Opinion · Otras miradas

Manuel Valls 2.0: Invistiendo a su antagonista

Como era previsible, la candidatura de Manuel Valls al Ayuntamiento de Barcelona defraudó las expectativas que en él había puesto la conducción de Cs. También sus propias expectativas, ya que Valls esperaba realmente agrupar en torno a su figura la mayor parte del voto no independentista en la capital catalana, emulando el éxito de Inés Arrimadas en las elecciones autonómicas de diciembre de 2017, que permitió en ese momento a Cs convertirse en primera fuerza por número de votantes en Cataluña, con el 25 % de los votos. En la ciudad de Barcelona no podía esperarse un resultado así, pero Cs aspiraba a competir con los otros grandes partidos por conseguir el mayor número de votos y alcanzar la alcaldía.

Varios factores influyeron en que Valls no alcanzara un buen resultado, entre los cuales no es menor el triunfo socialista en las recientes elecciones generales y las declaraciones de Pedro Sánchez contrarias a negociar un referendum de autodeterminación a cambio de apoyos políticos, así como la percepción de que Cs giraba en Andalucía desde una posición liberal hacia otra más conservadora, con importantes concesiones al PP e indirectamente a Vox. Además de su desvinculación del territorio y de su llegada inesperada a la política catalana de la mano de Cs.[1].

El ex primer ministro francés Manuel Valls y concejal del ayuntamiento de Barcelona, durante una rueda de prensa. EFE/ Enric Fontcuberta
El ex primer ministro francés Manuel Valls y concejal del ayuntamiento de Barcelona, durante una rueda de prensa. EFE/ Enric Fontcuberta

Dado el escaso número de representates que consiguió su grupo -6 concejales, quedando en cuarto lugar después de ERC (10),  BComú (10) y PSC (8), y solo por delante del PdeCat (5)-, y ante la escasa representación del PP (2), aliado natural de Cs, los votos de sus concejales parecían destinados a la irrelevancia. Durante la campaña, Valls tomó tanta distancia de Ernest Maragall como de  Ada Colau. En su libro Barcelona vuelvo a casa, sentenció: “Cuatro años más de Colau o de separatismo acabarían con Barcelona”. Pero finalmente Manuel Valls tuvo un gesto inesperado: ofrecer sus votos sin pedir nada a cambio a BComú para que Ada Colau repitiese como alcaldesa llegando a un acuerdo con el PSC.

El anuncio de Valls causó extrañeza entre propios y extraños. Para los Comunes podía ser un “regalo envenenado”, ¿no se extendería la sospecha de un acuerdo encubierto con el aspirante de Cs?; mientras que la conducción de Cs lo rechazó de plano argumentando que Ada Colau era independentista.[2] Pero tres de los seis concejales del grupo pertenecían a la estructura partidaria creada por Valls, Barcelona pel Canvi, mientras que los otros tres eran propios de Cs. Bastaba con los votos de tres concejales -sumados a los 18 de BComú y PSC- para tener mayoría en el pleno municipal y designar alcalde.

Ada Colau fue el blanco de casi todos los ataques de Valls durante la campaña. No solo la adjetivó de manera continuada como “populista” de izquierda, también basó su campaña en la confrontación de los relatos que ambos hacen del Procès. Por ejemplo, en febrero de 2019, para precalentar la campaña, el ya candidato Manuel Valls envió una carta al presidente de la Comisión Europea, al presidente del Consejo y al del Parlamento europeos, denunciando la “versión sesgada y falsa” de la alcaldesa de Barcelona sobre el conflicto catalán, al mismo tiempo que acusaba a los independentistas de “fracturar” la sociedad y de haber “promocionado una política de identidad catalanista con actitudes y criterios políticos que se deslizan a veces hacia el racismo”. Añadía que la verdadera intención de Ada Colau era allanar el camino y preparar sus pactos con los independentistas para conservar la alcaldía.[3] Después de una campaña tan virulenta, fue muy difícil encajar, para BComú, que su más furibundo opositor se convirtiera en un manso dispensador de votos gratuitos. ¿Era Valls un cordero con piel de lobo?

