Otras miradas

Censurar o no censurar. What’s the question?

Pilar Aguilar Carrasco

Analista y crítica de cine

Hace poco saltó (de nuevo) el debate sobre qué hacer con los cuentos clásicos: Cenicienta, La bella durmiente, Caperucita, etc. y más recientemente aún, el del despido de David Suárez por sus twists.

Por principio, no se puede exigir la prohibición de lo que, quizá con razones más que fundadas, rechazamos.

Y no sostengo tal posición porque comulgue con la loa a "la libertad", que cual becerro de oro, el neoliberalismo nos pide adorar como única divinidad, mientras oculta empecinadamente que la libertad sin igualdad es mera palabrería.

No, no vamos a sacrificar ante ese altar cualquier otro valor, porque, y sin ir más lejos, los derechos humanos deben prevalecer sobre la libertad de expresión. Y lo digo sabiendo que, a veces, puede ser complejo determinar si las opiniones (por atroces que sean) han de circular o si resultan realmente incompatibles con el concepto de humanidad que tan duramente hemos conquistado a lo largo de los siglos.

No ignoramos tampoco que las obras literarias y artísticas son hijas de su tiempo y arrastran (en mayor o menor grado, claro está) propuestas ideológicas y morales que hoy rechazamos.

Pero creo que el dilema no debe plantearse entre estos dos términos: censuralos o recomendarlos.

¿Qué hacemos, pues? No tenemos  respuestas fáciles, pero sí algunos criterios.

El primero: la calidad. No es igual aconsejar o desaconsejar la lectura de Quevedo que la de un escritor igualmente misógino pero mediocre.

El segundo: dentro de la obra de un autor, optar por lo más acorde con los valores que hoy queremos trasmitir. Así, yo recuerdo que en mis años de niñez y adolescencia nos hacían leer algún cuento del Conde Lucanor. ¿Cuál? No aquel del hombre que se ahogó en un río por ir demasiado cargado con piedras preciosas, ni el de Saladino y la mujer de un vasallo suyo, no. El que no fallaba era el cuento XXXV: Lo que sucedió a un mancebo que casó con una mujer brava. Y, por supuesto, sin acompañarlo de la mínima reflexión crítica. Nadie nos preguntaba "¿Qué juicio os merece un hombre que elige esposa solo porque es rica? ¿Por qué ha de servirlo su mujer si él no está imposibilitado? ¿Pensáis que planteamientos así, aunque modernizados, siguen existiendo?". Etc. etc.

El tercero: ¿los niños y jóvenes solo deben acceder a historias modélicas? Veamos ¿de qué nos habla Pulgarcito? De padres que venden (versión Grimm) o abandonan (versión Perrault) a sus hijos. Aunque no actúan así por maldad sino acuciados por necesidades económicas, el cuentecito nos hiela la sangre. Tentamos estamos de declarar que nuestros niños no pueden oír semejantes horrores porque, además, esos dilemas ya no son actuales (¿no son actuales? ¿y los vientres de alquiler?). Pero ¿acaso los niños de hoy no temen el abandono? (objetivamente justificado o no) ¿No necesitan un relato (Pulgarcito o similar) que externalice esos miedos y les dé una resolución que los tranquilice?

El cuarto: para preservar a la infancia y a la adolescencia de planteamientos que consideramos nefastos (racistas, machistas, xenófobos, violentos, crueles, etc.) no basta con impedir que tengan acceso a ellos en el ámbito escolar o en casa.

Así, por ilustrar con ejemplos referidos al terreno que mejor conozco, la ficción audiovisual: hoy, un humano, desde que nace, está confrontado a las pantallas, inmerso en ellas. Estas lo educan emocional e imaginariamente, le dicen lo que es posible y lo que no, le predican sobre la sexualidad, sobre cómo vencer sus miedos, cómo pactar con los otros humanos, cómo entender e interpretar lo que los rodea, etc. etc.

La inmensa mayoría de esos adiestramientos con los que son bombardeados no vehiculan valores innovadores, progresistas, feministas. Más bien al contrario.

¿Qué ha de hacer el sistema educativo? Ciertamente promover y favorecer el visionado de otro tipo de ficciones, aquellas que, abriéndoles puertas y ventanas mentales, les inoculen el deseo de horizontes nuevos, les ayuden a formar criterios artísticos, enriquezcan y complejicen su visión del mundo.

Pero con eso no basta porque ellos y ellas viven (y vivirán) rodeados de ficciones atroces y reaccionarias. Les vetamos La Cenicienta, pero ¿qué pasa con Pretty Woman, la nueva versión del cuento, que es, sin duda alguna, mucho más peligrosa?

Es decir, que como señaló Celia Amorós, para avanzar es preciso irracionalizar las propuestas de la ideología dominante.

Debemos, pues, armar las mentes de niños, niñas y adolescentes, dotarlos de espíritu crítico. Tal cosa no se consigue ignorando lo que hay. Por el contrario, deben practicar la reflexión distanciada, ser capaces de desmontar los mecanismos con los que esas narraciones operan. Es decir, hay que confrontarlos críticamente con lo que lo rodea y de lo que se nutren.

Aunque, por supuesto, insisto, esto no se contrapone sino que complementa la necesidad de educarlos con relatos que les inoculen el deseo de buscar un horizonte nuevo donde insertar el guion de su propia vida.