Opinion · Otras miradas

Aquel deporte que dejé de hacer

Hace unos días leía a Helena Resano comentar en su artículo este estudio: el 76% de las mujeres jóvenes de entre 12 y 25 años deja de hacer deporte. E indicaba dos razones. Una, por estudios. Las jóvenes presentan una mayor responsabilidad académica. Y la segunda, un mayor sentido del ridículo por la mayor presión que hay sobre nuestros cuerpos. Me puse a buscar y pronto localicé otro estudio, esta vez en Australia, con similares resultados. Las niñas reconocían que no tenían tiempo suficiente, falta de competencia o de interés. Comentaban que cuando participaban en deportes mixtos, se sentían desplazadas (“es que ellos se acaparan de la pelota y no la sueltan”). Y también surgía el tema sobre sus cuerpos. Explicaban que determinados uniformes deportivos no les hacía estar “geniales” o que si estaban “gordas” y tenían que ir a la piscina, soportaban continuas “burlas” sobre sus cuerpos.

Me dejó tocada el estudio que mencionaba Resano porque asumí que, lo que había sido una parte de mi vida, no era producto (una vez más) de una situación individual. Y, aún peor,  parecía que esa dinámica permanece de una u otra forma hoy día. De pequeña, mi madre me apuntó un verano a baloncesto, pero aquella pelota no era lo mío. Tampoco aquel grupo, donde los niños se apoderaron del balón y me aburría enormemente. Luego, ante mi tendencia a ser un torbellino y estar todo el día pegando saltos, mi madre me apuntó durante la EGB en clases extraescolares de gimnasia rítmica.

Por entonces no sabía que hacer deporte, siendo mujer, era una conquista. Y que hasta el propio fundador de los Juegos Olímpicos decía que “las mujeres sólo tienen una labor en el deporte: coronar a los campeones con guirnaldas». Aquella gimnasia rítmica me gustaba y lo que empezó como algo para brincar cual cabra loca, hoy día forma parte de mis mejores recuerdos. La sensación de libertad en aquellas clases no volví a experimentarla jamás, mientras aprendía los primeros saltos de corza o gacela, o daba volteretas sin parar. Aquello era una sala enorme, con cantidad de espacio para saltar sin que nadie me llamase la atención y sin preocuparme por si estaba bien o mal.

Luego, no fue sólo una válvula de escape tras mis clases, sino una pasión. Aún recuerdo el olor de la malla de color lila y fuscia recién estrenada, y aquellas zapatillas partidas que se gastaban en nada. En un cumpleaños me regalaron un libro de gimnasia rítmica y lo devoré. Me lo llevaba a clase, examinaba las fotografías con las posturas de otras gimnastas y echaba horas de más en las espalderas o en ejercicios de suelo para conseguir más flexibilidad. Luego, aprendí a bailar con la cuerda, con el aro y la pelota. Me encantaban todas. A veces, parecía que te fusionabas con ese instrumento y que formaba parte de ti. Eso también era parte del goce del deporte.

Cada año, a final de curso, se hacía una muestra ante el público en general. Con los años, me convertí en las “veteranas”. De aquella etapa en la que comencé, quedamos al final solo dos. Por el camino, muchas compañeras dejaron de ir. Como éramos las más antiguas, ya no participábamos en los bailes colectivos sino que nos dejaba la profesora más libertad, y creábamos parte de nuestras coreografías.

