Otras miradas

Sin noticias del rastro genético de Al Andalus

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Disociar etnias de la civilización o la lengua se percibe como algo  saludable. Al contrario, el etno nacionalismo sustentado en la genética provoca asfixia.

Los estudios del ADN están provocando una auténtica revolución en las ciencias y en las humanidades. Hay algo fascinante cuando se desbarata la historia confeccionada desde el poder político, que  fomenta el relato de heroicos ancestros tan absurdos como violentos.

Por ejemplo, un estudio reveló que los yamnayas asiáticos exterminaron a los varones peninsulares, hace unos 4.000 años. Casi todos los análisis del ADN mitocondrial (transmitido de madres a los hijos) nos remontan a las estepas asiáticas.

Es cierto que el idioma, más que la geografía, suele estar vinculado a pueblos con genes parecidos. Sólo los imperios han sido capaces de albergar a poblaciones heterogéneas que se expresan en un idioma común, aunque las diferentes comunidades mantuvieran su lengua particular.

El estudio de los antepasados tiene implicaciones políticas, y revelan tanto o más como un buen libro de historia. Por ejemplo desde las facultades de humanidades se negaba el  cruce entre los Sapiens y los Neandertales, aunque hoy sabemos que se aparearon tras un fugaz encuentro, provocado por una mirada de deseo en la espesura del bosque. Incluso puede que surgieran relaciones estables entre las dos especies. El resultado es que compartimos un 2% de nuestro ADN con los seres del prominente mentón.

También hoy surgen estudios del ADN con una gran repercusión en la historia política. Un equipo de la Universidad de Granada analizó los genes de 149 andaluces. Y resultó que la ascendencia árabe es mínima. La similitud con otros europeos es completa. La Universidad Pompeu Fabra, junto con la de Leicester, llegaron a parecidas conclusiones en el año 2008: los sureños manchegos son los que menos ascendencia árabe presentan de toda la península, mientras que la región noroccidental-Galicia y León- son los que más, ligeramente por encima de la media. Tal vez por la dispersión morisca tras la toma de Granada.

Durante décadas hemos pensado que los andaluces eran los descendientes mestizos de esa anormalidad histórica europea, cuando son los más arios. Pero en realidad Al Andalus no fue una anomalía, sino la universidad de Europa y el germen que la fecundó.

El imaginario global nos imagina como los herederos de  aquellos que conquistaron la península con el Corán y la cimitarra. Desde entonces, una especie de esquizofrenia cultural se ha apoderado de los hispani, arruinados tras la estúpida ocurrencia del "España es diferente". ¿Lo es por el hecho árabe o islámico?. Más bien lo fue tras la devastadora humillación que supuso el triunfo de los facciosos, inventores de esa fórmula turística.

En definitiva no hay diferencia con nuestros pares europeos, porque apenas hay rastros árabes en nuestros genes.

Los apasionados de las invasiones bárbaras tienen dificultades para justificar las catástrofes sarracenas, sus raptos de princesas, y los moros de la lujuria y el harén.

Muchos prejuicios se eliminarían si aceptáramos la complejidad de los procesos históricos, o si un análisis del código genético acompañara a la pulsera de nacimiento.

Estos análisis nos catalogan definitivamente como europeos sin ambigüedades, pero también presenta inconvenientes: ¿Quién va a reivindicar ahora a los abuelos árabes, cuando ni los hubo ni probablemente los habrá?. Se ha sustituido un mundo simbólico de adscripción genética voluntaria, por otro de  incómodas y asombrosas certezas. Pero no por ello hay que rechazar la mitología: es hermosa, y sirve para explicar lo que con otras palabras es impronunciable.

El estudio de los genes abre nuevas perspectivas, y cuestiona la ciencia histórica que se pretende objetiva. Ya no es posible tratar como duros artefactos geométricos los hitos políticos, porque son dúctiles. Las víctimas son los atlas históricos, que se han quedado obsoletos tras la revolución de las mitocondrias.

En definitiva es difícil de creer que se expulsara a todos los hijos del desierto o sarraceni. Fueron millones. ¡Qué gran limpieza étnica!

Muchos se quedaron después de la pragmática sanción de 1567. Volvieron después de  los tercios de las Alpujarras, y la expulsión de Felipe III en 1609.  Si miles de mujeres y niños se convirtieron en siervos, no deja de ser irrelevante, porque el reino nazarí estaba finiquitado y la península fue supuestamente ocupada mucho antes por millones de amazigh y sarraceni. ¿Dónde fueron?

Los musulmanes apellidados Torre, Sordo, Vargas, Aragón, Salas, Baeza, Requena y un largo etcétera eran europeos, mientras que los árabes eran una simple anécdota con la que revestir de prestigio el extremo Occidente conocido como Magreb.

Una vez más, todo apunta a una arabización cultural, tan incómoda para la historia oficial. El árabe era la lengua del poder y la cultura, en convivencia con las lenguas romances.

Según la historiadora Rachel Arié, autora de la España musulmana, "la base primordial de la población hispanomusulmana era de origen hispanorromano y godos adscritos a la gleba….se arabizaron completamente, y tradujeron sus patronímicos al árabe…".

Para el islamólogo Emilio Gonzalez Ferrín, autor de varios libros entre los que se encuentran Historia General de Al Andalus y Cuando fuimos árabes, el resultado del estudio demuestra homogeneidad ibérica. "El Islam nunca fue un imperio hasta los otomanos", señala.

Surgen preguntas asociadas a respuestas obvias: la arabización fue anterior  a la islamización, como hoy lo es la americanización previa al culto del imperio.  Y los cristianos fueron mayoría durante extensos periodos andalusíes.

La península fue el rompeolas de una Europa franca y otra hispana de mayoría cristiana arabizada. Si los bizantinos ya se asombraban por la presencia de esos extraños individuos (cruzados) venidos de los bosques de Europa, no se extrañaron menos esos peninsulares acostumbrados a la herejía.

 "La reconquista fue muy efectiva…a las gentes del norte de África no se les integró…" dijo María Saiz Guinaldo, jefa del estudio realizado en el laboratorio del ADN nazarí.

Es verdad. No dejaron ni rastro, fue un auténtico éxito…sí, pero ¿y si los Torres, Sordos y Vargas fueron "los norteafricanos sarraceni"?

Qué ridícula suena esta guerra de liberación.