Opinion · Otras miradas

Tiempos (re)modernos (y 9): Libertad de expresión y otros animales

Esta serie describe en clave de humor un sector laboral concreto. La empecé a concebir hace años, cuando trabajaba como teleoperadora en Belfast, y me puse a ello en serio hace unos meses, al verme, tras muchas vueltas, de nuevo en un sitio similar. El objetivo sí era criticar, siempre desde la comicidad, unas condiciones laborales que considero, sin representar a nadie, que podrían mejorar. También quería lanzar un “hey no estás solo” a quien pudiera sentirse identificado. No sólo dediqué tiempo a pensar en el concepto, sino también en las consecuencias y posibles reacciones. Reflexioné sobre la libertad de expresión y otros principios del derecho que entran en conflicto entre sí cuando se escriben relatos de no ficción y asumí que el lector entendería que no hay pretensión de objetividad, si no estaría en la sección de noticias en vez de en la de opinión. No hay nada en estos textos que sea fruto de un calentón espontáneo. Así que, queridos y queridas, si a alguien le pareció mal, que asuma que soy doblemente malvada: hubo alevosía.

A lo largo de esta pieza voy a intentar desgranar los elementos del derecho que entran en juego. No aporto información nueva así que se puede entender como una de esas piezas aclaratorias que se escriben más por uno mismo que por el lector. Prescindible.

ILUSTRACIÓN: Craig Bruce Bennet (A.K.A. Ally)
ILUSTRACIÓN: Craig Bruce Bennet (A.K.A. Ally)

Tomemos como referencia los códigos civil y penal, el top de la legislación, sólo superados en importancia por la constitución y leyes independientes vigentes que los complementan. Para este análisis pedí consejo a Adrián, abogado argentino afincado en la ciudad condal que actualmente colabora con la Universitat de Barcelona y que, junto con Rodolfo Langostino y la familia Botto-Rota, supone el total de mi contacto con la nación hispana. Como supondréis, estos referentes hacen que tenga al país en la más alta estima, compensando lo de Macri.

Echemos un vistazo al escenario en el que las cosas se ponen feas. Esta situación se sustentaría en la premisa de que me he pasado el tratado de confidencialidad por el arco del triunfo. Hay cierta literatura sobre el tema. El artículo 54.2 d) del Estatuto de los Trabajadores podría servir para cimentar un caso de vulneración de la buena fe contractual, pudiendo lograr una sanción disciplinaria que acabara en despido. Asimismo, hay un fajo de papeles para apoyar la causa de la indemnización por daños y perjuicios (podéis saltaros la enumeración), como el artículo 13 de la Ley de Competencia Desleal y el artículo 209 de la Ley de Sociedades de Capital. Para los amantes de lo duro, el artículo 199 del Código Penal estipula una pena de 1 a 3 años de prisión y multa de seis a doce meses por incurrir en un delito de revelación de aquellos secretos a los que hubiera accedido dentro del ámbito laboral. Virgen santísima.

Afortunadamente existe un conjunto de principios que amparan al escritor, aparte del sentido común de las corporaciones: hay que tener poca clase para meterse a batallar por algo tan insignificante.

ILUSTRACIÓN: Craig Bruce Bennet (A.K.A. Ally)
ILUSTRACIÓN: Craig Bruce Bennet (A.K.A. Ally)

Ninguno de mis artículos, aunque ácidos, atentan contra la integridad de las empresas mencionadas. Esto quiere decir que sus negocios siguen y seguirán intactos. Además estoy bastante segura de que mientras cumplamos con la productividad y la calidad, algo que hacemos con creces y que iremos mejorando si no hay sobresaltos, a la Gran Corporación le importa más bien poco que en una ocasión hubiera más asientos que personas, que nos riamos de lo ridículo de los procesos (eso es que queremos mejorarlos) o que los martes por la tarde entremos en la oficina bailando la conga en pelotas.

