Opinion · Otras miradas

El desactivador de minas que no pudo pagar lo que debía

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Fakhir Berwar es un militar que se dedica a desactivar minas. Es el protagonista absoluto del documental Pendiente de un hilo (Hogir Hirori, 2017), aunque bien podría titularse Sin aliento o La banalidad de la vida y la muerte. Grabó con el ejército iraquí durante años horas de combate real, y cientos de actuaciones en campos minados.

En muchas secuencias le encontramos con unos alicates que apuntan al suelo. Vibran como la horquilla de un zahorí, cuando presienten la violencia silenciosa de las minas. Coge el cable adecuado y lo corta, “es el corazón de la mina”, dice refiriéndose al detonador. Su uniforme está limpio. El sol de la insignia de su uniforme apunta hacia las raquíticas plantitas verdes de un antiguo campo de cultivo, hoy inculto y sembrado de odio.

El coronel Fakhir Berwari se toma un descanso al lado de un montón de minas terrestres desactivadas.
El coronel Fakhir Berwari se toma un descanso al lado de un montón de minas terrestres desactivadas.

Fakhir conoce donde están los explosivos camuflados con el medio. Comprende el modo de operar de los fantasmas de Daesh. Sus enemigos, proceden del mismo pueblo, y son muchos los años de guerra intermitente. La muerte de Sadam no evaporó su ejército, ni acabó con el apoyo de parte de la población. El relato de los muchachos del imperio se vehiculó a través de la prensa atlantista, y algunos creyeron que iba a ser suficiente con derribar la estatua del antiguo aliado del evangelismo violento.

El desminado requiere una gran concentración. La intuición de Fahkir es prodigiosa. Dibuja un mapa del horror en las noches de pesadillas, y durante el día se dedica a recorrerlo con sus pinzas metálicas y su cojera. Con una frialdad absoluta, entra en un camión abandonado y cargado de explosivos, o desentierra una mina en las cunetas de Mosul con un viejo pico, que se sale del mango una y otra vez, y que coloca con la misma insistencia en el raquítico palo, mientras los chiquillos esperan a cierta distancia el último reventón. ¿Quién puede aguantar siete explosiones y un cuerpo mutilado lleno de metralla?

¿Por qué lo haces?. “Odio que la gente sufra, los niños, hombres y mujeres inocentes”, responde. Una tierra tan corrompida tiene que ser la más minada también. El rencor es así. Habita en las entrañas, y pasa desapercibido tras una mirada informal. Las minas y los explosivos ocultos son el resentimiento de quien desea el exterminio de varias generaciones. Estallan en las manos y los pies de inocentes sin nombre, por eso solo personas anónimas pueden desactivar estos artefactos.

En Las tortugas también vuelan (Ghobadi, 2004) niños imposibles pero reales juegan en campos minados. La sobriedad y la devastación del paisaje humano en la más absoluta nada, corroído por la estupidez de la guerra, no es lugar para la exuberancia selvática, ni las imaginaciones del realismo mágico. Fakhir observó miles de veces la mirada confusa y hermosa de las niñas, en medio de un campo de furia y fuego.

Es evidente que Fakhir no es un burócrata, ni un funcionario que cumple con un horario de guerra, por eso le imploran a deshoras que limpie sus casas de los explosivos de los salafistas. Él accede, porque sabe que sin la familia no hay esperanza ni vida. Al fin y al cabo es el núcleo de paz al que casi todo el mundo aspira, desde que el hombre se instaló en las llanuras del Tigris y el Éufrates. Luego ese estilo de vida se extendió por otros muchos lugares. Fue un consenso espontáneo.

La muerte le hace percibir su naturaleza de héroe. La sensación del fin inminente le mantiene vivo, por eso es un adicto al riesgo en situaciones extremas.

El desminador está solo. No lucha contra nadie durante sus recorridos mortíferos. Cada cable que corta es un puñado de vida incierta que regala a unos desconocidos.

Desactivar minas por dinero en esas condiciones es un absurdo, por eso cobra una miseria, y tiene que conformarse con una pierna de plástico, para disimular un muñón que le produce unos dolores que le martillean los nervios.

De algún modo Fakhir ha reconocido lo esencial, pero para eso hace falta ser audaz y tener un punto de temeridad. Sobrevivió a 7 explosiones, y hoy es un héroe local con su imagen colgada en pequeñas tiendas y puestos de las ciudades del país.

El final es del todo previsible, pero el proceso es lo que provoca fascinación, sobre todo para los que podemos dormir en calma y paz.

El militar siente que debe algo. Y cuanto más da, más sediento de volver a liberar los campos. Minutos antes de desactivar una mina, recibe una llamada. “Podría haber estallado”, dice mientras mira al explosivo. ¿Cuándo me vas a pagar?, se escucha. “Dentro de dos días”, responde el desactivador del odio y el rencor. ¿Puede un individuo así pagar lo que debe? ¿Tiene los suficiente alguien que se siente en deuda permanente?

Odiar que la gente sufra no es lo mismo que amar, porque la guerra para los inocentes consiste en evitar el dolor y esperar a la siguiente generación.