Otras miradas

Los dueños del jolgorio

Esta semana ha empezado con el nuevo Ayuntamiento de Madrid (PP/Ciudadanos/VOX) ordenando retirar de los edificios municipales las pancartas contra la violencia machista, y termina con el Tribunal Supremo condenando a los miembros de La Manada a 15 años de cárcel por un delito de violación. Así se superponen acontecimientos y decisiones.

El 26 de abril del año pasado la Audiencia provincial de Navarra hizo pública su condena a los hombres que violaron a una joven en un portal durante las fiestas de San Fermín: abuso sexual. O sea, consideraban que no medió violencia ni intimidación en el hecho de que cinco machos como cinco armarios, dos de ellos miembros de las fuerzas de seguridad del estado, penetraran a la muchacha oral, vaginal y analmente en repetidas ocasiones y lo grabaran en vídeo, todo dentro de un portal.

No sé si fue mayor, más importante, la movilización de las mujeres entonces o la toma de conciencia de muchos hombres, y sí, también de una parte de las mujeres. De repente, la sociedad se dio cuenta de que el Poder Judicial podía describir (lo llaman Hechos Probados) en su sentencia una violación con todo lujo de detalles y, sin embargo, una vez visto lo visto y descrito lo descrito, concluir que no era una violación. ¿Por qué?

Cuando se anunció la sentencia, habían pasado casi dos meses desde el primer 8M revolucionario. Nosotras ya lo sabíamos, lo sabíamos antes de que se hiciera público el fallo, antes incluso de que sucedieran los hechos. Lo sabíamos. Punto. Por eso nuestra movilización resultó gigantesca y admiró al mundo entero, porque ya lo sabíamos, porque salíamos a gritar exactamente eso: no nos creéis, nos están matando, nos violan, nos muelen a palos, nos torturan, nos humillan, y no queréis daros cuenta.

Darse cuenta, ahí está la clave.

Darse cuenta es un ejercicio de voluntad. Entre darse y no darse cuenta media una decisión. No es algo que "sucede". Cuando tu amigo acosa a una chica en una discoteca o una playa o una fiesta o una oficina, cuando sabes que otro ha metido mano, cuando se dice que tal le pega a su mujer… es necesaria una decisión consciente para asumirlo. Nosotras salimos a la calle, poco antes de la sentencia de La Manada, para gritarlo. Para evidenciar que esa decisión no existía. Para darle un golpe de cabeza a la omisión.

Y sin embargo hizo falta La Manada.

Hizo falta un juez que describiera una violación como jolgorio sexual consentido por la muchacha, para que se rompiera el silencio.

Hay que estar enfermo.

Insisto: esta semana el nuevo Ayuntamiento de Madrid (PP/Ciudadanos/VOX) ha ordenado retirar de los edificios municipales las pancartas contra la violencia machista.

La base sobre la que se sustentaba todo este desastre llamado juicio de La Manada era la "inacción" de la víctima. Pilar Llop, ex delegada del Gobierno para la Violencia de Género, lo explica meridianamente claro: Si a ti te atracan cinco hombres, te piden la cartera y se la das si oponer resistencia, ¿qué es? ¿Donación voluntaria?

La base sobre la que se sustentaba todo este desastre pivota alrededor de nuestra idea de la violación. Una idea ficcional: Los restos de piel bajo las uñas de la víctima, las muestras de resistencia, esas carreras por callejones oscuros en los que la mujer que va a ser violada pierde un tacón y demás basuras. Esa es la ficción, y la realidad es la otra. La ficción la crean, en general, y esta muy en particular, hombres, tanto guionistas como directores, etcétera. La realidad se llama parálisis. La realidad se llama lucha por la vida, se llama haz lo que quieras pero no me mates.

No sé si fue mayor, más importante, la movilización de las mujeres o la toma de conciencia, esa decisión, de los hombres. Pero hay algo de lo que no me cabe duda: desde entonces los infames, aquellos que deciden (y toda decisión es voluntaria) no creerlo, acaban de quedar finalmente retratados.

Pero, ojo, su retrato cuelga ahora ya en nuestras instituciones. Son los dueños del jolgorio, y quién sabe si las pancartas contra la violencia machista retiradas, el lugar mismo que dejaron, serán ahora sustituidas por otras de los miembros de La Manada bailando la conga.