Opinion · Otras miradas

Por qué me enorgullece decir que soy abolicionista

Paula Fraga

Jurista e integrante de Mujeres por la Abolición

Este artículo es una respuesta al publicado por Andrea Momoitio titulado Por qué me da vergüenza decir que soy abolicionista.

El pasado 11 de Mayo, en Barcelona, tuvo lugar la Primera Marcha Abolicionista en España. Mujeres de diferentes organizaciones feministas marchamos para exigir la abolición de la prostitución y la prohibición global de los vientres de alquiler. Ambas prácticas conforman, respectivamente, la explotación sexual y reproductiva de las mujeres y niñas. Son instituciones patriarcales que apuntalan y perpetúan la opresión sexual y que consecuentemente, debemos tratar de abolir, si queremos una sociedad de seres humanos cuya dignidad y derechos sean reconocidos.

Concienciar sobre ello y luchar activamente por el reconocimiento de estos derechos son las intenciones que han promovido la Marcha Abolicionista. Sin embargo, tanto en días anteriores como en posteriores, hemos tenido que escuchar que nos mueven diferentes motivos. Las convocantes somos un grupo apartidista, nuestra única militancia es la feminista y estamos decididas a desarrollar cuantas acciones sean necesarias hasta conseguir la abolición de la prostitución y la prohibición global de los vientres de alquiler.

Nos mueve el respeto a los derechos humanos, la creencia que de las mujeres no somos objeto de comercio y, de que no existimos para el servicio sexual ni reproductivo  de quien pueda pagarlo. La vida de las mujeres prostituidas es una historia de expulsión. Las expulsan de sus entornos familiares y sociales, las privan de sus propias vidas, las despojan de su humanidad. Esto es lo que estamos denunciando y esto es, con lo que queremos acabar. Este es, ni más ni menos, el propósito de la Marcha pasada y de las que vendrán. Cualquier otra interpretación de nuestras intenciones es solo eso, una interpretación, una opinión errada que corregiremos vehementemente, porque no tenemos más causa que la paz de las mujeres.

Leía, con estupefacción, un artículo de alguien que se decía con «alma abolicionista», en el que se afirmaba que marchar por las calles del Raval donde las mujeres – según sus palabras- ejercen la prostitución fue una provocación, que fuimos allí a estigmatizarlas y señalarlas. En primer lugar, las abolicionistas sabemos que la prostitución no se ejerce porque no es un trabajo. Las mujeres en prostitución son explotadas sexual y económicamente. No negamos que alguna mujer esté en prostitución teniendo alternativa, pero la excepción no se puede elevar a categoría general y por eso, no admitimos que se llame trabajo a lo que para la inmensa mayoría de mujeres es violencia sistemática, tortura. Además, con la expresión «ejercer la prostitución» se crea una realidad alternativa a la verdadera, diferenciando trata de seres humanos con fines de explotación sexual, de la prostitución, como si lo primero fuera lo malo, el crimen a erradicar y lo segundo, lo correcto, un trabajo como otro cualquiera; cuando lo cierto, es que trata y prostitución son realidades indisociables que se nutren recíprocamente.

En segundo lugar, y siguiendo con la crítica referenciada, es rotundamente falso que marcháramos por las calles del Raval para estigmatizar a las mujeres prostituidas. La razón de ser, la causa primera y última del abolicionismo es la liberación de las mujeres prostituidas. Tenemos perfectamente ajustado el foco, señalamos al putero y al proxeneta como responsables directos y copartícipes de la situación de explotación sexual y económica de las mujeres y niñas en prostitución. Y esto es lo que hemos hecho en las calles de Barcelona: ir a los lugares donde someten y vejan a las mujeres a decirles que basta, que se acabó su impunidad, que vamos a cerrar su negocio criminal y que las mujeres nacemos y debemos morir libres. Estas fueron nuestras consignas. Y con nosotras estaban varias activistas francesas y la superviviente de prostitución Rosen Hicher, que llevaron a cabo en Francia y otros países Marchas abolicionistas.

Rosen Hicher estuvo en situación de prostitución durante 22 años y es una de las más incansables activistas por la abolición, que muchas hemos conocido. Ha vivido la tortura en sus carnes y supongo que nadie, con un mínimo de decencia intelectual y emocional, le diría que con sus acciones pretende estigmatizar a las mujeres que ahora padecen, lo que ella sufrió antaño. Por tanto, esta crítica es una afirmación interesada, tiene por finalidad deslegitimar a la causa abolicionista. Es un clásico argumento regulacionista que rebatiremos cuantas veces sea necesario, porque obedece a la más pueriles de las tergiversaciones, tratando de enfrentarnos con quienes defendemos. Y no se trata, como aluden algunos, de ir de salvadoras sino de clamar por una sociedad sin explotación, sin esclavitud. Otros/as decían que esta protesta no es válida por no estar convocada por mujeres prostituidas. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿qué clase de ficción pretenden presentarnos? Las mujeres prostituidas están en los burdeles, en los pisos, en los polígonos y en las carreteras, en su inmensa mayoría destrozadas física y emocionalmente. Lean sino sobre las consecuencias que la prostitución acarrea en los cuerpos y mentes de las mujeres y escuchen a quienes lo han atestiguado y luego, díganme cómo mientras son víctimas de esta violencia, podrían pugnar por algo más allá que por su propia subsistencia.

El abolicionismo, como cualquier movimiento que pretenda crecer y mejorar y, las mujeres que luchamos por su instauración, como cualquier persona que pretenda ser parte de una causa, admitimos críticas. Asumimos que debemos debatir para mejorar nuestros postulados, porque se trata de establecer medidas que acaben con la esclavitud de millones de mujeres y niñas y por supuesto, no es fácil. Escucharemos a quienes, de buena fe, tengan algo que decir sobre nuestra teoría y nuestras acciones prácticas. Ahora bien, con las críticas malintencionadas que mienten sobre nuestro cometido y que nos achacan actitudes que frontalmente rechazamos, no podemos hacer otra cosa que desmentirlas y negar su aceptación.

Una no puede, como leía entre este tipo de críticas, decir que es abolicionista y afirmar a continuación que ello le avergüenza. Como todas, podemos cometer errores, pero si algo podemos estar las abolicionistas, es orgullosas. Orgullosas de lo que defendemos y de llamarnos a nosotras mismas abolicionistas. Orgullosas porque pugnamos por la erradicación de la opresión sexual. Orgullosas porque luchamos por una vida digna y libre de explotación y sometimiento.

Estamos orgullosas porque caminamos hacia la liberación y la paz de las mujeres; porque vamos a abolir la prostitución y nuestra herencia será una sociedad más justa.

Por todo esto, me enorgullece decir que soy abolicionista.