Opinion · Otras miradas

Elogio de la nada, de la materia a la anti materia

Ettore Majorana fue un físico siciliano brillante. Fermi, el inventor del primer reactor nuclear del mundo, fue su maestro, y lo consideraba un talento a la altura de Newton y Galileo.

El físico teorizó sobre una partícula homónima que contiene materia y antimateria a la vez.

La vida y desaparición de Majorana es un misterio. Dicen que era huraño, un personaje raro. Publicó algunos artículos científicos, y lo hizo cuando no tenía más remedio. Un día sacó todo el dinero de su cuenta, y desapareció en un trayecto de Nápoles a Palermo.

Hay quien dice que se suicidó, otros que se convirtió en un vagabundo, que huyó ante el inminente desarrollo de la bomba nuclear, e incluso que se recluyó en un monasterio.

El italiano predijo una partícula que contiene materia y antimateria a la vez.  El don de poseer una cosa y la contraria la hace única. Ali Yazdani publicó  recientemente un artículo en Science en el que anunciaba la posibilidad de controlar esta partícula.

La antimateria posee una carga eléctrica opuesta a la materia. Cuando ambos signos se encuentran, se produce una gigantesca explosión. Hay científicos que consideran la existencia de mundos y galaxias de anti materia.

Pero hoy lo extraordinario, es que las Majoranas se pueden controlar y manipular, algo que no pudo hacer el físico en 1937. Decidir cómo y en qué momento pueden aparecer esas partículas bipolares, tiene grandes implicaciones para la ciencia y la guerra.

Al igual que las Majoranas, también existe una política y una anti política. Los partidos buscan destruirse, hasta que la masa de uno de ellos prevalece, y destruye a su oponente, aunque solo sea por un poco. El resultado es un fabuloso destello de energía.

El control de una partícula así (cuando aparecen por pares), simboliza la perfección de la democracia imperial. Así se produce un conflicto entre el partido demócrata y republicano, a costa de sus diferencias. Son oponentes, pero están unidos en un mismo cuerpo. En las democracias liberales más sofisticadas dos bloques luchan hasta casi destruirse, pero quiénes más partículas de Majorana controlen, más éxito tendrán.

La tensión entre los dos genera una fuerza enorme.

Luego en los procesos de negociación política, triunfan los ubicuos, los que son capaces de albergar dos tensiones opuestas sin auto destruirse, por eso dicen que alcanzar el centro, o el punto de neutralidad, es la fórmula para llegar al poder en las democracias liberales.

Después de conseguir el control de las instituciones, los administradores del Estado deben de aspirar al vacío.

En realidad, la ausencia de la materia es la nada. Una vez abstraídos de la lucha, y defenestrados los enemigos internos y externos, solo queda ver a los pequeños desde las alturas, al menos hasta una nueva convocatoria electoral.

El cero es la potencialidad necesaria para alcanzar el arte de la meta política. Pero para eso hay que valorar y asumir la fuerza real que se tiene. El poder es un consenso entre lo que se espera de ti, y la confianza en las verdaderas fuerzas, por eso una acertada comunicación es fundamental para el éxito.

Lo más revolucionario de estos descubrimientos es que la anti materia puede utilizarse como un combustible ilimitado, e incluso para detectar células cancerosas.

Así como en los partidos.