Las críticas le llovieron a la alcaldesa desde todos los sectores aun antes de tomar ninguna decisión. ERC consideró la postulación de Ada Colau como “surrealista y contranatura” si tenía que contar con los votos de Manuel Valls. Ernest Maragall, que esperaba convertirse en el primer alcalde barcelonés de ERC, ofreció a Ada Colau una participación destacada en el nuevo gobierno municipal a cambio del apoyo a su candidatura.[4] BComú se mantuvo firme en su exigencia de un acuerdo a tres bandas, que incluyera al PSC; algo inalcanzable por los vetos cruzados entre ERC y PSC. Finalmente Ada Colau decidió consultar a las bases de BComú, que votaron por amplia mayoría a favor de su reelección (457 votos contra 27). El texto propuesto a las bases defendía “mantener viva la posibilidad de un gobierno tripartito en Barcelona” liderado por BComú, descartando la opción de acuerdos previos con ningún partido.

Como era lógico esperar, los ataques más amargos procedieron de ERC, que ya contaba con alcanzar la alcaldía. En una entrevista televisada por el diario Ara una semana antes de la sesión de investidura,[5]  Ernest Maragall declaraba: “Este voto del señor Valls será decisivo para la investidura, pero también será decisivo cada semana. Será una hipoteca permanente, lo que pasa es que no nos explican la letra pequeña (…) No sabemos en qué consiste la dependencia que se está constituyendo.” Tras lo cual afirmaba que Colau había superado la equidistancia que tanto se le criticaba, porque en su opinión el lenguaje de la alcaldesa era cada vez más próximo al del candidato del PSC.

Es comprensible el tono amargo de las declaraciones del candidato de ERC ante el fracaso de las negociaciones con BComú, cuando constata que su triunfo ajustado, por menos de cinco mil votos, no suponía una mayoría suficiente para asegurarle la alcaldía. Ada Colau no aceptaba un pacto a tres bandas que supusiese contar con los votos del independentismo de derecha (JxCat). Pero la crítica de Maragall fue excesiva. No hubo ni habrá ningún cambio en la llamada “equidistancia” de la alcaldesa respecto del Procès. Primero, porque esa supuesta equidistancia no es tal, a menos que  se pretenda imponer la uniformidad de pensamiento; no es equidistante quien dice actuó a favor del referendum de autodeterminación por sus convicciones democráticas, aun sin ser independentista.[6] Segundo, porque Ada Colau mostró una gran independencia de juicio cuando rompió su acuerdo de gobierno con los socialistas -después de año y medio de compartir la gestión municipal- por el apoyo que brindó el socialismo español a la intervención de Cataluña con el 155, a pesar de las dificultades que esto supuso para aprobar sus proyectos municipales, mientras sufría el bloqueo electoralista de ERC a algunas de sus iniciativas más importantes. La ruptura del pacto municipal con el PSC fue el resultado de una consulta a las bases de BComú, en la que no hubo ninguna recomendación de voto por parte de la alcaldesa.

La ‘reconversión’ de Manuel Valls

Manuel Valls admitió que había “fracasado” el mismo día de las elecciones. Barcelona pel canvi, en alianza con Cs, recibió el 13 % de los votos, una cifra muy distante de sus expectativas. Aun así, en línea con su discurso preelectoral, hizo un llamado a “las fuerzas constitucionalistas” para unirse y vencer “al independentismo y al populismo”, las dos desviaciones de su ideal político a las que atacó por igual durante la campaña. Pero inmediatamente después, Valls sacudió el tablero político al ofrecer su apoyo sin condiciones a la investidura de Ada Colau para evitar que el Ayuntamiento de Barcelona cayera en manos independentistas. Dejó así retratada la profundidad ideológica de cada una de sus convicciones, priorizando la defensa del modelo territorial español y la lucha contra todo secesionismo por delante de las coincidencias y divergencias profundas en política económica, social o de modelo de ciudad.

Esta honda convicción “unionista” fue la que lo llevó a integrarse en Cs. Pero Cs tiene un proyecto político para España que en ningún caso contemplaría investir a una figura próxima al mundo de Podemos, a una alcaldesa defensora del derecho de autodeterminación para Cataluña. Esto explica que la dirigencia de Cs, que presenta al gobierno socialista como demasiado blando frente a los partidos indepes, se inclinara en este caso por un alcalde socialista frente a la posibilidad de que Ada Colau repitiera en el cargo. La dirección del partido dejó trascender que aceptarían votar al socialista Jaume Collboni como un “mal menor”, pero en ningún caso facilitarían la investidura de Colau. Tras la investidura de la alcaldesa con los votos de Valls, el secretario de Organización de Cs en Cataluña, Carlos Carrizosa, declaró que votar a favor de Colau “era dar apoyo a una populista que siempre va de la mano con el independentismo”[7].