Recuerdo que, en el colegio, me dio por salir a la pizarra para recordar que ese día sería mi exhibición. Y no se me ha olvidado aún las risas de unos niños que dijeron que iban a acudir solo para ver “cómo estás en bragas”. Yo les respondí que no iba en bragas, que iba en mallas, pero les daba lo mismo. Para ellos lo interesante era ver el cuerpo de aquella niña camino a  adolescente. Ese día fui consciente de mi cuerpo, de si se me vería algo, de si estaba todo bien tapado o no. Recuerdo que salí a la pista y lo primero que hice fue mirar a mi madre y luego, buscar a los niños de la clase, que ya se daban codazos entre ellos. Me sentía observada. Una vez comenzó a sonar Every Breath You Take de The Police, desconecté de aquello, pero cuando terminé el ejercicio me volvió el mismo pensamiento. Y, a día de hoy, vuelvo a pensar en cómo aquel comentario me hizo darme cuenta de esa otra realidad. Aquellos chicos no estaban allí para disfrutar la belleza de un ejercicio físico acompañado de música, sino solo un cuerpo que mostraba sus piernas al completo y unas mallas que lo ceñían.

Mi otra compañera, a los pocos meses, se marchó. Yo empecé con la regla, sus dolores me hacían ser más irregular y faltar a clase. Por entonces, en el cole, los niños ya miraban en nuestras mochilas por si llevábamos compresas o tampones, y se reían de nuestro pecho si se movía al correr. Tendías a encogerte, a veces, para que apenas se notara. Y yo tenía mucha suerte. Peor lo vivían las compañeras que apenas podían disimular.

La EGB terminó y en el instituto no había gimnasia rítmica. Si quería seguir y hacer algo más profesional, era en Granada. Por supuesto, imposible. Así que colgué las mallas, guardé las zapatillas, las cuerdas, los aros, la pelota y doblé aquella cinta, que era el nuevo aparato que estaba empezando a utilizar y que me moría de ganas de seguir aprendiendo. Luego, el deporte extra en el instituto estaba centrado en el fútbol, pero pronto aprendí que no había tiempo para deporte, sino que era necesario sustituir esas horas para estudiar.

Las cosas en casa se pusieron feas, alcanzar la universidad era un reto porque éramos las primeras mujeres de la familia en hacerlo, y había que esforzarse muchísimo. Se daban clases de educación física, sí, pero no me divertían: lanzamiento de balón medicinal o test de Cooper (que no me sentaba nada bien). Lo único que nos gustaba a la mayoría de las chicas fueron las clases de baile  en un trimestre, pero los chicos las odiaban y eso hasta dificultaba hacer parejas mixtas, así que terminábamos bailando entre nosotras mismas. Para ellos, aquellos bailes, suponían una vergüenza para su “hombría” en desarrollo y algunos se reían de unos cuantos que sí disfrutaban, como si bailar fuera algo de “niñas”.

En los últimos años de instituto, sabía que o sacaba matrícula de honor para tener el primer año gratis de carrera o no conseguiría entrar en la universidad. Hasta que lo conseguí, y superé selectividad con la nota alta que pedían para entrar en Periodismo en Málaga. Otras amigas se iban a Sevilla o Madrid, con nota más baja, pero en mi casa eso no nos lo podíamos permitir. Aquella entrega extrema pasó factura a mi salud, sin duda. Luego, me dio vergüenza retomar el deporte porque mi cuerpo ya no era el mismo.

Hablaba con una compañera de esto. Ella había vivido algo parecido, pero con el fútbol. Y comentábamos la necesidad de los deportes mixtos, sin géneros, que nos hagan crecer en libertad de elección. Y hablábamos de que, ojalá, lo que ahora decimos y hacemos, sirva para que muchas niñas en un futuro no se lo piensen más, no duden de su cuerpo, lo cuiden, lo fortalezcan y puedan disfrutar del deporte sin sentir esa mayor obligación mayor en los estudios. Hace falta cambiar muchas estructuras para eso.

Hoy sigo escuchando los acordes de Every Breath You Take y parte de mi cuerpo se mueve como aquella niña con su pelota de rayas lilas y blancas. Hoy veo y reconozco en mi cuerpo parte de aquel deporte, pero sobre todo las consecuencias de haber dejado de hacer deporte, de haberme centrado en estudiar y descuidarme. Cuando observo mi cuerpo veo que también es reflejo y resultado de aquella cadena de situaciones. Y ya no hay vuelta atrás.