Opinion · Otras miradas

Por qué me da vergüenza decir que soy abolicionista

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Tengo muy pocas certezas. Poquísimas. Puede sorprender porque a veces puedo parecer muy vehemente, pero realmente no estoy convencida de casi nada. A veces, sí. A veces, no. A veces no sé qué decir. Desde que llegué al movimiento feminista, desde que cayeron en mis manos los primeros textos y encontré las primeras referencias a distintas autoras, he transitado entre todas las posturas posibles en torno al eterno debate sobre la prostitución. He creído estar convencida de que la solución sólo podría pasar por la regulación y he encontrado la más absoluta de las certezas en la abolición. Ahora mismo (una de las faenas de escribir es que siempre te pueden volver tus palabras y arrepentirte de ellas), mi apuesta es más plástica. Creo que es urgente que nos pongamos a trabajar para construir una cultura abolicionista, en la que no se permitan las manifestaciones que promueven y legitiman la dominación sexual de los hombres frente a las mujeres sistemáticamente. Pero me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas. Tenemos que tratar de evitar que los chavales crezcan sabiendo que puedan acceder al cuerpo de las mujeres libremente por el mero hecho de tener 20 euros en el bolsillo. Me gustaría generar lógicas culturales en las que las mujeres aparezcamos representadas como sujetos de nuestros cuerpos, de nuestros deseos, de nuestra maternidad, de nuestra sexualidad. En definitiva, de nuestras vidas. Pero me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas.

Me gustaría saber que estamos trabajando por construir una sociedad en la que ponemos límites a los abusos; una sociedad en la que se buscan soluciones para la mayoría vulnerable a riesgo de limitar en la libertad individual de alguien; una sociedad en la que las mujeres no barajan su sexualidad como opción de compra-venta. Entiendo que, en este contexto de neoliberalismo atroz en el que nos movemos, el sexo puede entenderse como carga de trabajo, pero me gustaría que no fuera así. La frustración de los hombres, su mala gestión emocional y su pésima relación con la sexualidad, lejos de solucionarse con activismo o terapia, se arregla con 20 euros de mierda. Este es el riesgo. Pero me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas.

Sí. Tengo alma abolicionista. Las pocas prostitutas que he conocido han elegido entre muy pocas opciones y yo, desde luego, jamás me atreveré a cuestionar sus decisiones, pero no me parece, ni muchísimo menos, liberador ni empoderante ver cómo los hombres pasean por las Cortes (la calle de prostitución de Bilbao), miran a las mujeres como si fueran trozos de carne, se acercan, se ofrecen y nos follan un poco a todas. No. Definitivamente, tengo alma abolicionista, pero me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas.

Estos días se está moviendo por redes sociales un vídeo de una manifestación abolicionista por el barrio del Raval, en Barcelona, una zona en la que muchas mujeres ejercen la prostitución. Mientras las prostitutas pedían respeto y denunciaban el racismo que se esconde detrás de muchos discursos abolicionistas, un centenar de personas hacían oídos sordos a sus palabras y seguía adelante con su itinerario. No se me ocurre de qué manera se podría ser más déspota. Uno de los problemas del abolicionismo es, precisamente, que hace oídos sordos a las críticas, parece impermeable, incapaz de ver las estructuras que evidencian y denuncian. Por eso me da tanta vergüenza decir que soy abolicionista porque yo abogo por una abolición cultural de la prostitución, pero me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas.

La prostitución es un sistema de dominación estructural, político, social y cultural, ¿qué sentido tiene entonces manifestarse en el Raval? ¿A quién se está señalando así? ¿A quién y qué se denuncia? ¿A se quién daña? Esa protesta no estaba convocada por prostitutas.  Si así fuera, estamos hablando de otra historia. Pongamos un ejemplo para que se entienda mejor: un grupo de trabajadores y trabajadoras denuncia la situación de precariedad en la que se encuentran en su empresa y pide apoyo social. Se convoca una manifestación en la puerta de la fábrica y acuden cientos de personas. Bien. Sigamos con el ejemplo: un grupo de personas, al margen de las y los trabajadores, deciden manifestarse en la puerta de una fábrica mientras las personas a las que quieren defender piden que se marchen de allí bien porque esa situación de precariedad que se denuncia no es tal, bien porque prefieren utilizar otras herramientas para esa lucha o creen que es mejor denunciar otras situaciones más allá de la precariedad. Las y los manifestantes hacen oídos sordos a sus demandas y siguen adelante con sus protestas. Raro. Mal. No. Así. No.

Esto del feminismo a veces es un club un poco ridículo. Los grises no molan nada en un movimiento que, sin embargo, promueve los colores. Acabo este texto pensando que mis compañeras, las que luchan tanto para que se reconozcan los derechos de las prostitutas, van a creer que mi postura es moralista (de el abuso de este adjetivo hablaremos otro día) y sabiendo que el sector más abolicionista creerá que soy una infiltrada, una de esas que no acaba de mojarse ni de comprar por completo el kit ideológico. Claro. Bueno. Qué le vamos a hacer porque yo lo único que tengo claro es que me opongo radicalmente a cualquier postura que implique el señalamiento y la estigmatización de las prostitutas. Desde un sentimiento abolicionista y consciente de que la batalla es cultural.