El distrito de Barcelona en el que la fórmula de Valls obtuvo una mayoría de votos fue el acomodado barrio de Pedralbes, lo cual es un indicador del sector social en el que prevaleció su retórica: una burguesía de raigambre españolista, aunque a veces se exprese en catalán; liberal en lo económico y en el mundo de las costumbres y molesta con el giro derechizador del PP.

Manuel Valls conoce de cerca los intereses de esta franja de población, ya forma parte de este sector social. Cuatro días después de las elecciones Valls anunció en una entrevista televisada sus planes de matrimonio con la heredera de una importante fortuna española, Susana Gallardo, copropietaria de la farmacéutica Almirall.[8] Al comunicar esta noticia de carácter personal precisamente en ese momento, conseguía eclipsar su frustración como político; más allá de esas vicisitudes, declaraba con una gran sonrisa en los labios: “yo soy feliz”; atravesando de un salto el pasadizo informativo que va desde los temas de interés ciudadano hasta las portadas de la prensa del corazón, alcanzando así una renovada popularidad.

Este vínculo matrimonial, en principio ajeno a los movimientos políticos de Valls, probablemente no sea indiferente al enfoque ideológico de su mayor obsesión política, el independentismo. Susana Gallardo grabó un video durante el referendum del 1-O acudiendo a distintos centros de votación envuelta en una bandera española, votando hasta cuatro veces y provocando con sus comentarios a las personas que esperaban su turno de voto. La grabación, con permanentes comentarios burlescos sobre las garantías del referendum, se difundió en internet a través del diario ElNacional.cat.

El gesto “magnánimo” de ceder sus votos sin pedir nada a cambio le valió al ex primer ministro francés el elogio periodístico de los medios que nunca defendieron las políticas de Ada Colau. Barcelona pel Canvi, con sus tres concejales, podía inclinar el futuro político de la ciudad en favor de un alcalde no independentista, cerrando el paso a ERC. Los medios de comunicación “constitucionalistas” se dejaron seducir repentinamente por Colau, pero sobre todo por Valls. Elogiaron su habilidad política y su sentido de Estado por encima de cualquier consideración personal.

¿Es creíble que Valls ofreció “gratis” sus votos a Ada Colau? De hecho, no existió ninguna negociación, ni el más mínimo contacto de su partido con los comunes; ese no era un terreno propicio para mantener un pacto encubierto. En una entrevista emitida durante la campaña por eldiario.es (16/05/2019) Ada Colau dejó claro que el modelo neoliberal de Cs era el opuesto al suyo, por sus “políticas contrarias a lo que necesita Barcelona” (regular los alquileres, regular el turismo, políticas sociales tales como un dentista municipal o una funeraria pública, mejorar el transporte público extendiendo el uso del tranvía para reducir la contaminación, etc.). Cuestionaba así la posibilidad de una alianza del socialista Collboni con Valls para hacerse con la alcaldía, pero a la vez dejaba claras las diferencias irreconciliables con el proyecto político que representa Manuel Valls.

El rédito político que obtuvo Valls con esta mise en scène fue quitarse el mal gusto del fracaso electoral ofreciéndose como figura providencial -una vez más- para ‘salvar’ Barcelona de que pudiera convertirse en capital independentista. Esta hábil jugada de convertirse en árbitro de la elección con apenas tres votos volvió a situarlo en el centro de los focos y las decisiones políticas, no solo en el gobierno municipal. Actuó contra el criterio del partido que le abrió un lugar en la política española y con el cual se presentó a las elecciones. Acaso porque Manuel Valls ya esperaba cortar el cordón umbilical con Cs para competir con Albert Rivera por el liderazgo, no tanto del partido como de ese espacio político, y para ello necesita cultivar una potente imagen de dirigente responsable y estadista. Una imagen contradictoria, que también se alimenta del más vulgar populismo, como cuando en el acto institucional de investidura y ante la mirada atónita de Colau, negó el saludado al president de la Generalitat. ¿Populismo o infantilismo político? Su explicación del desplante va en la segunda dirección, ya que él mismo lo justificó ante la prensa por el reciente discurso de Torra en el que este calificaba a Valls de ser miembro de la “casta” de los poderosos en España. La excusa sería buena si no fuera porque su gesto de desprecio viene soportado por un discurso previo que identifica todo lo que representa el president Torra con lo que Manuel Valls denomina supremacismo, en su conocido ejercicio de asociar al independentismo catalán con los movimientos de ultraderecha europeos.

