Opinión · Otras miradas

¿Sueñan las reptilianas con camisas de seda?

Hace tiempo que vengo defendiendo la necesidad de limitar el sufragio universal en España por medio de un test de idoneidad votante (cfr. mi artículo Propaganda de guerra, publicado en estas misma páginas).  Para sanear la democracia y combatir la plaga de las fake news, habría que implantar lo antes posible un cuestionario con preguntas sencillas, de sí o no, en el que se evaluaría el grado de intoxicación informativa de todo ciudadano que pretenda ejercer su derecho al voto.

¿Cree Vd. que el calentamiento global es un invento para frenar el desarrollo de los rusos

¿Sigue pensando que el 11 M fue un atentado etarra?

Por medio de preguntas muy básicas, podríamos eliminar del censo hasta un 40% de la población, que es por mi experiencia, el número de indocumentados que van por la vida pensando que lo que publica Eduardo Inda en su panfleto es el Evangelio según Villarejo y lo que suelta Carlos Herrera con voz cazallera en la Cope cada mañana va directamente a misa.

El voto no solo debe ser libre, debe ser libre e informado. ¿Se puede conducir intoxicado etílicamente? No. Tampoco debería estar permitido votar al que ha ingerido la ponzoña de los citados agitadores mediáticos.

Pero aún más importante que reducir el derecho al sufragio activo es limitar el sufragio pasivo. Es urgente restringir la potestad para presentarse como candidato a cualquier elección cuando no se reúnen ciertas condiciones. Un gobernante (ya sea concejal, diputado o parlamentario europeo) toma decisiones que afectan a la vida y al bienestar de cientos de miles de personas. Por tanto, no es suficiente que, como en el caso del elector, demuestre que no está intoxicado. El elegible debería superar además un test en el que acredite la cualidad más necesaria en un político, esto es, la empatía, quizá el rasgo más importante de eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional. Obama abrazando en New Jersey a una señora que vio su casa arrasada por el huracán Sandy es una imagen excelente de todo lo que entraña ponerse en los zapatos del otro. Ese abrazo no solo consuela al que lo recibe, sino que alivia la angustia de todos sus semejantes al lanzar el mensaje de que nadie quedará desprotegido.

La candidata del PP a la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un desayuno informativo con el presidente del partido, Pablo Casado. EFE/Zipi
La candidata del PP a la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un desayuno informativo con el presidente del partido, Pablo Casado. EFE/Zipi

Ni qué decir tiene que la primera persona a la que sometería yo a un test de empatía sería Isabel Natividad Díaz Ayuso.

Han leído bien, Doña Atascos no solo tiene nombre compuesto, sino que a diferencia de Alberto Carlos Rivera, que se apresuró a simplificar su nombre en las listas del 28 de abril, donde había aparecido así por error, ella lo usa para encabezar la lista del PP a la Comunidad de Madrid. ¿Cómo medir el grado de empatía de Doña Atascos? Muy sencillo, empleando el mismo test que usaba Harrison Ford en Blade Runner para distinguir a un ser humano de un androide, o como en el caso, que nos ocupa, de una reptiliana.

Hagamos memoria. La pueba Voight Kampff solo requiere un aparato muy sencillo, que mide las contracciones del iris (la mirada permanentemente fija y ojiplática de la candidata es uno de sus rasgos más inquietantes) y atrapa partículas flotantes emitidas por el cuerpo mediante un fuelle siniestro, que late como el corazón de un insecto gigante. Las preguntas que hay que dirigir al androide o humanoide son aquellas que pueden despertar una respuesta emocional más intensa. A una persona como Isabel Natividad, que ha declarado en público que la mayor expresión de una sociedad libre es que una mujer se pueda ir de compras en el horario que le dé la gana, la primera prueba del test que le haría sería esta:

Es mediodía y va Vd. caminando por un desierto.

–¿Un desierto? ¿Qué desierto?

Es igual, es una situación hipotética.

Qué tontería, si es mediodía estaría en el barrio de Salamanca, he visto una blusa  de seda en Comptoir des Cotonnieres que necesito ya para lucir palmito en mi próximo mitin.

De acuerdo, está Vd. ante la boutique,  pero el cartel en la puerta dice cerrado.

–¿Por qué? Es mediodía, tiene que estar abierto.

El empleado ha tenido que llevar a su madre al hospital. Se quiere quedar con ella hasta saber qué le ocurre.

Es absurdo, él no es médico, solo puede ser un estorbo. Que vuelva y me abra.

Tal vez quiera prestar a su madre apoyo emocional.

–¿Apoyo qué? ¡No me toque las narices! ¡Que se venga jalando virutas! ¡Quiero mi blusa de Comptoir! ¡Quieroooo mi blusaaaa de Comptoooooooooooir!