremonia en el ayuntamiento en París. EFE/ Michel Euler
Vista de la Catedral de Notre Dame tras una ceremonia en el ayuntamiento en París. EFE/ Michel Euler

Este era el espíritu de las catedrales. El deseo de piedad y redención, y la voluntad de una Iglesia. “…¿Quién ha visto jamás en todas las generaciones pasadas, quien ha oído decir jamás, que tiranos, príncipes señores poderosos en el siglo, hinchados en honores y riquezas, que hombres y mujeres nobles de nacimiento, hayan  inclinado sus cabezas orgullosas y altivas, se hayan atado a los tiros de carros, como bestias de cargas….?”, escribió el Abad Haimon de Sant Pierre.

La tensión de la Iglesia de las cruzadassu dinamismo, y la impresión que causó el contacto con Oriente y Al Andalus en el imaginario galo, se vio reflejada en todo su universo simbólico-artístico. La pesadez austera de sus estructuras y ornamentos, se transformaron en una luz prodigiosa que atravesada las vidrieras,  y en apuntadas agujas celestiales.

Pero el pasado día 15 de abril, los turistas veían perplejos una gran pira funeraria iluminando el Sena, como quien observa petrificado los cadáveres arder sobre el Ganges. De inmediato, el ciudadano universal se llenó de pesadumbre, aunque su inquietud duró unas horas: la catedral iba a ser reconstruida.

Hubo quien señaló a los enemigos de la cristiandad como los responsables, e incluso se denunció la aparición de una figura inmutable, en las proximidades del incendio. Resultó ser una escultura de una virgen pétrea del todo inofensiva.

Emmanuel Macron ha sacado a concurso público internacional la erección de su aguja y techo. El presidente francés se siente comprometido, porque es un caballero contemporáneo. Se enamoró de Brigitte, su brillante mentora y profesora decenas de años mayor que él. Y juró volver.

“En cinco años la reconstruiremos, y la haremos más hermosa”, dijo el presidente. También han propuesto que los eurodiputados donen su sueldo correspondiente a un día. Pero nadie se atará a un carro para mostrar su piedad. Bernard Arnaud (LVMH) y Henri Pinault (Artemis), los magnates del lujo francés, contribuyen con cientos de millones de euros. Es suficiente para evitar que la gleba y los aristoi arrepentidos arrastren piedras y maderos. El Ayuntamiento de París anuncia la liberación de 50 millones cautivos.

El incendio de Nuestra Señora provocó un efecto hipnótico en medio mundo, mientras innumerables asiáticos se preguntan a cuento de qué tanto escándalo, si todo se puede replicar.

No hay nada que temer. La estructura ósea de la catedral está en el ADN de los europeos. Somos un “pueblo de constructores”, dijo el presidente Emmanuel.

Un país que destruye tanto, tiene el deber de rehacer tantos destrozos. En 1793 los revolucionarios decapitaron las 28 esculturas situadas en la galería de los reyes. Representaban a los monarcas de Judá, es decir, a los monarcas franceses, que eran tan sagrados como los de Israel. Más tarde las testas fueron restauradas a su honorable tronco por Viollet-Le-Duc.

Volverán a tañer sus 6 campanas. La mayor de ellas se llama Emmanuel. Trece mil kilos sobre los plúmbeos cielos góticos de París, harán vibrar las aguas del Sena.

La sincronía de los sucesos también tuvo su correspondencia en Tierra Santa. Al Quds se quemó, aunque fue muy leve la réplica. El epicentro del incendio está en Francia, y se extendió a Jerusalén, casilla final del viaje europeo. Del cortocircuito en un andamio, a unos niños árabes que correteaban por la zona. Lo que no se sabe muy bien es a qué jugaban los muchachos.

Emmanuel Macron ha dicho que hará más bella la catedral. Del románico al gótico hay solo unos pocos pasos, aunque extraordinarios, pero del gótico a la era de Internet hay un abismo artístico. Nuestra Señora de París podría ser un holograma proyectado sobre una gran pantalla blanca. Una teleserie producida por Netflix, dedicada a la construcción de este prodigioso templo, con todo tipo de personajes e intrigas que se entrecruzan. Incluso una recreación en tiempo real del servicio divino de los carros. Muchos pagarían por ver a Bernard Arnaud doblar la cerviz como un nazareno. Poco importa el anuncio de transferencia bancaria al Elíseo.

Los cascotes simbólicos de esa bella catedral servirán para rehacer el espíritu libre y determinado del pueblo de las luces y el fuego devastador. Las maderas de robles que sostenían el techo, se pueden reponer con leños procedentes de los bosques góticos de las profundidades de Germanía.

Pero no existe posibilidad de mejora. Tan solo de réplica. Los asiáticos tienen razón. No se debe modificar lo que fue un templo perfecto, porque fue construido en un tiempo preciso por un ejército de devotos constructores.

A lo máximo que podemos aspirar es a un parque de atracciones.