La habilidad política de Valls consiste en adaptarse a los malos resultados para alcanzar, con los medios disponibles, el objetivo político que persigue. “La política consiste en elegir la opción menos mala”, asegura. Y tiene esa habilidad táctica, basada en su olfato político, que le permite desplazarse a la izquierda de Cs cuando los líderes del partido parecen acercarse a Vox. Tiene la habilidad instintiva de calcular los riesgos de las distintas combinaciones numéricas que determinan las mayorías reales, e interviene en este precario equilibrio no porque le guste facilitar el gobierno a su principal rival en la campaña, sino para impedir lo que considera el mal peor. Se diría que su manera de hacer política se compone de una suma de tacticismos, siempre pensados para fortalecer una idea básica (la unidad y seguridad de la patria) y construir sobre ella su imagen pública [9].

La perspectiva de Ada Colau es muy distinta. Es una mirada basada en la reposada estrategia de acercar posiciones entre la izquierda catalana federalista y la izquierda independentista, algo que hoy parece irreal. Con todo, la apuesta politica va más allá del presente: radica en afirmar la posibilidad de resituar el eje del debate ciudadano con una mirada más centrada en los problemas y conflictos sociales cotidianos que en las políticas derivadas de la confrontación nacional, aunque también, de modo embrionario, ello implique la posibilidad llegar a acuerdos en el gobierno municipal que sirvan de laboratorio para futuros pactos de convivencia en otros niveles de gobierno. Para llevar adelante esta estrategia tuvo que contar con votos ajenos a la izquierda, de concejales que nunca le perdonarán que en el futuro pueda llegar a acuerdos con ERC, pero que no le imponen condiciones de ninguna clase para seguir con su agenda social. La alcaldesa expresó claramente su desencanto por haber tenido que contar con los tres votos del partido de Valls: “hoy no es un día exactamente feliz”, dijo tras haber sido elegida alcaldesa por cuatro años más, recordando que los votos de Valls le incomodaban.

Manuel Valls desempeñó un papel que un periodista tildó irónicamente de padrino de boda entre Ada Colau y el socialista Jaume Collboni; Valls afirmó en su discurso: “Sin nuestra decisión valerosa, usted no sería alcaldesa”, acentuando la construcción de su figura mesiánica, providencial para Barcelona y Cataluña. Más allá del autobombo, y de haber elogiado caballerosamente a Colau por haber “dado el paso”, una decisión que “no era fácil”, Valls fue muy claro sobre la inexistencia de acuerdos con los comunes: “Lo más importante era evitar que Barcelona tuviera un alcalde independentista, con un candidato que anunció que pondría la ciudad al servicio de la causa de una República inexistente. Por eso la hemos votado señora Colau, sin condiciones, sin pedir ninguna participación en el gobierno municipal, sin conversaciones”[10].

La distancia entre su posición y la de la alcaldesa quedó patente en la actitud de cada uno de ellos ante la presencia en el pleno de Joaquim Forn, concejal y candidato a alcalde por JxCat, que fue autorizado a salir de la cárcel madrileña de Soto del Real (donde lleva un año y medio en prisión preventiva por su participación en el Procès) solo para la sesión inaugural y teniendo que regresar de inmediato a la cárcel, ostentosamente custodiado. Aunque Forn tuvo palabras muy duras dirigidas a la alcadesa por haber aceptado los votos de Valls, Ada Colau se comprometió a actuar hasta donde fuera posible para que Forn no viera conculcados sus derechos políticos. Dirigiéndose directamente a él, afirmó: “Como alcaldesa, mi compromiso es con tu libertad”, asegurándole un contacto regular aunque estuviese en prisión: “Te reconocemos como regidor de pleno derecho”, dijo en oposición frontal  al discurso de Valls.

En cambio Manuel Valls se dirigió a él con ese aire arrogante que lo caracteriza en algunos momentos decisivos y, después de defender las “soluciones políticas” para una crisis como la catalana, le espetó: “Pero señor Font, hay una condición previa, el respeto a la constitución del 78”. Y añadió desafiante: “Entiendo la emoción de muchos aquí con su presencia. Pero en España no hay presos políticos y no hay exiliados. Es así.”

Entre Ada Colau y Manuel Valls hay sin duda una sensibilidad muy distinta ante un problema con el que los catalanes no pueden ni quieren acostumbrarse a convivir: el encierro en prisión de toda una dirigencia política por haber declarado la independencia de España. Precisamente la elección de alcaldes coincidió con la semana final del juicio del Procès en el Tribunal Supremo, pendiente ahora de sentencia. Un juicio que causa desgarro en gran parte de la población, que lo sigue a diario a través de los medios de comunicación, reviviendo las emociones experimentadas durante los días del referendum. Colau y Valls tienen visiones mutuamente excluyentes del Procès, del derecho del pueblo catalán a la autodeterminación, de la existencia de presos y exiliados políticos, de la legitimidad de mantener en prisión preventiva a los presos políticos, etc. No hay posibilidad de llegar a acuerdos cuando las ideas son tan contrapuestas.

