Otras miradas

Rural is the new sexy

Diana López Varela

Periodista

Que lo rural es sexy es algo que venimos sabiendo desde hace años las que hemos tenido la suerte de criarnos en entornos alejados de las grandes urbes, con colegios de extrarradio en donde jugábamos a cazar mariquitas y sapos (para luego liberarlos) y domingo de aldea con dos tazas de caldo de grelos. La población de Galicia, aunque ya es eminentemente urbana o semiurbana (un 70% de los habitantes se concentran en la quinta parte del territorio), está fuertemente vinculada al rural en donde casi todo el mundo tiene raíces. En Galicia, si no tienes aldea, te prestamos una. El ascensor social aquí no se mide por tener una segunda vivienda en Pontevedra o en Vigo, sino una buena casa en las afueras de la ciudad, en la que puedas disfrutar de tu jardín, de tu huerto y de varias gallinas ponedoras. A las viviendas unifamiliares aquí nadie les llama chalets, a no ser que seas un imbécil o un madrileño, que es como se conoce a todo habitante de Ponferrada hacia el este (lo segundo lo perdonamos, lo primero no). Muchos de esos madrileños desconocen que el huevo de casa se valora muchísimo en Galicia, tanto o más que el propio marisco, y el excedente sirve para tender puentes con hijos, amigos y vecinos, y para tener una cena improvisada siempre en la nevera. Muchos jóvenes y no tan jóvenes están volviendo ahora a las aldeas que un día abandonaron sus padres con proyectos autogestionados en su mayoría, sostenibles y respetuosos con el medio ambiente. Desde la ganadería a la agricultura ecológica, hasta el nuevo turismo rural o la hostelería de pequeño alcance, el rural de Galicia ofrece más posibilidades que la explotación lechera y la agricultura extensiva que lleva décadas cercenando nuestra flora y nuestra fauna con cada vez menos réditos para los propios trabajadores del campo.

Lo rural es tan atractivo que hasta tenemos nuestro propio Festival de Cine de Cans (perros, en gallego) que se celebra estos días en una diminuta aldea de 500 habitantes en el concello de O Porriño (Pontevedra) y que nada tiene que envidiarle al francés, el de Cannes. Cans, que empezó siendo un pequeño festival de cine independiente, fundamentalmente de cortometrajes, junto a otros 500 asistentes en su primera edición, en el año 2004, y quince años después es una de las citas culturales con más solera de Galicia. En la pasada edición reunió a 13.000 asistentes y dio trabajo a más de 100 personas durante los días de las proyecciones. Las películas aquí no se ven en salas aisladas del ruido ni en cómodas butacas, sino que se proyectan en los galpones de los vecinos, una especie de cobertizos que el resto del año se utilizan para guardar la cosecha y la maquinaria agrícola. La parroquia entera se vuelca y los chavales de la organización se compenetran con las señoras para que todo salga fetén. Cualquier espacio se aprovecha para dar cabida a las cada vez más numerosas actividades paralelas del festival: gallineros, casas abandonadas o a medio construir, hórreos o fincas del vecindario, cualquier edificación es susceptible de acoger alguna actividad perruna. Los cortometrajes y los largometrajes de ficción se intercalan con documentales, videoclips, animación, exposiciones o actividades para niños.

Los chimpines, pequeños tractores muy usados en el minifundismo gallego, pasean estos días a las estrellas que se pelean por ser fotografiadas a bordo de uno de estos vehículos descapotables conducidos por los propios paisanos. Desde Isabel Coixet a Juanma Bajo Ulloa, Kiko Veneno, Luís Tosar o Rodrigo Sorogoyen y Hannes Stohr este año, nadie se resiste a los encantos del agroglamour, la tendencia antipostureo que se respira desde que una pone un pie en Cans con más posibilidades de pisar tierra que delicadas alfombras rojas. Los tacones están fuerísima del dress code.

La primera vez que fui a Cans lo hice acompañada de mi colega y amigo Ángel de la Cruz, guionista y productor de cine, para hacer un work-in-progress de la película en la que estábamos trabajando en aquel momento. Ese año descubrí que además de por el cine, Cans brillaba por su romería y por su música en directo. La romería de los casettes sirve para demostrar quien tiene flow y quien no, porque en Cans también se baila y se canta al compás de grupazos que no se arrugan y tocan en escenarios campestres. Este año la música la ponen, entre otros grupos locales, Marlango, Wyoming y los Insolventes y Budiño.

Los artífices de esta maravilla son las personas de la Asociación Cultural Arela y el guionista y director Alfonso Pato que un día, por la broma del nombre del pueblo, decidió que algo había que hacer para competir con los franceses. Alfonso Pato, que curiosamente ahora vive en París, se ha convertido en el Elon Musk de la dinamización cultural en el rural y, junto a su equipo, trabaja todo el año para mantener el espíritu de Cans de forma intacta con un gran respeto por el entorno y las dinámicas de la aldea.

En Cans, coincidí al año siguiente con Ana Cermeño, guionista y columnista, a la que conocía de twitter sin saber que también era una de las organizadoras. Fue el día que se me ocurrió llevarme a mi amigo Rafa Cabeleira, también periodista, a ver un par de sesiones de cortometrajes. Entre la impertinencia de Rafa, incapaz de callarse hasta cuando lo exige el decoro, la de las otras personas del público que se reían tanto que no dejaban escuchar, la incomodidad de los bancos de madera y la columna que tenía justo delante de mis narices fui incapaz de ver un corto al derecho, pero lo bien que me lo pasé compensó las condiciones más cercanas a una feria de pueblo que a un festival de cine. Porque Cans no es un festival para eruditos, es, sobre todo, una fiesta del cine de verdad, no una de las de cartón piedra y estiramiento constante como los Goya, que me costaron una gastroenteritis y un buen dolor de pies. En Cans todo el mundo está relajado y es tan fácil codearse con los autores y las estrellas que la impertinencia desaparece. Es un festival sin corsés ni incomodidades, al que se va en vaqueros y en zapatillas, con camiseta y gafas de sol. Apenas hay hoteles y muchos asistentes duermen un par de horas en el coche, o al ras, sobre la hierba fresca del rural gallego. En Cans nunca hace frío porque se bebe licor café y el cine parece, por fin, algo real.