La preservación de la integridad de estas entidades que creemos tan sensibles (¡Malditas ofendiditas!) se ve reforzada porque ninguna persona física o jurídica es reconocible, al haber cambiado nombres, ubicaciones y otra información concreta. Nebulosa entre realidad y ficción. Nunca sabréis si todo lo leído es un sueño de Resines.

Luego está lo del Animus iocandi. Lo conozco porque soy practicante desde bien chica. Traducido como “con intención jocosa”, es un eximente de culpabilidad ya que se entiende que no había intención de injuriar sino de bromear. Los chistacos de toda la vida. Caricaturas de Mahoma, la Revista Mongolia, Polonia, comentarios sobre la capacidad para volar de Carrero, sonarse con la bandera… nada de esto tiene intención de agravio sino de reírse; a veces por no llorar. Además, aseguro que he puesto grandes dosis de leche condensada a Tiempos (Re)modernos, preocupándome por tratar con cariño a todos y cada uno sujetos que aparecen. El cariño no está reñido con la discrepancia.

A este batiburrillo de relato de no ficción desubicado, nebuloso y que se ríe de ello hay que añadirle una reflexión sobre el acuerdo de confidencialidad. Como estoy segura de que todo el mundo ha leído alguno en su vida, voy a saltarme las presentaciones. La clave del meollo está en el tipo de datos que se quieran proteger. Prestad atención porque esto es fundamental para discernir si la estoy liando o si el apocalipsis se acerca: estos contratos se centran en la revelación de datos que la competencia pudiera utilizar o que afecten al buen rendimiento (A.K.A. beneficios) de las empresas.

Llegados a un punto en el cual asumimos de que me he librado de lo peor, permitidme que me exalte un poco y haga apología de la libertad de expresión. Sólo un ratito. Estados Unidos y Gran Bretaña, los papás de la legislación en materia de libertad de expresión, se han preocupado mucho y bien por establecer garantías constitucionales de este derecho cuando el interés público entra en conflicto con los intereses empresariales. Fasterling y Lewis (Fasterling y Lewis: 2014) defienden en la Revista Internacional del Trabajo la hipótesis jurídica de que alguien aporte información sobre algo que le parece legítimo pero que considera inmoral. Dan como ejemplo situaciones en las que el contratante cumpla con sus obligaciones pero se hagan críticas a algunos aspectos de la gestión.

“Qué me estás contando. La normativa puede ir a misa. A mí lo que me importa es que gracias a esto que has escrito ahora puedan venir y cambiar las condiciones. Aquí estamos de puta madre. Esto de las leyes está muy bien pero si un jefe lee tus artículos y decide cambiar las cosas no se puede impedir. Y será culpa tuya.”

Llegados a este punto no queda otra que aceptar las discrepancias, nadie ha de convencer a nadie. El miedo es algo normal, yo lo tengo a todas horas, pero, desde luego, si las circunstancias de un entorno laboral cambian a peor, algo que en este caso no va a ocurrir, será responsabilidad única y exclusiva del que ejecute esos cambios, no del que solicita una mejoría. Todo texto es opinión y para mí el objetivo es molestar en el mejor de los sentidos. Si genero incomodidad o debate, sobre todo si hay lobbies de por medio, sentiré que he cumplido. Puede que tenga razón, puede que no. Mi opinión vale tan poco como cualquier otra. Además, el impacto que un artículo pueda tener sobre la realidad es poco, más quisiera yo tener el anillo para dominarlos a todos. Así que relax, have a cup of café con leche y ofende con sentido mientras puedas. Seguro que haces bien. Como decían Fasterling y Lewis, “si el objetivo primordial del Estado es alentar la libre expresión en las organizaciones y empresas y proteger a los individuos que sienten la necesidad […] de expresar su simple opinión al respecto, el camino más obvio a seguir sería establecer las salvaguardias más amplias posibles de la libertad de expresión”.