Poco después de ser elegida con los votos de Valls, la alcaldesa declaró que una de las primeras medidas que adoptaría el nuevo gobierno municipal sería volver a colocar el lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento, retirado por imposición de la Junta Electoral Central durante la campaña. Con la decisión de repetir este gesto de reclamar la libertad de los presos políticos, que seguramente irritó tanto a Cs como la radicalidad de las declaraciones de Quim Torra,[11] Ada Colau anunciaba que no haría concesiones ni tan siquiera simbólicas a quienes la apoyaron con sus votos sin pedir nada a cambio,[12] reafirmándose en su independencia de criterio, en su mal llamada equidistancia, a la espera del momento oportuno para construir un gobierno plural de toda la izquierda catalana, al que se pueda incorporar también la izquierda independentista. Esta sería una buena noticia no solo para Barcelona, también lo sería como apuesta de futuro en la búsqueda de soluciones políticas reales a los conflictos de naturaleza política que se han encallado de manera absurda en los juzgados.


NOTAS

[1]Ver «Manuel Valls i Barcelona: retorn cap a casa?», Torn de paraula, 05/04/2019. https://blogs.publico.es/torndeparaula/2877/manuel-valls-i-barcelona-retorn-cap-a-casa/
[2]Pocos días después de las elecciones, Cs se pronunciaba sobre la iniciativa de Valls de este modo: “Si hubiera que impedir que haya un alcalde independentista o populista, los candidatos de Cs negociarían con un candidato que no sea ni independentista ni populista”.
[3]La Vanguardia, 15/02/2019.
[4]Un día antes del pleno, in extremis, Maragall sugirió la posibilidad de repartirse el cargo durante dos años cada uno.
[5]Ara, 8/06/2019.
[6]Joan Subirats, número dos de Colau, cuestiona esa idea de “equidistancia”: “Una confusión que es muy típica es la de confundir equidistancia con neutralidad. Yo creo que nosotros  no hemos sido nunca neutrales; otra cosa es que nos hayan querido situar en alguna de las dos trincheras. Me parece que es diferente.” (Entrevista en Catalunya Ràdio, 8/06/2019).
[7]El País, 16/06/2019.
[8]La familia Gallardo controla el 66 % de una empresa con un valor en Bolsa de 2.700 millones de euros.
[9]Habría que ahondar más en esta idea de patria, que se aplica a cualquier patria entendida como unidad territorial estatal con fronteras internacionalmente reconocidas. No importa si se trata de España o Francia, lo importante es preservar la unidad de la patria como estado-nación, excluyendo siempre la posibilidad de que surja una nueva patria que cuestione las fronteras preexistentes.
[10]El País, 16/06/2019.
[11]  Quim Torra declaró en el Parlament, en la sesión de control del 13 de junio: «Lo volveremos a hacer, porque este país tiene muy claro lo que quiere. Este país hizo un referéndum de independencia y lo podemos todo”. El portavoz de Cs acusó a Quim Torra de amenazar con “volver a dar otro golpe de Estado y poner en jaque otra vez a la sociedad catalana”. Este duelo dialéctico entre posiciones extremas revela el grado de crispación del momento político en Cataluña en esos días decisivos, por la confluencia de las elecciones municipales con el final de los juicios del Supremo.
[12]Al día siguiente la dirección de Cs anunció la ruptura con Manuel Valls. Algunos miembros de la ejecutiva consideraron un «fiasco» su participación electoral y la portavoz de Cs, Inés Arrimadas, justificó la decisión por el apoyo de Valls a una alcaldesa que restableció el lazo amarillo como primera medida de gobierno: «Ha hecho lo mismo que habría hecho el señor Maragall. Nos reiteramos en nuestro criterio de no votar a Colau. La diferencia entre ambos es muy poca.» Horas después, uno de los tres concejales que votaron según instrucciones de Manuel Valls, el ex ministro socialista Celestino Corbacho, anunció que dejaba Barcelona pel Canvi para integrarse en Cs, dejando a Valls con solo dos concejales propios, un número insuficiente para volver a formar mayoría con BComú y PSC.