Otras miradas

Debates musicales

Máximo Pradera

Me ha faltado el debate a dos.

Eso, y también que algún comentarista político le aclare a la derechita cobarde (y a la valentona) que cuando el PSOE concedió el indulto a Armada (algo que la muy altiva, e ignorante, marquesa de Casa Fuerte le reprochó a la ministra Montero en un debate reciente), a Manuel Fraga le sangraban las manos de tanto aplaudir. Uno de los siete padres de la Constitución llegó a decir entonces (1988) que tras el precedente de la reinserción de terroristas, hay que conceder el indulto a toda persona que lo pida. ¿A qué tanta matraca entonces con no concedérselo a los catalanes jamás, jamás y exigirle a Pedro Sánchez que jure sobre la Biblia y en Santa Gadea que los ¿golpistas? se pudrirán en la cárcel por los siglos de los siglos?

En música clásica sí que existe el duelo a dos; es más, no tengo noticia de que haya existido un duelo a tres a cuatro o a siete, como hemos visto últimamente en la televisión.

Johann Sebastian Bach.
Johann Sebastian Bach.

El de resultado más claro fue el no duelo que mantuvieron J.S. Bach y un clavecinista francés llamado Louis Marchand en Dresde, en el año 1717. El rey de Sajonia le había escuchado tocar durante una visita la ciudad y quedó tan fascinado que le ofreció un puestazo en la corte, amenazando así la posición y el prestigio del primer violín de la orquesta, otro gabacho llamado Jean–Baptiste Volumier. Llevarle la contraria al rey era impensable, por lo que Volumier urdió un artero plan para librarse de Marchand, que además de muy buen músico era un arrogante insufrible. Convenció al monarca para que organizara un duelo musical entre el recién llegado y J.S. Bach, cuya fama como virtuoso en Alemania era casi tan grande como su no fama como compositor. Ambos músicos, que no se conocían, aceptaron encantados.

La mañana del día del duelo, Marchand escuchó a escondidas el ensayo de Bach y llegó a la conclusión de que jamás podría hacerle morder el polvo. Su rival dominaba el estilo francés tanto como él, pero además improvisaba en estilo italiano, en alemán… Bach era una puta máquina de tocar el clave. Para evitarse la humillación de ser masacrado ante el rey por semejante portento, Marchand subió a su diligencia horas antes del duelo y recorrió a uña de caballo y en sentido inverso los más de mil kilómetros que le separaban de París. Todo ello, sin haber tocado una sola nota y después de haber robado las 500 monedas de plata que el monarca había ofrecido como premio al ganador.

El duelo se convirtió, eso sí, en un fabuloso concierto y los asistentes pudieron disfrutar durante horas del talento del que quizá sea el mejor músico de la historia. Bach jamás fardó en público de este episodio, pero Marchand hizo correr el bulo de que no había huido por cobardía, sino porque la nostalgia de su Francia natal se le estaba haciendo insoportable.  Ni siquiera Alberto Carlos Rivera, que después de haber jurado y perjurado que jamás apoyaría a Rajoy le hizo presidente, se hubiera atrevido a inventar una excusa tan patética.

Otro debate musical que sí tuvo lugar y que se saldó con un tremendo varapalo para el perdedor fue el que entablaron un jovencísimo Beethoven, recién llegado a Viena, y el pianista de moda en los aristocráticos salones de aquella época, un checo llamado Joseph Gelinek (mi nom de plume cuando escribo thrillers musicales). Como Beethoven venía de Bonn, es decir, del otro lado del Rin, los nobles vieneses lo consideraban un cateto y el abate Gelinek prometió a sus incondicionales que haría picadillo de aquel insolente palurdo. Mientras se limitaron a tocar las propias obras, la cosa se mantuvo en un discreto empate, pero cuando llegó la prueba de improvisación (cada cual debía hacerlo sobre un tema que le había facilitado el otro), Beethoven, que sobresalía de manera especial en este campo, redujo a escombros el ego y el prestigio de su competidor y se ganó un buen puñado de enemigos en la Viena de los Habsburgo.

Hay otros duelos memorables que serían dignos de reseñar si quisiera esponjarme en este artículo: Handel contra Scarlatti, Clementi contra Mozart, Luis Cobos contra el buen gusto...pero esa, amigos míos, es, como le gustaba decir a Rudyard Kiplling, otra historia.