Opinion · Otras miradas

Habitantes del museo neoliberal

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Los turistas suben a una cueva después de recorrer durante todo el día el valle. Las sombras abrazan las escarpadas paredes del cañón, atravesado por una carreterita de tierra estrecha y profunda. Todo es tranquilidad, hasta que el sonido de una destartalada moto rompe el silencio del valle. Se apresura antes de que la oscuridad llene el espacio, pero cuando el individuo observa las dos figuras, se detiene. Saca una pequeña bolsa de plástico, y sube la cuesta hasta llegar a la oquedad.

El personaje aparece serio, y no media palabra. En la bolsa trae un pequeño hornillo que enciende con sus manos entumecidas. Vuelca un poco de agua y un puñado de té y azúcar en una tetera de latón y lo calienta, para servir luego un chorretón ardiente de la infusión en unos pequeños vasos gruesos y opacos. Nos miramos, sorbemos en silencio durante unos minutos, acabamos el té, recoge sus cosas, y se despide con un saludo de mano, para marcharse rompiendo la quietud con un gran eco.

Durante unos instantes disfrutamos del sabor del tiempo como algo vivo y vibrante. Un individuo incógnito, un indígena colonizado, nos enseñó algo sin articular palabra: la generosidad y el valor de tiempo flexible, una variable sometida al reino de la subjetividad.

Sin embargo el día a día es una unidad de medida cuantificable, un tiempo objetual que a medida que se consume, desaparece, como si ardiera en una gigantesca pira cartesiana.

Todos los países postcoloniales tienen algo en común: la extinción del tiempo personal  y comunitario, lo que implica el fin de los ecosistemas. Son correlativos. Toda dinámica de explotación comercial afecta a las especies y al hábitat humano. La destrucción del tiempo como experiencia personal, es sustituida por una repoblación reglada y ordenada de todas las naturalezasLa magia del medio temporal y su gente en el área poscolonial está casi extinguida, pero su conservación ahora es necesaria para mantener la buena salud competitiva del sistema productivo.

El deseo de mantener con vida al individuo-naturaleza es egoísta. Es necesario que habite su medio, con el objetivo de que pueda mantener algunas áreas boscosas más o menos incólumes, para reducir la contaminación o la deforestación. Después de ridiculizar al sujeto colonizado, con el objetivo de explotar a las personas y su medio, algunos publicistas se han dado cuenta de que son imprescindibles para la supervivencia de los ecosistemas, y para mostrar su noble compromiso en defensa del medio ambiente.

Pero la realidad globalista ha creado un museo donde la explotación de la tierra o el subsuelo están en posesión de unas pocas marcas agrícolas y mineras, que se encargan de homogeneizar productos y genes.

El “mundo indígena” ya no se puede regenerar, tan solo conservar en una especie de impostura. El resultado es la ruina de la naturaleza junto con el tiempo subjetivo, que viene a ser una misma cosa.

Su mitología, los bosques, ríos, costas, y el universo de significados que los componen, están intervenidos por las necesidades de consumo, más una competencia feroz entre los necesitados/as.

El mantenimiento de una medina, un parque natural, o las pirámides de Giza, tiene objetivos únicamente mercantilistas. Y ahora los sujetos neo colonizados también, que deben de permanecer en su hábitat, y reproducir su condición de indefinición, entre un pasado borroso, y un presente angustioso.

Es natural la extinción del ser-indígena y sus especies, porque habitamos el tiempo como objeto. El resultado es que no hay espacio para la libertad.

Parar la rueda de la extinción produciría el colapso, y el clamor de innumerables piezas engranadas con una caótica precisión.

Los sujetos post coloniales no son un conjunto de emplumados en guerra con Jair Bolsonaro, ni de guerreros indios con cazadoras de cuero, casinos y banderas del imperio en las costas del Pacifico. Hay una inmensidad de estados intermedios que están en tránsito de consumación.

Los bosques, sus árboles cuantificables, las aves y las raras especies, los ríos con su vegetación, son consecuencia de un plan trazado en multitud de oficinas. Quedan libres de contaminación ingenieril algunos desiertos, y la superficie de los mares, aunque no exentos de bolsas radiactivas, y de una inmensidad de plásticos producidos por empresas a las que se rinde culto.

Es cierto que el tiempo subjetivo no pertenece a una geografía o a una etnia. De hecho, percibir la libertad del ser en el medio, sin ataduras ni prisas, es un principio universal y común, la fuente de la felicidad. Pero hemos llegado a una paradoja: proteger la diversidad implica desigualdad, y la igualdad en la renta per cápita, la inevitable extinción de la mayoría de las especies.

El fin (como objetivo) de la Historia es la reinterpretación de todas las historias, y la ausencia del tiempo inmensurable, el fin de los ecosistemas.