Otras miradas

Industria, empleo y límites ecológicos: el último 'round' empieza en Cádiz

Juanjo Álvarez

Área de Ecosocialismo y Ecología de Anticapitalistas

En estos días de ideas electorales indiscriminadas, se presenta la que es probablemente la propuesta más fuerte para abordar la transición socioecológica. No es poco decir, en un tiempo en el que la palabra sostenibilidad se ha degradado a un ritmo proporcional al agravamiento de la crisis, y en el que los partidos que hacen bandera de lo "verde" fomentan macro operaciones inmobiliarias y caracolean a la hora de hablar del cierre de las nucleares. La reconversión ecológica es un tema central, y no puede pasar por una cuestión de gestos de las que tanto entusiasman a los sectores "progres", ni se puede reducir a una nueva guerra cultural por la apropiación de significados. Pongamos las cosas claras; hay un consenso científico más que solvente y una posición bien formada por parte de los ecologistas serios que muestran acuerdo en la centralidad de crisis socioecológica. Pero si nos creemos esto, tenemos que dejar de pensar en bicicletas, y olvidar el imaginario de los huertos en en la terraza. La transición ecológica pasa por proponer un nuevo modelo social, que incluya y someta el sistema económico para rendirlo a las necesidades sociales. Desde esta perspectiva, industria, energía, empleo, comercio internacional y transporte los puntos aparecen como los elementos centrales.

Mientras no asumamos que son los puntos clave de nuestra economía los que dominan e impiden una auténtica transición, no habrá posibilidad de entender el conflicto real que subyace a la transición. Y así es como entramos en dilemas impostados y envenenados como el que rodeó al Ayuntamiento de Cádiz durante el año pasado (a pesar de que no tiene competencias en nada que se refiera a los astilleros, de titularidad estatal) en los que se planteaba la obligación infame de elegir entre conseguir carga de trabajo para los astilleros en los que trabaja la mayor parte de la población y renunciar a producir armas para un país como Arabia Saudí, inmerso en una guerra terible contra Yemen. Se trata de falsas elecciones: hace décadas que el proyecto de astilleros está en una vía muerta, y hace décadas que las trabajadoras reclaman una nueva orientación. La crisis ecológica y concretamente la imprescindible de transformación de nuestro sistema energético sólo hacen más visible una cuestión que está necesidad, como evidencia el hecho de que pocos meses después del acuerdo con Arabia Saudí, los negocios de Navantia vuelvan a estar en riesgo, en este caso por la reacción de la administración norteamericana tras la retirada de una fragata del Golfo Pérsico. La vía militar es una huída hacia delante cogida con pinzas que ni puede mantenerse ni debe ser una elección fatal para sostener el empleo de las clases populares.

Quienes toman las decisiones deben apuntarse aquí una primera lección: no se puede obligar a la gente a elegir entre la guerra y el hambre. Pero también una segunda, y muchas más, y es que hay vías obtener nuevos modelos de trabajo y producción, y que estos se hacen imprescindibles en tiempos de transición. La solución pasa por proyectos que unan la capacidad de generar una industria que incluya a todas las trabajadoras y les dé el espacio para ganar su vida dignamente, y la orientación a un modelo en el que el beneficio empresarial no sea la guía de la actividad. Ambas cuestiones, es evidente, se complementan. El proyecto que se ha presentado estos días para Cádiz es una apuesta en esta línea: producción de insumos para energía renovable, ampliación de la actividad productiva y reorientación hacia sectores tal vez menos rentables pero más sólidos, más ecológicos y más enriquecedores para la población.

La industria del estado español, y en general, de toda Europa, está en situación crítica debido a la globalización, y no hace falta saber mucho de economía para darse cuenta de que esa externalización de la producción ha causado tanta pérdida de trabajos y precarización en los llamados "países desarrollados" como explotación y formas de semi-esclavitud en el resto de países. El neoliberalismo es una máquina de producir daño social en todo el planeta, y ahora se enfrenta a la decadencia impuesta por su incapacidad para dejar de devorar el medio ambiente en el que se produce la vida. Las trabajadoras de Cádiz, como las de Vigo, Asturias, León, saben bien que el límite ambiental y la degradación laboral estaban ahí desde hace décadas y los poderes políticos y económicos persistieron en la dinámica de explotación. Antes de que todo el sector industrial se hunda, necesitamos una revolución del empleo y de la industria para que la transición ecológica esté dotada de materialidad, esto es, que asuma la necesidad de una conversión profunda del sector productivo y de los criterios de mayoría social. Por todo esto, no es sólo necesario un proyecto como el de los Astilleros de Cádiz: es imprescindible, y es imprescindible que sean muchos más.