Opinión · Otras miradas

La ‘Ndrangheta de los toros

José Angel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

Otro San Isidro más con la matanza a cuestas, y pienso que desde que se nos fuera Joaquín Vidal ya no queda ni quien escriba con garra crónicas del ocaso de la tauromaquia, relatos sublimes de corrupción, decadencia y grosería de este espectáculo que agoniza.

Porque sin Vidal nos falta quien retrate con profundidad dramática la caída en el pozo sin fondo en el que se precipitan los taurinos, su angustia (tan humana) al ver cómo el chiringuito da muestras alarmantes de que se viene abajo; sin ese gran periodista nos falta quien se sorprenda, con afilada pluma, del recurso límite de toreros ahogados (o desahogados) de abrazarse sin pudor a la extrema derecha para intentar salvar el pellejo reseco de un cadáver antropológico; sin el testimonio de Vidal, no nos vamos a deleitar, con legítima crueldad, ante el espectáculo gore de ver la fiesta recomida de parásitos, eso sí, al vívido compás de un pasodoble.

El agotamiento de la tauromaquia es un hecho palpable, y el síntoma son los valedores que le van saliendo, como Calamaro, un tipo curioso que se ha arrimado a VOX, al igual que su vecino, Sánchez Dragó, básicamente porque no soportan que los pobres de Malasaña se les caguen en la misma puerta de sus casas, sin la higiene ni la consideración debidas. Y porque a ambos, de ingresos culturales poco regulares (tirando a magros), les ha pesado y mucho la loca oferta fiscal que lanza el amigo Santi.

Joaquín Vidal en el tendido de las Ventas. Foto de Claudio Álvarez.
Joaquín Vidal en el tendido de las Ventas. Foto de Claudio Álvarez.

Joaquín Vidal ya venía anunciando en los noventa que los toros se hundían por clamorosa podredumbre, y que los que la corrompían no eran los animalistas, sino los propios taurinos, que hoy siguen justificando el desafecto que entre los aficionados provocan sus apaños y escándalos echándole la culpa a los de PACMA.

De aquel aburrimiento mortal que provocaban las corruptelas de figuras, ganaderos y empresarios, la fiesta fue rescatada durante unos años por el entusiasmo españolista del PSOE de Felipe González que tomó cuerpo en la ronquera de Corcuera y su reglamento, herramienta que junto al Canal Plus y la labia mágica de Molés, hicieron un apaño de consistencia, pero que a la postre terminó por ocultar la profundidad de la avería.

Inventaron un espectáculo tecnológico de colores muy vívidos. En el tercio de varas la sangre surtía como un sifón de la cruz del toro: los espectadores eran invitados a distinguir matices infinitos que iban del negro profundo a las sutilezas del cárdeno; sobrecogidos, los televidentes veían sin posibilidad de intervención cómo el picador se volcaba sádico retorciendo adentro la puya con una carioca de pasmo: ¡todo retransmitido en vivo, con lente voladora para fascinar al pagador con los mil pormenores del crimen!

Sí, todo era visto en televisión con realismo apabullante de cámara súper lenta, una sofisticación técnica que ya hubiera querido para sí Rodríguez de la Fuente, y que dejaba para la posteridad la pregunta de si la razón por la que la espada de Enrique Muñoz penetraba hasta el puño con semejante dulzura, no sería porque el toro estuviese relleno de mantequilla.

Esa obscenidad estética como aberración de lo que nunca debe ser elevado a la categoría de espectáculo, incrementó sensiblemente la cifra del negocio, pero a la vez ocultaba las razones del fraude que denunciaba el crítico Vidal.

La fiesta de los toros se agota no por la (legítima) oposición de los animalistas, sino por la podredumbre que le rebosa, por los amaños y corruptelas, por seleccionar el ganadero un borrego engordado a gusto de las figuras, enriquecidas a costa de marear camadas de mansos que ni siquiera ponen en riesgo grave lo que haya en la taleguilla.

Estas fueron las razones de Vidal para diagnosticar el derrumbe, y que fueron recogidas después en un famoso artículo de quien fuera su digno heredero en El País, Antonio Lorca: El toreo, una mafia sin competencia.

Con Lorca estoy de acuerdo en todo… menos en el título y en descargar la suerte (algo más de la cuenta) en los aficionados. Creo que llamar mafia al negocio taurino es mucho decir: me resulta un calificativo muy cinematográfico, quizás demasiado. En realidad a ganaderos, empresarios y toreros no los veo a lo Coppola con el estilazo de ir dejando una sangrienta cabeza de caballo en la cama de Pablo Iglesias.

Yo los veo mejor como gente sin sofisticaciones superfluas, rústica y avisada, que cultiva una idiosincrasia sociológica alimentada en el clasismo y el repente cruel, que va muy loca, y a las que las corridas de toros, su valor estético o su cacareada pureza, en el fondo les importan una mierda tan grande como el sombrero de un picador: quieren la pasta, toda, cartel tras cartel, avariciosos sin escrúpulos como la mafia sí, pero la de Calabria, la tan temida `Ngrandheta.

A los taurinos les va más tirar de navaja al riñón del rival y comer queso de cabra a dos carrillos; les va abrazar con desespero a la extrema derecha y zurrar iracundos a los animalistas; pero sobre todo les pone evocar en sus reuniones celebradas en lo más profundo del latifundio, alejados de todo lo que huela a progreso o civilización, aquellos tiempos de gloria cuando la plaza de las Ventas estuvo rebosando hasta la bandera de rojos: el coso madrileño, que la historia se nos olvida, fue campo de concentración tras la toma de Madrid por Franco, destino que ellos entenderían justísimo para los que no queriendo ver la muerte del animal convertida en un circo repugnante, merecen sin duda que les destrocen la espalda con una carioca despiadada.

¡Son las fiestas de San Isidro: recordemos las crónicas de Joaquín Vidal, su integridad y su buena pluma!