Opinion · Otras miradas

Viaje al corazón de la Casba

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

Una mujer observa desde un mirador un antiguo ksar (pueblo fortificado) en el valle del Todra. Viste una chilaba azul cian. El aire mueve ligeramente su pañuelo a medio atar. No se gira ante nuestra presencia. Al fondo del valle, cuatro o cinco personas trabajan unas huertas.

Cae el sol vertical del medio día. Entre las palmeras, las ocres torres de las casbas dibujan líneas verticales sobre laderas montañosas, veteadas de rocas grisáceas, que se extienden hasta los cultivos. Las sombras de las nubes se proyectan velozmente sobre la tierra. A pocos metros, se escuchan los pasos de una mujer encorvada que carga leña. Saluda con una sonrisa. Algunas de las torres de las casbas se han despeñado, como viejos árboles de un bosque de arcilla. Son pueblos de tierra que anuncian la masiva abstracción del Sahara, o bien cuelgan de los farallones de los Atlas.

Todo el valle está salpicado de edificios de tierra, excepto algunos hechos de cemento, pintados de marrón o de cualquier otro color. Los muros, las ventanas, las puertas monumentales, y las torres defensivas, transmiten un lenguaje aún vivo. Hasta los muros caídos hablan con dignidad.

Ksar de Ait Ben Hadu, en la provincia de Uarzazat, al sur de Marruecos.
Ksar de Ait Ben Hadu, en la provincia de Uarzazat, al sur de Marruecos.

Hace décadas que en los valles del Draa, el Dades o el Ziz la dureza del cemento tiene más valor que el tapial y los ladrillos de adobe. Sólo unos pocos arquitectos deberían de construir en hormigón, porque en ocasiones, su dureza y durabilidad es insultante. Pero aún quedan edificios de tierra habitados por familias con pocos recursos, que no se pueden permitir el lujo del cemento.

La belleza de estos edificios honora el medio. Pero no conviene idealizar ninguna arcadia, porque estas fortificaciones de barro fueron construidas para protegerse de un estado de violencia latente, de tribus que vivían del saqueo, del asalto, y la guerra. La paz tenía un precio en forma de tributo.

El escritor Roger Mimó conoce perfectamente estos pueblos con sus casbas. Reformó una primera para construir un hotel (luego vinieron más) aplicando una máxima global: la funcionalidad y la utilidad salvan joyas olvidadas. Otras esperan una rehabilitación turística.

“El origen de estos edificios es desconocido. En los primeros siglos del cristianismo se introduce la palmera datilera, lo que motivó los cultivos. El hábitat que se produjo aquí pudo ser el Ksar, pero es una suposición. León el Africano, en su Descripción de África habla de castelli y pueblos. Cuando dice pueblos, se refiere a los douar, tiendas nómadas sin fortificar. Luego surgen las casbas, más adelante. Estas fortificaciones albergaban un espacio donde se hospedaban los viajeros, una plaza donde se celebran bodas y fiestas, y una escuela coránica. Hay una entrada monumental fortificada. Y una serie de torres de vigilancia, cerca de la entrada o en medio de las murallas. Se produjo cuando la población se hace sedentaria. A partir del siglo XII  ya comienzan a aparecer”, señala Roger Mimó.

“Esa sociedad se mantuvo hasta 1930/1932, cuando llegó el orden instaurado del sultán y el protectorado francés, junto con los tribunales de justicia. Los sultanes trataron de dominar esta zona, y algunos lo consiguieron, como Mulay Ismael en el XVII, o Mulay Hassan en el siglo XIX. En 1933 los Ksar de los Ait Atta, Ait Margad, los Ait Ben Hadú pierden su función, aunque la gente sigue viviendo allí hasta los años 1960/1970. En ese época se construyen muchas de las casbas, y son posteriores a la instauración del protectorado”.

Hubo casbas suntuosas, algunas revestidas con azulejos, enrejados de hierro forjado, tejas verdes, y yesos decorados. Hasta tal punto llegó el prestigio de Al Andalus en el sur magrebí.

Estas construcciones son un buen ejemplo de lo que hoy se conoce como economía circular, un modelo económico (y vital) que reutiliza los materiales para ponerlos de nuevo en la cadena de producción. También es conocido como diseño ecológico. Estos edificios cumplen con este modelo. Abandonadas vuelven a la tierra, despeñadas y descompuestas como grandes terrones de arcilla, aunque parecen vivas en medio de los palmerales, cerca del cauce de algún río.

Todas estas arquitecturas tienen en común un respeto espontáneo por el medio. Un modelo económico circular necesita sacrificios difíciles de asumir, porque el trabajo se ha convertido esencialmente en una herramienta para reforzar una posición social y de prestigio. Y la tierra y el barro son materiales tan simples, sencillos y baratos, que no favorecen la ostentación, y menos para aquellos que una vez emigraron con el ánimo de ganar dinero.

En realidad la circularidad ha sido una constante en la economía humana, al menos hasta tiempos recientes. Nadie espera hoy, en las grandes ciudades, volver a la tierra y a la paja, pero los áridos, el geosilex (captador de CO2) y el hormigón, ya son reutilizados en el asfaltado de carreteras y otras obras. Aún así, el régimen económico global genera una inmensidad de escombros y desperdicios. Los edificios derrochan cantidades brutales de energía y materiales.

La simpleza y la sencillez hacen majestuosas a estas fortificaciones de barro. Son dignas y poderosas, tanto en su verticalidad, como en su meteorización.

Detrás de cada derroche medioambiental hay una gran oportunidad. Para eso hace falta cierta audacia, y una auténtica revolución en los colegios. Atrapar el CO2 (geosilex) es como capturar el objeto físico del deseo. Aprisionar las emisiones de CO2 en los muros y en el asfalto no es devolver un material esencial al suelo, aunque sí una gran transformación de las mentalidades.

Los constructores del adobe y el tapial se adecuaban a lo que tenían. Y tuvieron un gran éxito. Sus técnicas han perdurado durante centurias o milenios, y se asimilaron por completo al medio. Los materiales tienen memoria y vida.